¿Qué está pasando?
Juan 8-10 contiene algunos de los diálogos más intensos de los evangelios. Jesús llama a los fariseos «hijos de Satanás», que «matan, roban y destruyen». Ellos, a su vez, acusan a Jesús dos veces de estar poseído por un demonio, sacan a relucir el embarazo cuestionable de su madre, se preguntan si va a suicidarse e intentan arrestarlo. ¿Qué provoca estas acusaciones tan encendidas? Las afirmaciones de Jesús acerca de sí mismo.
- Jesús afirmó ser la «luz del mundo» y prometió que quienes lo sigan tendrán vida verdadera (8:12).
- Jesús dijo que él era «de arriba» y que sus oyentes eran de «este mundo». Y que, a menos que lo creyeran, morirían en su pecado (8:24).
- Jesús dijo que quienes se aferran a sus palabras son sus discípulos, y que la verdad los hará libres (8:31-32).
- Jesús dijo que quienes guardan su palabra nunca verán la muerte (8:51).
- Jesús afirmó existir incluso antes de Abraham (8:58).
- Jesús afirmó ser el pastor que Dios había prometido a Israel (10:14).
Las afirmaciones de Jesús se reciben con confusión, discusiones y, finalmente, piedras. Jesús dice que muy pocos lo escuchan porque «no son de Dios» (Juan 8:47). Igual que Nicodemo, esta multitud necesita nacer de nuevo. Dios tiene que atraerlos. Dios tiene que abrir los ojos de los espiritualmente ciegos si van a ver a Jesús como la luz del mundo.
Para dejar claro este punto, Jesús sana a un hombre que es físicamente ciego. Irónicamente, el ciego que nunca ha visto a Jesús es el único que lo ve como la luz del mundo. Y los fariseos, que afirman ver la verdad con tanta claridad, están ciegos a ella (Juan 9:41). Esta señal es una imagen viva de cómo somos salvos: no por nuestra sabiduría, sino por el poder de Dios.
¿Dónde está el evangelio?
Igual que los discípulos, muchas veces no sabemos que estamos ciegos ni esclavizados (Juan 9:33). Damos por sentado que vemos mejor de lo que podemos y que somos más libres de lo que en realidad somos. Pero este es el veredicto de Jesús: cuanto más afirmamos ver, más ciegos estamos.
A lo largo de la historia, figuras y tradiciones religiosas han afirmado ver la luz, pero todas ellas murieron en tinieblas. Incluso Abraham y los profetas del Antiguo Testamento murieron (Juan 8:52-53). Pero Jesús, la luz del mundo, murió solo para resucitar como el sol.
Cuando Jesús cerró sus ojos en la muerte, nuestros ojos por fin se abrieron. Nuestros oídos por fin escuchan la voz del Pastor que vence el valle de sombra de muerte. Y en los brazos de semejante Pastor, podemos saber que nadie puede arrebatarnos de su mano (Juan 10:29).
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos ciegos al Dios que envió a su Hijo para dar testimonio de la luz. Y que veas a Jesús, el buen Pastor cuya voz y cuya luz nos guían hacia la vida eterna.

