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devocional

1 Reyes 2

Salomón ocupa el trono

En 1 Reyes 2 vemos que lo que Salomón es en parte, Jesús lo es en plenitud. Jesús es el nuevo Adán que destruye lo viejo y nos convierte en una nueva creación.

¿Qué está pasando?

A punto de morir, David entrega el reino a su hijo Salomón. En sus últimas palabras, toma como modelo la historia de Dios con Israel para aconsejarle cómo gobernar bien.

Así como Dios creó el mundo en siete días, David le pide siete veces a Salomón que guarde los mandamientos de Dios (1 Reyes 2:3). De este modo su nación bendecirá al mundo y hará realidad la promesa que Dios le hizo a Abraham (Génesis 12:2-3). David también le recuerda la promesa divina a Moisés: Israel prosperará si Salomón obedece la ley (1 Reyes 2:4). Por último, le dice que debe ser fuerte y valiente como Josué si ha de recrear el Reino de Dios en la Tierra (1 Reyes 2:2; Josué 1:6).

Este elevado llamado explica por qué las últimas palabras de David incluyen también asuntos pendientes de su reinado. Joab, su general, era culpable de asesinato, pero nunca fue condenado (1 Reyes 2:5b). Simí, partidario leal de Saúl, calumnió a David e intentó apedrearlo, pero nunca fue llevado ante la justicia (1 Reyes 2:8). Y Barzilay aún no había sido honrado por su lealtad al rey durante la rebelión de Absalón (1 Reyes 2:7). David quiere que su hijo ate estos cabos sueltos y comience su reinado con borrón y cuenta nueva.

David muere (1 Reyes 2:10), y Adonías, hermano de Salomón, ve otra oportunidad de apoderarse del trono mediante un estratégico matrimonio político (1 Reyes 2:17). Salomón descubre su traición, ejecuta a su hermano y destierra al sacerdote que lo había apoyado (1 Reyes 2:25). Libre ya de sus propios enredos, el nuevo rey puede cumplir los últimos deseos de su padre.

Salomón dicta la pena de muerte contra Joab (1 Reyes 2:34). Y a Simí le ofrece la misma misericordia que había mostrado a Adonías: adapta a su caso una de las leyes de Moisés sobre el homicidio involuntario (Números 35:9-11) y no lo castigará por su traición mientras permanezca bajo arresto domiciliario en Jerusalén (1 Reyes 2:37). Pero Simí desprecia esta clemencia y obliga al rey a ejecutarlo (1 Reyes 2:46). La muerte que deseó para David recae ahora sobre su propia cabeza. Atados estos cabos sueltos, por fin puede comenzar el reinado de Salomón.

¿Dónde está el evangelio?

David tenía grandísimas esperanzas puestas en su hijo. Lo ve como un nuevo Adán que recrea el mundo, un nuevo Moisés que interpreta y aplica la ley de Dios para una nueva generación, y un nuevo Josué que protege su tierra. Parece que la promesa divina de que uno de los hijos de David reinaría para siempre podría cumplirse en Salomón (2 Samuel 7:13). Pero no será así. Su liderazgo tiene defectos, y pronto hablaremos de ellos.

Por ahora, sin embargo, Salomón nos muestra en parte lo que Jesús será en plenitud. Jesús es el nuevo Adán que destruye lo viejo y nos convierte en una nueva creación (2 Corintios 5:17). Es nuestro nuevo Moisés, que interpreta y aplica la ley de Dios a nuestro corazón (Mateo 5:38-39). Es el último y valiente Josué que vence a nuestros enemigos (1 Corintios 15:55-57). Y no es sólo un heredero biológico del trono de David, sino un verdadero sucesor espiritual que establece Su Reino haciendo justicia por los pecados que durante tanto tiempo quedaron sin castigo (Romanos 3:25).

Pero la buena noticia del Reino de Jesús es que, aunque somos traidores como Adonías, asesinos como Joab y calumniadores como Simí, nuestro pecado no recae sobre nuestra propia cabeza. Al contrario, Jesús lo carga consigo hasta Su muerte y allí lo hace morir. Su sangre se derrama por la traición y la calumnia que hemos cometido contra Su trono. Y, como nuestro pecado ha sido borrado, somos libres para vivir en el Reino de Dios para siempre.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas al Dios que establece Su Reino con justicia. Y que puedas ver a Jesús como el último Hijo de David, que reina para siempre.

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