¿Qué está pasando?
Josué comienza sus últimas campañas militares y destruye a todos los enemigos de Dios (Josué 12:1). Los reyes de Canaán se alarman por el rápido avance de Israel y se sienten traicionados por la rendición de Gabaón (Josué 10:2). Forman una coalición y atacan la capital de Gabaón como represalia (Josué 10:4-5). Los gabaonitas le piden ayuda a Josué, y él de inmediato envía a todo su ejército en su auxilio (Josué 10:6-8).
Israel marcha durante la noche e inicia un ataque sorpresa al amanecer (Josué 10:9). Pero antes de atacar, Josué le pide a Dios que el sol y la luna se detengan, y que la oscuridad previa al alba continúe hasta que sus enemigos sean derrotados (Josué 10:12). Y Dios responde a la oración de Josué. Confunde al ejército de la coalición, envía piedras de granizo y prolonga el amparo de la oscuridad hasta que la batalla queda ganada (Josué 10:10-11). Los reyes enemigos son capturados, humillados y ejecutados (Josué 10:24, 26).
Josué les dice a sus hombres que esta victoria no será la última, pero que deben permanecer fuertes y valientes (Josué 10:25). Rápidamente destruyen siete ciudades importantes y toman el control de posiciones estratégicas en las alturas del sur de Canaán (Josué 10:41). Desde esa posición, Josué queda listo para tomar el resto de la tierra. Pero antes de hacerlo, Josué le recuerda a Israel que toda esta victoria se debe a que Dios pelea por ellos (Josué 10:42).
Mientras tanto, las tribus del norte de Canaán se preparan para la batalla (Josué 11:19). Dios endurece sus corazones y las lleva a una rápida destrucción. Por fin Israel tiene descanso de la guerra (Josué 11:23).
Se nos dice que Josué «no dejó nada sin hacer» de todo lo que el SEÑOR le había ordenado a Moisés (Josué 11:15). El capítulo 12 enumera entonces cada reino que el SEÑOR conquistó para Israel bajo el liderazgo de Moisés y de Josué.
¿Dónde está el evangelio?
Cuatro veces se nos dice que el SEÑOR pelea por Israel: en Gabaón, cuando la oscuridad cubre el campo de batalla (Josué 10:14); cuando los reyes son humillados y destruidos (Josué 10:25-26); cuando caen las ciudades del sur (Josué 10:42); y de nuevo cuando el norte se derrumba por mandato de Dios (Josué 11:6). Tan constante como la intervención de Dios es la actitud de Josué de escuchar, orar y obedecer. Cuando Josué honra la voz de Dios, viene la victoria.
Jesús es el Josué verdadero y mayor. Él escucha al Padre perfectamente (Juan 5:19). Cada milagro que pide en oración le es concedido, porque vive por completo en sintonía con la voluntad del Padre (Juan 5:20). Y Dios promete que a través de él se manifestará una obra aún mayor: algo mucho más asombroso que el sol deteniéndose.
Jesús promete que todo el que oiga su voz y confíe en él resucitará de entre los muertos (Juan 5:24). La muerte —el enemigo que está debajo de todo enemigo— es el «rey» que Jesús vino a derrocar. Y lo hace no matando a otros, sino entrando él mismo en la muerte. Al entregar su vida, Jesús pisa el campo de batalla donde la muerte cree tener la ventaja, y entonces quiebra su poder desde adentro (Hebreos 2:14-15).
En la cruz, Jesús entra en el ámbito consagrado a la destrucción, y en su resurrección lo vacía de su autoridad. De allí viene nuestro verdadero descanso. No porque Jesús haya peleado en nuestro lugar para que nosotros no tuviéramos que hacerlo, sino porque ya venció al enemigo que ninguno de nosotros podía derrotar.
Jesús no deja nada sin hacer en su guerra contra la muerte. Su resurrección es el golpe final, y su reino es ahora la tierra donde ningún enemigo volverá a levantarse jamás. En él tenemos un hogar. En él tenemos descanso. Y en él toda promesa de Dios encuentra su «sí» y su «amén».
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que pelea por su pueblo. Y que veas a Jesús como nuestro guerrero victorioso, que destruye el poder de la muerte y nos introduce en el descanso de su reino.

