¿Qué está pasando?
Jesús ofrece una última cena a sus discípulos. Sabe que está a punto de morir y sabe que está a punto de volver a su Padre. Y sabiendo ambas cosas, Jesús se quita el manto, se arrodilla en el polvo y lava los pies de sus discípulos (Juan 13:3-5). Pedro se ofende de que su Maestro se rebaje tanto. Pero Jesús le explica que esto es un símbolo de la salvación: si Pedro rechaza la humillación de Jesús, nunca tendrá parte en la vida eterna de Jesús (Juan 13:8).
Llevando esa lógica un paso más allá, Pedro exige que Jesús lo lave por completo (Juan 13:9). Pero Jesús plantea un segundo punto: Pedro ya está limpio; lo único que necesita es que le laven los pies. Una vez que Jesús lo salva y lo hace puro delante de Dios, no puede perder eso, porque nada es más poderoso que el poder de la sangre de Jesús para lavar toda mancha (Juan 13:10). Sin embargo, al asumir la complicada tarea de seguir a Jesús, Pedro descubrirá que actuar como Jesús siempre requerirá un lavamiento adicional. La humillación de Jesús los salva de manera definitiva y continua.
Pero el hecho de que Jesús haya lavado los pies de sus discípulos y de que ellos estuvieran cerca de él no garantiza que todos estén con él. Jesús le deja claro a Pedro que Judas es un traidor y envía a Judas fuera de la casa (Juan 13:26). Con Judas fuera, la muerte de Jesús se acerca rápidamente. Jesús comienza a compartir sus últimas palabras con sus seguidores.
En la humillación de Jesús, Dios será adorado. Su gloria será proclamada cuando Jesús resucite de entre los muertos. Así que, aunque los discípulos no pueden acompañar a Jesús en esa travesía, sí pueden continuar su ministerio en su lugar. Pueden amarse los unos a los otros tal como él los ha amado (Juan 13:34-35). Y cuando imiten el amor humillante y sacrificial de Jesús los unos hacia los otros, el mundo será testigo del poder del evangelio.
¿Dónde está el evangelio?
Vivimos en un mundo que es indiferente u hostil a Jesús. Pero los cristianos deben preferir la humillación de servir y morir antes que el honor de ser servidos. Jesús lavó los pies de Judas. Lo alimentó de su propia mano. Los cristianos deben tener esta misma postura de sacrificio humilde hacia el mundo. Ofrecemos un amor semejante al de Cristo, sabiendo que no todos responderán con devoción a Cristo. Pero al hacerlo, nuestras vidas se convierten en buena noticia.
Nuestras vidas se convierten en una continuación viva de lo que Jesús dijo en Juan 3:16. Así como Dios amó tanto al mundo que envió a Jesús, Jesús ama tanto al mundo que nos envía a nosotros. No somos enviados a condenar al mundo, sino a lavarle los pies y a usar nuestras pocas y últimas horas para prepararle un banquete.
Se nos promete que, cuando amemos a los demás como Cristo nos ha amado, el mundo sabrá que somos discípulos de Jesús. El lavamiento de los pies que hizo Jesús no es solo un ejemplo que debemos seguir, sino una garantía de que la humillación del cristiano nunca es en vano. En Cristo, la muerte y la humillación son siempre el camino a la vida eterna y a la honra.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que amó tanto al mundo que entregó lo más preciado para él. Y que veas a Jesús como aquel que te encomienda amar así como él te ha amado.

