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devocional

2 Reyes 11-13

Vida de entre los muertos

En 2 Reyes 11-13 vemos que las promesas de misericordia y vida de Dios están a nuestro alcance en Jesús, incluso mientras estamos muertos.

¿Qué está pasando?

El rey Jehú en Israel y el rey Joás en Judá siguen caminos que se reflejan mutuamente. Ambos son coronados en secreto (2 Reyes 9:6; 11:3). El reinado de ambos se anuncia con trompetas (2 Reyes 9:13; 11:14). Ambos monarcas a quienes reemplazan gritan «¡traición!» antes de ser asesinados (2 Reyes 9:23; 11:14). Y tanto Jehú como Joás derriban los templos de Baal (2 Reyes 10:27; 11:18). Bajo estos reyes relativamente fieles, tanto Israel como Judá experimentan un pequeño avivamiento después de la larga temporada de muerte espiritual que han conocido.

Joás incluso devuelve algo de vida al templo de Dios. El templo no había recibido cuidado durante siglos, y Joás reúne los fondos para repararlo (2 Reyes 12:4-5). Pero los sacerdotes encargados son a la vez incompetentes y ladrones (2 Reyes 12:6-7). Espiritualmente muertos, roban del fondo destinado a las reparaciones del templo, lo cual obliga a Joás a mantener la recolecta bajo guardia armada (2 Reyes 12:9).

Al rey sirio no le interesa el avivamiento de Judá y conduce su ejército a Jerusalén (2 Reyes 12:17). Desesperado, Joás roba del tesoro del templo igual que sus sacerdotes infieles y entrega suficiente oro para evitar el ataque de Siria (2 Reyes 12:18). Aunque en el norte era algo bastante común, Joás llega a ser el primer rey del sur asesinado por su propio pueblo (2 Reyes 12:20). Con todo el avivamiento que Joás logra, eso no detiene su propia muerte.

Mientras Joás vivía, Jehú murió y dos nuevos reyes se sentaron en el trono del norte de Israel. Pero ambos son malvados y ambos son acosados por Siria (2 Reyes 13:2, 11) y finalmente reducidos a polvo por las fuerzas sirias (2 Reyes 13:7). Su fracaso como líderes significa que Israel está al borde de la muerte nacional.

Pero como si resucitara de entre los muertos, Joás reaparece en el relato en una escena retrospectiva. Está con Eliseo en su lecho de muerte, y Eliseo profetiza una serie limitada de tres victorias sobre Siria (2 Reyes 13:14, 19). Avanzando en el tiempo, Eliseo muere y es puesto en una tumba. Pero cuando un hombre muerto es arrojado al sepulcro de Eliseo, vuelve a la vida (2 Reyes 13:21). Tanto esta resurrección real como la repentina resurrección narrativa de Joás son pistas no tan sutiles de que Dios permanecerá fiel a las promesas que hizo a Israel, incluso en la muerte (2 Reyes 13:23).

¿Dónde está el evangelio?

A menudo pensamos en el libro de Reyes como un libro de historia, pero es más exacto decir que Reyes es evangelístico. Es un libro sobre la vida de entre los muertos. Le recuerda a Israel las promesas de Dios y demuestra, a través de su historia macabra, que la fidelidad de Dios perdurará incluso más allá de la muerte. Y en este punto de la historia de Israel todo está muriendo.

Los reyes no traen ninguna salvación duradera. El linaje real de David es inseparable del linaje idólatra de Acab. El templo está en ruinas o despojado de sus objetos sagrados. Y ahora todos los profetas han muerto. Es significativo que el autor no le recuerde a Israel la promesa de Dios a David, sino la antigua promesa de Dios a Abraham (2 Reyes 13:23). Es como si el sistema político y religioso actual estuviera tan destrozado que solo las promesas que Dios hizo antes de que Israel existiera pudieran traer esperanza. En aquel entonces, nada movió a Dios a hacer un pacto con Abraham excepto su gracia y su misericordia. Y en la agonía de la muerte, no solo Israel necesita saber y creer esto: es lo que nosotros también necesitamos saber y creer.

Estamos muriendo no solo porque somos mortales, sino porque toda esperanza política, religiosa y moral a la que hemos acudido buscando vida ya murió o pronto morirá. Nuestros propios árboles genealógicos son inseparables de la injusticia y la idolatría de hombres como Acab. Nuestras instituciones religiosas se desmoronan en ruinas. Como Israel, ya no podemos esperar el regreso de alguna edad de oro davídica. Debemos arrojarnos sobre las antiguas y clementes promesas de Dios si esperamos resucitar de estas tumbas.

Las promesas de misericordia y vida de Dios están a nuestro alcance en Jesús. Dios hizo un pacto con su pueblo antes de que el mundo comenzara (Efesios 1:4). Nos adoptó no porque lo mereciéramos, sino porque nos ama (Efesios 1:5). Con gracia y generosidad nos ofrece en Jesús lo que se perdió en un templo dejado en ruinas: redención, perdón y sabiduría (Efesios 1:6-8). Y como en el caso del profeta Eliseo, el cuerpo entregado y la sangre derramada de Jesús traen vida de entre los muertos. Cuando nos arrojamos a su sepulcro en nuestro bautismo, nos unimos también a su vida de resurrección (Romanos 6:5). Como Israel, hemos muerto, pero en Cristo resucitamos de entre los muertos.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que trae vida a su pueblo. Y que veas a Jesús como el Profeta que trae vida de entre los muertos.

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