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devocional

Éxodo 3-4

El llamado de Moisés

En Éxodo 3-4 vemos que Jesús es el Yo Soy, el nuevo y mejor Moisés, quien nos rescata de la esclavitud del pecado y de la muerte.

¿Qué está pasando?

Éxodo 1 muestra cómo Israel, Moisés y el Faraón se corresponden con las primeras figuras de Génesis: Adán, Eva y la serpiente. Los capítulos siguientes muestran cómo Moisés se corresponde con la figura que viene después en Génesis: Caín, el hijo de Adán y Eva. Adán y Eva fueron hechos para tener vida con Dios en el Edén. Pero fuera del huerto, la serpiente buscó dominarlos y mantenerlos en su dominio de muerte, lejos de la vida con Dios. Sin embargo, incluso en el reino de la serpiente, Adán y Eva produjeron vida en sus hijos, Caín y Abel (Génesis 4:1-2). No obstante, la serpiente dominó a Caín y lo convirtió en portador de muerte cuando asesinó a su hermano. Cuando la sangre de Abel clamó desde la tierra, Dios la escuchó y vino a Caín. En respuesta, Caín huyó al desierto, donde vivió separado de Dios en el reino de la serpiente (Génesis 4:8-12).

En Éxodo, el pueblo de Dios es dominado y retenido por una nueva serpiente: el Faraón. Aun así, en el reino de la serpiente, han logrado producir vida en sus hijos, particularmente en Moisés. Criado en la casa del Faraón, Moisés es bien educado, rico y tiene acceso a lo mejor que Egipto puede ofrecer. Si alguien está en posición de aplastar a la serpiente, es él. Pero Moisés pronto demuestra que es un salvador indigno. Un día, Moisés ve a un capataz egipcio golpeando a un esclavo hebreo. Pensando que quizás este era el momento de hacer realidad la libertad del pueblo de Dios, asesina al hombre y trae muerte en lugar de vida (Éxodo 2:11-12; Hechos 7:23-25). Así que, como Caín, Moisés huye al desierto y vive separado del pueblo de Dios en el reino de la serpiente (Éxodo 2:15).

Moisés pasa varias décadas más intentando en vano crear una patria en un reino extranjero. Pero es incapaz de crear una nueva vida con Dios en el Edén. Esta separación del hogar se intensifica por el hecho de que la mujer con quien se casa y el hijo que engendra son ambos extranjeros. Incluso le pone a su hijo el nombre de Guersón, que significa «extranjero» (Éxodo 2:16-22). Durante esos años, como la sangre de Abel, el pueblo de Dios clamó desde la tierra de Egipto (Éxodo 2:23-25). En respuesta, Dios viene al nuevo Caín: Moisés.

Como Caín, Moisés está exiliado en el desierto, lejos de la patria de vida de Dios. Pero en un acto de misericordiosa nueva creación, Dios lleva la vida del Edén a este asesino en el desierto. Dios se le aparece a Moisés en una zarza que está en llamas, pero que no se consume (Éxodo 3:1-3). Es una imagen de la entrada al Edén, guardada por una espada llameante. Dios invita a Moisés, un asesino, a entrar en esta nueva tierra santa del Edén, donde no será excluido, sino recibido (Éxodo 3:4-6).

Dios le dice a Moisés que regrese a Egipto, que confronte al Faraón, que libere a su pueblo y que lo lleve a su patria semejante al Edén (Éxodo 3:7-10). Moisés protesta diciendo que una persona como él nunca podría traer vida a sus hermanos. Después de todo, como Caín, había sido dominado por la serpiente. Pero, mediante una serie de señales y promesas, Dios le muestra a Moisés que le dará poder sobre la serpiente para llevar la vida del Edén al desierto de muerte.

