¿Qué está pasando?
El rey Acab acaba de desobedecer a Dios. Ha dejado libre a un rey sanguinario a cambio de una alianza comercial con Siria. Uno de los profetas de Dios lo condena de inmediato por esto y predice su muerte venidera (1 Reyes 20:42). En lugar de arrepentirse, Acab se enfurruña y busca consuelo en una viña (1 Reyes 21:2).
Pero el dueño, Nabot (cuyo nombre es un juego de palabras con la palabra “profeta”), se niega a venderla (1 Reyes 21:4). Jezabel, la esposa de Acab, le levanta el ánimo a su marido enviando testigos falsos para acusar públicamente a Nabot durante una fiesta religiosa (1 Reyes 21:7, 9). Incitan a una multitud, afirmando que Nabot ha “maldecido a Dios y al rey”. Después lo asesinan (1 Reyes 21:10). Eliminada la oposición, la familia real se apodera de la viña (1 Reyes 21:16). Acab es un rey que asesina a sus ciudadanos y deja libre al sanguinario. Dios está disgustado (1 Reyes 21:25-26).
Así que Dios envía a Elías para profetizar el fin de la dinastía de Acab (1 Reyes 21:21). Acab morirá en la misma viña que robó. Y los perros que dejó lamer la sangre de Nabot beberán a su vez la sangre de él (1 Reyes 21:19). Por un momento, Acab se humilla ante Dios. Pero eso solo retrasa el juicio contra su familia (1 Reyes 21:29).
Tres años después, el rey de Judá quiere ir a la guerra contra Siria y tomar la ciudad estratégica de Ramot de Galaad (1 Reyes 22:29). Acab se ha rodeado de 400 profetas “del SEÑOR”, pero en realidad todos ellos son aduladores al servicio de las ambiciones de Acab. Cada uno pronuncia la misma profecía ambigua: “el SEÑOR la entregará en manos del rey” (1 Reyes 22:6). Pero ¿qué entregará… y a cuál rey?
El rey de Judá no queda satisfecho y pide otro profeta, Micaías, quien no deja lugar a interpretaciones (1 Reyes 22:8). Israel será dispersado como ovejas sin pastor y Acab morirá en la batalla (1 Reyes 22:17). Acab quiere descartar a Micaías, pero Micaías revela que Dios ha llenado a sus profetas de un espíritu mentiroso para atrapar a Acab, igual que Jezabel envió testigos falsos para matar a Nabot (1 Reyes 22:22).
Asustado, Acab va a la batalla disfrazado, pero eso no logra detener la justicia de Dios (1 Reyes 22:30). Una flecha perdida atraviesa mortalmente su armadura. Se desangra ya de regreso en casa, junto a la viña que robó, y los perros lamen su sangre (1 Reyes 22:37-38).
¿Dónde está el evangelio?
Según Jesús, la historia de Acab y Nabot es la historia de Israel. Los israelitas son arrendatarios de una viña que ellos no plantaron (Mateo 21:33). Cuando los profetas de Dios vienen a presentar la cuenta y cobrar la renta, Israel se vuelve asesino (Mateo 21:35). El trato que Acab le dio a Nabot anticipa la infidelidad que finalmente matará al profeta definitivo de Dios: Jesús (Mateo 21:37). Como a Nabot, testigos falsos lo acusan de maldecir a Dios y al rey. Una multitud sella el destino de ambos. Y como Acab, los líderes de Israel asesinan a su propio profeta y dejan libre a un hombre sanguinario.
Jesús muere, pero su muerte no es como la muerte de los otros profetas. La muerte de Jesús es una trampa, como la que Dios le tendió a Acab. Pero Jesús no es simplemente otra víctima. Su muerte es una especie de engaño contra los gobernantes impíos de la tierra (1 Corintios 2:8). Y así como los espíritus mentirosos de Acab lo atrajeron como cebo hacia su muerte, Jesús nos dio su espíritu y atrajo como cebo a los gobernantes de esta era hacia su propia muerte.
Los poderes de la muerte y las mentiras del enemigo quedan deshechos en el mismo instante en que ellos pensaban que habían triunfado (Colosenses 2:15). Dios es astuto. Es más listo que nuestro enemigo y es capaz de atrapar incluso al sepulcro para que entregue a sus muertos (1 Corintios 15:55). Así que ahora, si alguno de nosotros se humilla ante nuestro Dios astuto, ni siquiera la muerte puede oponerse a nosotros.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es astuto y justo. Y que puedas ver a Jesús como el profeta rechazado cuya muerte destruye a los gobernantes impíos y da vida eterna a los humildes.

