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devocional

Números: 35-36

Ciudades de refugio

En Números 35-36 vemos que Jesús es la ciudad de refugio a la que podemos huir.

¿Qué está pasando?

El libro de Números cierra con Dios dando mandamientos al pueblo antes de que cruce el Jordán y entre en la tierra prometida.

Al comienzo de Números, Dios colocó a los levitas alrededor del tabernáculo para servir como una barrera santa en favor del pueblo de Dios y para marcar de manera evidente el área alrededor de la tienda como espacio sagrado.

Pero cuando el pueblo entre en la tierra, quedará esparcido. Así que Dios manda que cada tribu provea a los levitas una porción de terreno para su ganado en cada lado de ciertas ciudades asignadas (35:4).

Los levitas han de continuar con su papel de barrera santa alrededor de las tribus, y también como aquellos que muestran de manera evidente que toda la tierra prometida es ahora espacio sagrado.

El segundo mandamiento que Dios da tiene que ver con el castigo del asesino. La sangre de una persona asesinada contamina la tierra, y esa contaminación debe ser expiada. La única manera de expiarla es mediante la sangre derramada del asesino (35:33).

Sin embargo, en el caso de muertes ocurridas por accidente, quien causó el accidente puede huir a una ciudad de refugio y estar a salvo del pariente más cercano de la víctima, llamado el vengador de la sangre.

El último mandamiento que Dios da, con el cual se cierra el libro de Números, trata de cómo el matrimonio afecta la herencia de la tierra (36:3). La tierra no debe pasar de una tribu a otra por causa del matrimonio. Para ayudar a hacer cumplir esta norma, se instruye al pueblo a casarse dentro de su propia tribu, de modo que esto nunca llegue a ser un problema (36:6).

Puede parecer una manera extraña de terminar un libro. Pero apunta a la certeza de que Israel poseerá la tierra. También le recuerda a Israel que la tierra es de Dios y que Dios vivirá con ellos en la tierra.

¿Dónde está el evangelio?

Pero también apunta a varias maneras en que el evangelio intensifica y cumple estos mandamientos.

Al igual que los levitas en sus ciudades asignadas, los cristianos actúan como sacerdotes en cada ciudad donde viven. Con el Espíritu Santo en nosotros, convertimos el espacio común en espacio sagrado dondequiera que vayamos (2 Corintios 5:20).

Esto se cumplirá plenamente en Jesús cuando él regrese y llene toda la tierra con su presencia (Habacuc 2:14). No habrá necesidad de sustitutos ni de recordatorios visibles, porque Jesús mismo estará siempre presente.

Considera también las ciudades de refugio. En Israel, el vengador de la sangre tenía el derecho, dado por Dios, de perseguir a quien fuera culpable de derramar sangre inocente. Y la humanidad, de hecho, ha derramado la sangre más inocente que se pueda imaginar: la sangre de Jesús, el Hijo de Dios. Como Pedro le dijo a la multitud en Pentecostés: «A este Jesús… ustedes lo crucificaron y lo mataron por medio de hombres malvados» y «su sangre está sobre sus cabezas» (Hechos 2:23, 36). Bajo cualquier criterio, Dios tiene el derecho de actuar como el vengador de esta sangre. Pero el giro asombroso del evangelio es que Jesús, en el mismo momento en que la humanidad lo asesinaba, oró: «Padre, perdónalos» (Lucas 23:34). La sangre que debería habernos condenado se convierte, en cambio, en la sangre que nos limpia. Como una ciudad de refugio con las puertas abiertas de par en par, Jesús mismo llega a ser el lugar donde nuestra culpa de sangre es lavada, donde el vengador de la sangre resulta ser «justo para perdonar» en lugar de condenar (1 Juan 1:9). Todo el que corre a Jesús por la fe no encuentra muerte, sino refugio, perdón y vida.

Jesús también cumple las leyes acerca del matrimonio y la tierra. Porque estamos casados con Jesús por la fe, heredaremos toda la tierra con él cuando regrese (Apocalipsis 21:2). Jesús nos llevará a su eterna ciudad de refugio, donde nosotros, su novia, viviremos con él para siempre.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas al Dios que quiere vivir entre nosotros, sin importar qué obstáculos haya que superar. Y para que veas a Jesús como aquel que finalmente logra todo lo necesario para llevarnos a esa herencia prometida junto con él.

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