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devocional

Salmo 73

¿Es Dios bueno si el mal gana?

En el Salmo 73 vemos que el cuerpo de Jesús en la cruz es un símbolo de que nadie queda impune y que el mal siempre es juzgado.

¿Qué está pasando?

El salmista Asaf comienza con una convicción: «En verdad, ¡cuán bueno es Dios con Israel, con los puros de corazón!» (Salmo 73:1). Pero lo que ve lo hace tropezar. Los impíos viven con comodidad y fuerza. Parecen librarse del dolor y de los problemas. Su soberbia y su violencia no encuentran freno, y se burlan de Dios como si nunca les fuera a pasar nada (Salmo 73:3-11).

Mientras tanto, Asaf sufre. A pesar de esforzarse por la rectitud, se siente castigado cada mañana (Salmo 73:13-14). Todo parece al revés: los impíos prosperan mientras los justos sufren. El mundo parece roto, y Asaf casi pierde la fe (Salmo 73:2, 16).

Pero todo cambia cuando Asaf entra en el templo (Salmo 73:17). En la presencia de Dios ve la verdad. Los impíos no están seguros: están en terreno resbaladizo y caerán por el peso de su propia soberbia y violencia (Salmo 73:18-19). Aunque parecen poderosos, están destinados a ser «barridos» como un sueño que se desvanece al despertar (Salmo 73:20).

En cambio, Asaf se da cuenta de que su sufrimiento no lo ha separado de Dios, sino que lo ha acercado más. Dios está con él, lo guía y un día lo recibirá en gloria (Salmo 73:23-24). Los impíos pueden tener riqueza y poder, pero Asaf tiene algo que ellos nunca podrán tener: la presencia y la bendición de Dios. Arrepentido, reconoce su amargura y su falta de visión (Salmo 73:21-22) y concluye: «Podrían desfallecer mi cuerpo y mi corazón, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre» (Salmo 73:26).

¿Dónde está el evangelio?

La lucha de Asaf encuentra su expresión definitiva en Jesús. Como Asaf, Jesús vio prosperar a los impíos. Ellos tenían la riqueza, la influencia y el poder. Sin embargo, él, el perfectamente justo, sufrió a manos de ellos (Lucas 23:35-36). Los impíos se burlaron de él, lo condenaron y lo clavaron en una cruz (Lucas 23:33).

Pero, a diferencia de Asaf, el pie de Jesús nunca resbaló (Salmo 73:2). Permaneció fiel incluso hasta la muerte. Se encomendó a Dios (1 Pedro 2:23) y soportó el sufrimiento que le infligieron los impíos. Y después de su resurrección, Jesús entró en el templo celestial, no como alguien amargado o quebrado, sino como el Hijo fiel recibido para siempre en la presencia de su Padre (Hebreos 9:24).

Esta es una buena noticia para nosotros. Cuando sufrimos por causa de la rectitud, puede parecernos que Dios está ausente y que el mundo está al revés (1 Pedro 3:14). Pero Jesús demuestra que Dios no ha abandonado a su pueblo. Nuestro sufrimiento no significa que Dios sea injusto: significa que vamos por el mismo camino que nuestro Salvador (1 Pedro 4:13). Y así como Jesús fue reivindicado y recibido en la presencia de Dios, así también lo seremos nosotros (Romanos 8:17).

Los impíos pueden parecer prósperos por un tiempo, pero Dios los entregará a las consecuencias de sus propias decisiones (Romanos 1:24). Mientras tanto, los que pertenecen a Jesús compartirán su vida eterna y su gozo en la presencia de Dios (Apocalipsis 21:3-4).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que es tu porción y tu fortaleza para siempre. Y que veas a Jesús como el justo que soportó el sufrimiento y ahora reina en la presencia de Dios, invitándote a compartir su bendición eterna.

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