Primero, Dios dice que llevará a todo su pueblo esclavizado al mismo espacio del Edén en el que Moisés está ahora. Si Dios pudo llevar al Edén a un Moisés que asesina como Caín, también puede dar vida a un pueblo que clama como Abel (Éxodo 3:11-12). Luego, Dios le da a Moisés el nombre personal por el cual será conocido: Yahweh, que significa «Yo Soy». Dios explica que ha estado con sus antepasados desde el principio para llevarlos a una nueva patria. Como el Yo Soy estuvo con sus padres para llevarlos a un nuevo Edén, el Yo Soy estará también con sus hijos para llevarlos a casa (Éxodo 3:13-22).

Después, Dios le da a Moisés tres señales milagrosas que probarán al Israel esclavizado que el Yo Soy tiene poder sobre la serpiente para levantarlos de la muerte a la vida. Primero, Dios hace que Moisés convierta una vara en serpiente y luego de nuevo en vara (Éxodo 4:1-5). Con Dios, la serpiente que venció a Caín sería vencida en Egipto por medio de Moisés. Después, Dios hace que la mano de Moisés se cubra de lepra y luego la sana cuando la mete dentro de su manto (Éxodo 4:6-8). Dios tiene el poder de convertir la muerte en vida. Finalmente, cuando Moisés derrama agua del Nilo sobre la tierra, esta se convierte en sangre. Esto muestra que, así como Dios escuchó los clamores de la sangre de Abel desde la tierra, ha escuchado los clamores de la sangre de sus hijos desde el Nilo (Éxodo 4:9).
Por último, Dios le dice a Moisés que enviará con él a su hermano Aarón para que sea su portavoz ante el Faraón. En una restauración definitiva para este asesino semejante a Caín, Dios envía con él a su hermano semejante a Abel, que clamará a su favor (Éxodo 4:10-17). Juntos vencerán a la serpiente y llevarán al pueblo de Dios a casa.

¿Dónde está el evangelio?

Las figuras de Caín en Génesis y de Moisés en Éxodo se corresponden con nosotros hoy. Todos estamos dominados por la serpiente, excluidos de nuestra patria de vida y muriendo como extranjeros del Edén en el desierto. Pero Dios lleva misericordiosamente el Edén a los que están afuera.

Así como Dios llevó el Edén a Moisés en la zarza ardiente, Jesús llevó el hogar de Dios a los extranjeros en el desierto. Como el Yo Soy hecho carne, dondequiera que Jesús iba, las señales que Dios le dio a Moisés lo acompañaban. Como la vara de Moisés, mostró su dominio sobre la serpiente al expulsar demonios (Lucas 4:35-36). Como la mano de Moisés, sanó a los enfermos de lepra (Mateo 8:2-3). Y, en última instancia, cuando su sangre fue derramada sobre la tierra, clamó a Dios pidiendo perdón a favor de sus enemigos (Lucas 23:33-34). Cuando Moisés convirtió el agua en sangre, fue prueba de que Dios había escuchado los clamores de Israel y los salvaría de la muerte. Cuando la sangre de Jesús se derramó sobre la tierra en su muerte, fue prueba de que él nos salvó de la muerte (Juan 19:34-37). Jesús es la puerta que nos saca del desierto de muerte y nos lleva a la vida del Edén con Dios (Juan 14:6).

Como asesino y extranjero semejante a Caín, Moisés no podía vencer la muerte ni traer vida. Pero desde la tierra santa de la zarza ardiente, Dios prometió estar con él para liberar a su pueblo. Jesús hace lo mismo por su iglesia. Él establece tierra santa mediante la presencia ardiente de su Espíritu Santo (1 Corintios 6:19). Hace su hogar en extranjeros y da vida incluso a asesinos. El Yo Soy habita en nosotros hoy, capacitándonos para vencer a la serpiente y llevar el Edén al desierto del mundo.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que lleva el Edén al desierto. Y que puedas ver a Jesús como el Yo Soy hecho carne, cuya sangre clama a nuestro favor.

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