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devocional

Números: 3-4

Redimir al primogénito

En Números 3-4 vemos que Jesús es quien redime, no solo a los primogénitos, sino a todas las personas que ponen su fe en él.

¿Qué está pasando?

Con las tribus organizadas alrededor del tabernáculo y listas para emprender la travesía hacia la tierra de Canaán, la atención se dirige ahora a los levitas. Dios los ha escogido para una tarea distintiva: cuidar, transportar y volver a armar el tabernáculo mientras Israel avanza (Números 3:5-10). Su trabajo es santo y esencial. El tabernáculo es la señal visible de la presencia de Dios: el restablecimiento del Edén en medio del desierto y de la guerra. Debe ser protegido, preservado y trasladado con fidelidad a donde sea que Dios guíe.

Números 3 divide a los levitas en tres clanes —Coat, Guersón y Merari—, cada uno con responsabilidades propias. Los coatitas cargan los objetos más sagrados que están dentro de la tienda (Números 3:27-32; 4:4-15). Los guersonitas se encargan de las cortinas y las cubiertas de la tienda (Números 3:21-26; 4:24-28). Los meraritas se ocupan de los marcos, las bases y las piezas estructurales (Números 3:33-37; 4:29-33). Cada clan acampa en un lado distinto del tabernáculo, formando un perímetro sagrado alrededor de la presencia de Dios (Números 3:23, 29, 35).

Moisés, Aarón y sus hijos —los sacerdotes de Israel— acampan a la entrada de la tienda, en el lado oriental (Números 3:38). Desde allí supervisan toda la operación. Mientras Israel se desplaza por territorio enemigo, estos siervos designados se aseguran de que la morada de Dios nunca sea tocada por la muerte ni por la impureza. Los levitas no son una fuerza de combate como las demás tribus. No expulsan a las naciones; más bien, introducen la vida de Dios. Preservan y protegen la presencia de la vida en medio de un mundo lleno de muerte, para que el florecimiento pueda extenderse.

Pero este llamado sacerdotal también está ligado a la redención de Israel. Cuando Dios rescató a Israel de Egipto, reclamó como suyo a todo hijo primogénito (Éxodo 13:1-2). En la última plaga, Dios introdujo a los primogénitos de Israel en su familia por medio de la sangre del cordero Pascual, pero no para que vivieran para sí mismos. Habían sido rescatados. Ahora pertenecían a Yahweh. Todo Israel había sido trasladado de la casa del Faraón a la casa de Dios mediante la ceremonia de pacto de la cena de la Pascua.

Así que, en lugar de exigir que cada hijo primogénito sirviera en el tabernáculo, Dios los redime otra vez, esta vez apartando a la tribu de Leví en su lugar (Números 3:11-13, 40-51). Cada levita ocupa el lugar de un hijo primogénito de Israel. Pero había más hijos primogénitos que levitas. Los 273 primogénitos restantes fueron redimidos del servicio en el tabernáculo mediante un pago al tabernáculo de cinco siclos (Números 3:46-47). Los levitas servirán en representación de los primogénitos. Mediante esta redención, Dios lo deja claro: todo Israel le pertenece. Eran esclavos en Egipto, pero ahora sirven al Dios vivo. El ministerio de los levitas es un recordatorio continuo de que Israel es un pueblo redimido, apartado para llevar la presencia de Dios a una tierra dominada por las tinieblas.

¿Dónde está el evangelio?

La redención de los primogénitos por medio de los levitas apunta hacia lo que Jesús ha hecho por nosotros.

Como Israel, nosotros estábamos esclavizados, no a Egipto, sino al pecado y a la muerte. Pero Jesús, el verdadero Hijo primogénito de Dios, vino a rescatarnos. Se ofreció a sí mismo como el mayor Cordero Pascual, y nos introdujo en la familia del pacto de Dios por medio de su cuerpo y su sangre. Al hacerlo, nos rescató de la esclavitud y nos hizo suyos (Colosenses 1:13-14).

Jesús es también nuestro verdadero Sumo Sacerdote. Donde los levitas servían en lugar de los primogénitos de Israel, Jesús sirve en lugar de todos nosotros. Nos representa, ministra ante Dios a nuestro favor y nos abre el camino para vivir en la presencia de Dios. Pero no solo nos representa para preservar un espacio sagrado: él nos hace sagrados, consagrados y limpios. Nos hace hijos, hijas y sacerdotes de Dios (1 Pedro 2:9).

Por medio de su resurrección, Jesús forma una nueva familia: un pueblo que pertenece por completo a Dios, apartado para servir y para llevar su presencia al mundo. Como los levitas, ahora nosotros cuidamos las cosas santas. No cargamos postes de la tienda ni cortinas del tabernáculo, sino que llevamos al Espíritu de Dios mismo. Somos santuarios móviles, que se unen a Jesús en su misión de traer vida donde antes había muerte.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que redime a un pueblo para llevar su presencia. Y para que veas a Jesús como el Hijo primogénito y Sumo Sacerdote que te rescata de la esclavitud, te hace santo y te invita a extender la presencia de Dios hasta cada rincón del mundo.

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