¿Qué está pasando?
Después de la idolatría de Israel con el becerro de oro, Dios declara que su relación con su pueblo ha cambiado de raíz. Dios seguirá llevando a Israel a la tierra que le prometió, pero ya no los guiará personalmente. En su lugar irá un ángel (Éxodo 33:1-6). Israel llegará al destino, pero la presencia de Dios se mantendrá ahora a distancia.
Esa distancia transforma de inmediato la manera en que Dios se relaciona con su pueblo. Antes, Dios había prometido reunirse con todo Israel en el tabernáculo (Éxodo 29:42-43). Ahora se coloca una tienda aparte, lejos del campamento, y solo Moisés y su ayudante Josué pueden entrar en ella (Éxodo 33:7-11). Lo que antes estaba en el centro ahora queda apartado. Dios sigue presente, pero ya no está en medio de ellos de la misma manera.
Incluso la forma en que Dios se revela ha cambiado. Antes, Dios descendió sobre el Monte Sinaí en fuego visible para que toda la nación lo viera (Éxodo 24:16-17). Ahora, cuando Dios pasa delante de Moisés, viene en una nube, y a Moisés solo se le permite ver el resplandor que deja la presencia de Dios (Éxodo 33:17-23; 34:5). Dios explica que ya no es posible una cercanía sin mediación. Su presencia, que antes infundía temor para impedir la desobediencia (Éxodo 20:20), tiene ahora un propósito distinto: extender misericordia y compasión a un pueblo desobediente (Éxodo 33:19). La idolatría de Israel ha modificado los términos de su relación con Dios.
Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Con compasión, llama a Moisés a subir de nuevo al Monte Sinaí para restaurar lo que se había perdido (Éxodo 34:1-3). Al volver a escribir los términos de su pacto, Dios revela algo nuevo acerca de sí mismo. Antes del fracaso de Israel, Dios se definió como el que los rescató de la esclavitud en Egipto (Éxodo 20:1-2). Después de su pecado, Dios se define como «compasivo y clemente… que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado» (Éxodo 34:4-7). Dios se compromete otra vez con Israel y promete llevarlos a la tierra y derrotar a sus enemigos (Éxodo 34:8-12). Este pacto renovado pone un énfasis renovado en resistir la idolatría (Éxodo 34:13-28).
Cuando Moisés desciende del monte esta vez, la escena se invierte. Antes, Moisés se horrorizó por el pecado de Israel. Ahora Israel se horroriza ante Moisés. Su rostro brilla con la gloria reflejada de la presencia de Dios (Éxodo 34:29-30). Moisés comienza a usar un velo cuando habla al pueblo, lo cual simboliza otro cambio permanente. La gloria de Dios será desde ahora siempre mediada. Israel experimentará la presencia de Dios de forma indirecta, por medio de un representante, y aun así, detrás de un velo (Éxodo 34:33-35).
Pero, a pesar de estos cambios, Dios sigue deseando habitar con su pueblo. Renueva su promesa de morar en medio de Israel en el tabernáculo (Éxodo 25:8-9). Y esta vez Israel responde de otra manera. Movido por la misericordia de Dios, el pueblo trae ofrendas de buena voluntad y se compromete a obedecer (Éxodo 35:20-21). Dios llena a Bezalel de su Espíritu para dirigir la obra, e Israel completa con cuidado cada instrucción que Dios había dado (Éxodo 35:30-35).
Los últimos capítulos de Éxodo pueden parecer repetitivos, pero son extraordinarios. Casi palabra por palabra, Israel cumple los mandamientos de Dios tal como él los había dicho. Una y otra vez se nos dice que hicieron todo «tal como el SEÑOR lo había ordenado a Moisés» (Éxodo 39:5). Por primera vez, Israel ya no se resiste, ni se queja, ni se rebela. Está escuchando.
Por fin, la presencia de Dios desciende sobre el tabernáculo terminado (Éxodo 40:34-38). Dios habita otra vez con su pueblo y los guía personalmente por el desierto. El libro de Éxodo termina con aquello hacia lo cual apuntaba desde el principio: Dios morando con su pueblo redimido en un espacio restaurado, semejante al Edén.
¿Dónde está el evangelio?
Que Dios habite con Israel en el tabernáculo cumple uno de los propósitos originales de Dios para la humanidad. El jardín del Edén fue la primera morada de Dios. Allí Dios vivía, trabajaba y descansaba con los seres humanos (Génesis 1-2). Cuando la humanidad se rebeló, fue expulsada de la presencia de Dios (Génesis 3:23). El tabernáculo es lo más cerca que la humanidad ha estado del Edén desde aquel destierro.
Pero el tabernáculo nunca fue pensado como la forma final de la presencia de Dios. Era limitado, mediado y velado. Dios deseaba algo mayor.
Por eso Dios vino a nosotros en Jesús. Jesús no habitó detrás de una cortina ni habló por medio de un representante. Se hizo humano y «puso su tabernáculo» entre nosotros (Juan 1:14). En Jesús, la gloria de Dios se hizo carne. La compasión de Dios caminó entre pecadores. Dios se acercó sin destruir a quienes necesitaban misericordia.
Donde Moisés subió al monte para restaurar una relación quebrada, Jesús descendió del Cielo para sanar la nuestra. Donde antes la gloria de Dios tenía que ser velada, Jesús la reveló abiertamente (Hebreos 1:1-3). Donde Israel solo podía ver el resplandor que deja la presencia de Dios, Jesús la encarnó por completo.
Después Jesús prometió algo aún mayor. Dijo que el Espíritu de Dios ya no habitaría en tiendas ni en edificios, sino en las personas (Juan 16:7). Así como el Espíritu de Dios llenó a Bezalel para guiar a Israel en obediencia fiel, el Espíritu de Dios llena ahora al pueblo de Dios para formarlo a su imagen. Dios ya no vive cerca de su pueblo: vive dentro de él.
Por medio de Jesús, la intención original de Dios queda restaurada y ampliada. Dios está creando otra vez un nuevo Edén, no centrado en un jardín ni en una tienda, sino en un pueblo. Y un día esa morada será completa. Dios vivirá con la humanidad plena y eternamente, sin velos, sin distancia y sin separación (1 Juan 3:2).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que desea habitar con su pueblo. Y que veas a Jesús como aquel que quitó la distancia, rasgó el velo y volvió a poner la morada de Dios entre nosotros.

