¿Qué está pasando?
Desde el comienzo mismo de su Evangelio, Juan nos ha mostrado que Jesús es Dios en carne humana: el Rey del universo que ha venido a gobernar a su pueblo y a liberarlo de las tinieblas, la esclavitud y la muerte misma. Cada milagro del Evangelio de Juan ha señalado esta realidad. Cuando Jesús convirtió el agua en vino, reveló que su reino sería un reino de gozo y abundancia. Cuando sanó al paralítico en el Sabbat, mostró que, como Rey del Sabbat, tenía autoridad para traer verdadero descanso. Cuando alimentó a la multitud en el desierto, demostró que él es el nuevo y más grande Rey de Israel que provee para su pueblo. Y cuando resucitó a Lázaro de entre los muertos, comprobó que su reinado vencería incluso a la muerte.
Ahora, en Juan 19, ha llegado el momento de que este Rey sea entronizado. Pero la manera en que sucede no es la que nadie habría esperado. Pilato y los soldados creen que se están burlando de Jesús cuando lo visten con un manto de púrpura y le encajan una corona de espinas en la cabeza. Lo hacen desfilar ante la multitud y lo ridiculizan gritando: «¡Aquí tienen a su Rey!». Los líderes judíos se mofan y responden a gritos: «No tenemos más rey que el César». Y cuando Jesús es levantado en la cruz, ellos solo ven vergüenza y derrota. Pero Juan quiere que veamos algo más. Cada acto de humillación es en realidad una proclamación de la verdad: Jesús es Rey. Su corona es verdadera. Su manto es de la realeza. El letrero sobre su cabeza dice la verdad. Y la cruz no es su caída, sino su trono.
Juan también destaca que la muerte de Jesús ocurre durante la Pascua. En la historia de Israel, el sacrificio de un cordero marcó su salida de la tierra de muerte en Egipto hacia la familia de vida de Dios. En la Pascua, Dios no solo rescató a Israel; los reclamó como su pueblo y se convirtió en su Rey. Ahora Juan nos dice que ha llegado otra Pascua. Esta vez, el Rey mismo se ha convertido en el Cordero. Él está proveyendo otro éxodo: no de la esclavitud del Faraón, sino del pecado y de la muerte. Al entregar su vida, el Rey introduce a las personas en su reino y en pacto con Dios.
¿Dónde está el evangelio?
Jesús es a la vez Rey y cordero Pascual. Gobierna a su pueblo no con la violencia de Roma ni con la autoridad del César, sino con amor sacrificial. Desea tan profundamente tener un pueblo para sí mismo que entrega su propia vida para hacerlo entrar. El manto, la corona y la cruz que parecían burla eran en realidad su coronación. El trono de su reino es la cruz.
Y este Rey no solo trae vida a la Tierra; extiende su gobierno hasta el reino mismo de los muertos. Antes, en Juan 5, Jesús prometió que los muertos en sus sepulcros oirían su voz y se levantarían. En su muerte, Jesús desciende a la tierra de los muertos para enfrentarla con el poder de su vida eterna. Si el Rey puede dar vida a quienes ya han sido tragados por la muerte, entonces no hay rincón de la creación que quede fuera de su reinado.
Esta es la buena noticia de Juan 19. Lo que parecía humillación era en realidad entronización. Lo que parecía derrota era en realidad victoria. La cruz fue la coronación del Rey que rescata a su pueblo de la muerte y lo introduce en la familia de vida de Dios.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que gobierna a través del sufrimiento y triunfa mediante el amor. Y que veas a Jesús como Rey y cordero Pascual a la vez: el que te saca de la muerte y te lleva a la vida eterna.

