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devocional

1 Corintios 7

Llamados a la santidad

En 1 Corintios 7 vemos que Jesús se ha entregado por completo a nosotros como nuestro amo y esposo eterno, haciendo posible que nos entreguemos a él en cualquier circunstancia de la vida.

¿Qué está pasando?

La iglesia de la ciudad pagana de Corinto le había escrito al Apóstol Pablo, quien fundó esa iglesia, sobre asuntos que amenazaban su fidelidad a Dios. Uno de esos asuntos tenía que ver con el matrimonio. Ahora que Dios los había llamado a sí mismo, los corintios se preguntaban cómo entregarse por completo a Dios como su pueblo santo. Muchos veían su matrimonio con un no creyente como un obstáculo en su búsqueda de la santidad. Otros creían que era más santo permanecer solteros y evitar el matrimonio por completo (1 Corintios 7:1). Otros se preguntaban si su condición de judío, gentil, esclavo o libre afectaba negativamente su devoción a Cristo. Pero el Apóstol Pablo les dice que la condición externa no es un obstáculo para entregarse plenamente a Dios. Al contrario, pueden avanzar hacia la santidad en cualquier situación en la que se encontraran cuando Dios los llamó (1 Corintios 7:17, 35).

Pablo explica que tanto el matrimonio como la soltería son dones que se reciben y espacios donde llegamos a ser santos (1 Corintios 7:7,14). Pablo anima a quienes son solteros a permanecer así, siempre que puedan mantener la pureza sexual (1 Corintios 7:6-8). La soltería permite una devoción indivisa a Dios, ya que no están atados a las responsabilidades del matrimonio (1 Corintios 7:32-35). Sin embargo, si alguien no puede permanecer soltero manteniendo la pureza sexual, Pablo lo insta a casarse (1 Corintios 7:9). El matrimonio no es un obstáculo para la santidad, sino que, igual que la soltería, es un don que se recibe. Dios ha llamado a los esposos y a las esposas a la pureza sexual en la forma en que se relacionan entre sí. Puesto que pertenecen a Dios y el uno al otro, sirven a Dios entregándose a él y, a su vez, el uno al otro (1 Corintios 7:2-5). Tanto el matrimonio como la soltería son caminos hacia la santidad, ya que Dios llama a las personas en ambas situaciones a estar entregadas a él en pureza sexual.

Pablo aplica el mismo principio a los creyentes casados con no creyentes: no deben tratar de cambiar su situación, sino permanecer en ella (1 Corintios 7:10-13). Su cónyuge incrédulo no es un obstáculo para su santidad, sino que puede recibir su santidad en Cristo. Pablo les dice a los creyentes que no se separen de su cónyuge, porque su matrimonio puede hacer santa su casa (1 Corintios 7:14). La santidad de Dios es contagiosa. Así como Jesús hacía limpio lo impuro, la santidad de Dios en el cónyuge creyente puede extenderse a toda la familia.

Lo mismo ocurre en otras áreas de la vida. Pablo anima a los corintios sin trasfondo judío al decirles que la santidad no depende de que se vuelvan judíos, sino de que sirvan a Dios en la situación en la que él los llamó (1 Corintios 7:18-20). Sucede igual con ser esclavo o ser libre: no son obstáculos para la santidad, sino espacios en los que los cristianos pueden servir a Dios con fidelidad (1 Corintios 7:21-24).

Por último, Pablo se dirige a quienes están comprometidos o en edad de casarse. En Cristo hay libertad para permanecer soltero o para casarse. Ninguna de las dos opciones estorba la santidad ni la devoción a Dios. La decisión de casarse ya no es una obligación impuesta por la sociedad o la familia, sino una decisión libre y buena en Cristo (1 Corintios 7:36-38).

¿Dónde está el evangelio?

Es fácil creer que, si nuestras circunstancias cambiaran, nuestro caminar con Dios sería mejor. Quizás nos preguntamos si un nuevo trabajo, un nuevo matrimonio o que nuestro cónyuge no creyente llegue a ser cristiano nos daría por fin esa cercanía con Dios que tanto anhelamos. Pero la instrucción de Pablo a los creyentes de Corinto también se aplica a nosotros hoy. No tenemos que cambiar nuestra situación, sino buscar la santidad en cualquier situación a la que Dios nos haya llamado (1 Corintios 7:17). Dios nos ha asignado una vida y nos llama a abrazarla. Tal vez no se parece en nada a lo que esperábamos. Tal vez vemos la vida de otra persona y deseamos tenerla. Pero para Pablo, lo que cuenta no son las circunstancias en las que nos encontramos, sino entregarnos a Dios en medio de esas circunstancias (1 Corintios 7:19).

Podemos entregarnos por completo a Dios en cualquier circunstancia cuando miramos nuestra vida con una perspectiva eterna. Pablo escribe que este mundo, en su forma actual, está por desaparecer (1 Corintios 7:31). Un día, Jesús mismo volverá. Cuando fijamos nuestra mente en esa esperanza, vivimos nuestra realidad presente de otra manera: con las manos abiertas a lo que Jesús tiene para nosotros (1 Corintios 7:29-30). Cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos, podemos confiar en que Dios nos ha llamado a conocerlo y a ser santos. Lo sabemos porque, incluso cuando las categorías sociales y relacionales de este mundo desaparezcan, nuestra relación con Jesús permanecerá.

Jesús es para siempre nuestro amo y nuestro esposo. Como buen amo, nos da lo que necesitamos en las situaciones en las que nos ha puesto; y como buen esposo, nos ha hecho santos al unirse a nosotros cuando no teníamos ninguna santidad (2 Pedro 1:3). Jesús no vio nuestra falta de santidad como un obstáculo, sino como el espacio en el que él obraría santidad para nosotros. Como un esposo casado con un cónyuge incrédulo, Jesús nos buscó, nos compró con su propia vida y nos hizo santos (Gálatas 2:20; 1 Corintios 6:20). Su sangre es el precio que nos asegura como su novia para siempre. 

Ya sea que estemos casados o solteros, esclavos o libres, ricos o pobres, nuestra santidad no se define por nuestras circunstancias temporales, sino por nuestra relación eterna con Jesús (1 Corintios 1:30; Levítico 20:7-8). Él se ha comprometido por completo con nosotros y nunca nos abandonará. Su entrega total a nosotros es lo que hace posible que nosotros nos entreguemos a él.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que te llama y te hace santo en toda circunstancia de la vida. Y que veas a Jesús como aquel que se ha entregado por completo a ti y te ha invitado a una devoción indivisa a él.

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