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devocional

1 Corintios 12-13

El don más grande

En 1 Corintios 12-13 vemos que Jesús nos ha dado el don más grande—su amor—y que cuando la iglesia usa los dones espirituales en amor, le mostramos al mundo cómo es Dios en realidad.

¿Qué está pasando?

Los corintios compiten y se dividen por aquello que debía unirlos: los dones espirituales. Esto se debe a que su pasado pagano les había dado una visión distorsionada de los dones espirituales. Los dioses paganos eran retratados en imágenes poderosas conocidas como ídolos, que representaban las habilidades únicas que los hacían divinos (1 Corintios 12:1-2). Los adoradores paganos se esforzaban por llegar a ser como esos ídolos sobrehumanos mediante sus propias hazañas poderosas. Creían que distintos dioses otorgaban distintos poderes—o dones espirituales—a sus seguidores favoritos. La gente competía por esos dones divinos, que quizá les permitirían llegar a ser como los dioses. 

Esa mentalidad se infiltró en la iglesia, y el Apóstol Pablo se propone corregirla. Porque cuando los paganos de Corinto comenzaron a ver a Jesús y a seguirlo, llegaron a ser como él. Les fue dado su Espíritu y, con él, la capacidad de ser como Dios en el mundo. El Espíritu de Dios los capacitó para edificar el cuerpo de Jesús entre ellos, al escuchar la voz de Dios, hacer milagros y hablar sus palabras a las naciones (1 Corintios 12:4-5). Pablo llama dones del Espíritu a estas señales externas de su relación divina interior. Los dones espirituales revelan a Jesús a la iglesia y la edifican a la imagen de Jesús (1 Corintios 12:6-10). 

Pero en lugar de usar estos dones para edificar a la iglesia en la semejanza de Cristo, los corintios estaban dividiendo a la iglesia por quién tenía los dones más grandes. Veían sus dones como maneras de probar que eran mejores que los demás y que estaban más cerca de alcanzar la divinidad. Pablo, en cambio, les recuerda que el Espíritu no se da individualmente para la edificación de uno solo, sino que el Espíritu se da colectivamente a todos los creyentes para la edificación de la iglesia (1 Corintios 12:11-13). 

Pablo explica que en la iglesia no hay lugar para la competencia. Para ellos hay un solo Dios, que da su propio Espíritu a su pueblo. Él es la única fuente de todas las capacidades espirituales y da su Espíritu a cada miembro de su iglesia, no solo a unos pocos selectos y de élite. El Espíritu no le ha dado a cada cristiano el mismo don. Esto no es porque esos dones o esos creyentes valgan menos, sino porque la iglesia necesita muchos dones distintos para funcionar bien. Lo mismo ocurre con el cuerpo humano. Si solo tuviéramos ojos, no podríamos oír. Si solo tuviéramos oídos, no podríamos oler. Hay enormes diferencias entre cada parte de nuestro cuerpo, y sin embargo cada una es necesaria e importante. Ciertas partes de nuestro cuerpo pueden parecer más importantes, pero no pueden funcionar sin el resto del cuerpo. Un ojo puede tener un lugar de honor en el cuerpo porque posee el don invaluable de la vista. Sin embargo, es inútil si no está conectado a un cuerpo. Por el contrario, hay partes del cuerpo que parecen menos honorables o más débiles. Sin embargo, ellas hacen que el cuerpo funcione y lo mantienen unido. Es una buena noticia que no todos tengan los mismos dones. En lugar de usar los dones para jerarquizar y dividir, los corintios debían usar estos dones para unir y edificar a la iglesia. 

En ese sentido, Pablo dice que los dones más deseables no son los que exaltan egoístamente al individuo, sino los que amorosamente exaltan a todo el cuerpo (1 Corintios 12:31). El don más deseable es el amor. Los paganos piensan que sus hazañas poderosas, que los engrandecen y los hacen semejantes a los dioses, son más deseables. Pero Pablo dice que lo que más nos hace semejantes a Dios es el amor los unos por los otros. Si realizamos las obras más increíbles sin edificar amorosamente a la iglesia con ellas, no llegaremos a ser como Jesús (1 Corintios 13:1-3). Los verdaderos dones espirituales revelan el amor de Jesús y forman a la iglesia a la imagen de Jesús.

¿Dónde está el evangelio?

La buena noticia acerca de los dones espirituales es que los paganos estaban equivocados. No tenemos que subir al Cielo para ser como Dios. Al contrario, Dios bajó a la Tierra para hacernos como él. Jesús está en medio de su pueblo mientras su Espíritu nos capacita para vivir como su cuerpo en el mundo (Gálatas 2:22). No tenemos que intentar ganar algo superándonos unos a otros con nuestros dones. Eso es porque Jesús ya nos ha dado el don más grande. Jesús nos ha dado su amor, nos ha invitado a su cuerpo y nos está haciendo semejantes a él mismo por medio del Espíritu Santo (Romanos 5:5). Por lo tanto, como no hay necesidad de logros ni de competencia, podemos usar amorosamente nuestros dones para edificar a otros en el cuerpo de Jesús y ayudar a formarlos a la imagen de Jesús. 

Cuando la iglesia usa los dones del Espíritu para amarse mutuamente y amar al mundo, podemos ser parte de dar el don más grande: Jesús mismo. Cuando el cuerpo de Jesús actúa con el amor de Dios por medio de los dones del Espíritu, hacemos lo que los ídolos paganos nunca pudieron hacer. Le mostramos al mundo cómo es Dios en realidad (1 Corintios 13:4-7). Y cuando la iglesia usa sus dones en amor para edificarse mutuamente, hacemos aquello para lo que fuimos creados: parecernos juntos a Jesús en la Tierra. 

Pero los dones espirituales son solo un tenue reflejo de lo que un día experimentaremos en plenitud (1 Corintios 13:8-10). Los dones espirituales revelan a Jesús y nos ayudan a ser más como él. Pero un día Jesús volverá y nos hará semejantes a él mismo. Cuando eso ocurra, ya no habrá necesidad de dones espirituales que lo revelen, porque lo veremos con nuestros propios ojos (1 Corintios 13:11-12). Nuestra fe y nuestra esperanza en esta vida pasajera se disolverán en el amor eterno que Jesús tiene por nosotros. Porque veremos lo que nuestra fe cree y recibiremos lo que nuestra esperanza anhela. Lo único que permanecerá es el amor que tenemos por Jesús y el amor que él tiene por nosotros (1 Corintios 13:13). El amor a Dios y los unos por los otros es el don más grande del Espíritu que la iglesia tiene. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que da a su pueblo todo lo que necesita para ser edificado. Y que veas a Jesús cara a cara cuando todo lo demás haya pasado.

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