¿Qué está pasando?
La antigua generación ya no está. La nueva generación ha sido contada, y ya han comenzado las conversaciones sobre cómo repartir la tierra prometida. Y en medio de todo este censo de tribus y medición de territorios, Números se vuelca de repente en un largo discurso sobre qué sacrificios ofrecer en qué días, en cuáles fiestas y durante cada estación del año. ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?
Al comienzo de Números —justo después de que se contara a la primera generación— Dios organizó a Israel alrededor de sí mismo en el espacio (Números 2:2). La tienda de Dios estaba en el centro, con los levitas y las tribus rodeándolo. Todo su campamento estaba ordenado en torno al espacio santo.
Pero una vez que cada tribu reciba su propia tierra en Canaán, ese antiguo orden espacial ya no será posible. Ya no vivirán todos alrededor del tabernáculo. Entonces, ¿cómo seguirá Israel orientándose en torno a Dios una vez que se disperse por la tierra prometida?
La respuesta ya no es el espacio santo, sino el tiempo santo.
Los sacrificios y las fiestas de cada día, cada semana, cada mes y cada año darán forma ahora a la vida de Israel con Dios. Todo su calendario ha de ser tallado por el recuerdo —día tras día, estación tras estación— para que el tiempo mismo se convierta en un santuario. La esperanza es que, al recordar continuamente la obra salvadora de Dios en el pasado, permanezcan fieles en el presente y no repitan la rebelión de sus padres.
Esta larga sección sobre el tiempo santo concluye con una breve palabra acerca de los votos (Números 30:2). Igual que los sacrificios, los votos marcan momentos del tiempo como santos. Y el mandato es sencillo: los votos hechos a Dios son sagrados y no deben quebrantarse.
¿Dónde está el evangelio?
Todas las fiestas, los sacrificios y los votos de Israel eran la manera en que Dios enseñaba a su pueblo a habitar el tiempo santo. Los ritmos de sus días y de sus años debían girar en torno a lo que Dios había hecho por ellos. Pero, como dice Pablo en Colosenses, todos esos tiempos sagrados eran «una sombra de las cosas que están por venir; pero la realidad se halla en Cristo» (Colosenses 2:17). Los días santos son buenos, pero no son la meta. Son señales que apuntan.
Y cuando Jesús vino, la realidad llegó por fin. Su vida, su muerte, su resurrección y su ascensión se convirtieron en el nuevo centro del tiempo sagrado. Jesús mismo es ahora el calendario en torno al cual el pueblo de Dios ha de girar.
Cada práctica cristiana se vuelve una puerta de entrada a este nuevo tiempo santo. Cuando venimos a la mesa del Señor, entramos en la noche en que él se entregó por nosotros y anticipamos el banquete que ofrecerá cuando regrese. Cuando nos reunimos cada semana para adorar, ensayamos la resurrección que ocurrió el primer día de la semana. Cuando guardamos el sábado, vivimos dentro del descanso que él ya ha asegurado. Cuando oramos, ayunamos o seguimos los tiempos del año litúrgico —Adviento, Cuaresma, Pascua de Resurrección—, sumergimos nuestros días y nuestras estaciones en la historia de Jesús.
En otro tiempo, Israel miraba hacia atrás, a la Pascua, al Sinaí y al desierto, para recordar quién era. Pero nosotros miramos a Jesús: el único acontecimiento que cumple toda sombra, completa toda fiesta y centra todo voto. Él es el significado detrás de todo nuestro recordar, la presencia detrás de todas nuestras prácticas y la realidad a la que volvemos día tras día.
En Jesús, el tiempo mismo ha vuelto a ser santo. Cada mañana se convierte en una invitación a recordar su misericordia. Cada semana se convierte en un ensayo de su victoria. Cada estación se convierte en una oportunidad de ser formados por su historia. Jesús es nuestro tiempo santo: aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que ordena nuestras vidas no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Y oro para que veas a Jesús como la realidad detrás de cada ritmo sagrado: aquel cuya historia vuelve a dar forma a nuestros días, nuestras estaciones y nuestros años, convirtiéndolos en tiempo santo con él.

