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devocional

Números: 1:1-1:46

El censo

En Números 1:1-1:46, vemos que Jesús es aquel de quien provienen los innumerables descendientes de Abraham.

¿Qué está pasando?

El libro de Números comienza con Israel acampado al pie del Monte Sinaí. Dios los ha rescatado de la esclavitud en Egipto, ha establecido un pacto con ellos en el Sinaí y ha llenado el tabernáculo con su gloria (Éx. 40:34–35). Este tabernáculo no es solo una tienda; es un Edén portátil. Es el lugar donde el Cielo y la Tierra se encuentran. Por medio de los sacrificios de Levítico, este espacio sagrado ha vuelto a ser accesible. Y ahora, en Números, Dios le habla a Moisés desde su interior (Nm. 1:1).

Dios se pone en marcha, y a Israel se le prepara para seguirlo. Su destino es la tierra de Canaán, un lugar dominado por poderes malignos y naciones rebeldes. Esos poderes no son solo políticos: son espirituales y cósmicos. Los clanes de Canaán son descendientes de gigantes (Nm. 13:33), la simiente híbrida de una rebelión espiritual (Gn. 6:1–4). Canaán es un bastión de corrupción tanto humana como espiritual, y el pueblo de Dios ha sido escogido para desplazar esa oscuridad con su luz.

Por eso el libro comienza con un censo. Dios le ordena a Moisés contar a todos los hombres mayores de veinte años que puedan ir a la guerra (Nm. 1:2–3). Israel está siendo formado como un ejército, y no solo un ejército de soldados, sino de adoradores. No conquistarán por el simple afán de conquistar, sino para abrir espacio a la expansión de la vida y la presencia de Dios. Esto no es limpieza étnica ni ambición territorial: es una recuperación edénica.

Cada tribu designa un líder para supervisar el conteo (Nm. 1:4–16), y cuando termina, la cifra es asombrosa: 603.550 hombres listos para la batalla (Nm. 1:46). Este es el desarrollo visible de la promesa que Dios le hizo a Abraham: que sus descendientes serían tan numerosos como las estrellas (Gn. 15:5). Cuando la familia de Jacob entró en Egipto, eran solo setenta personas (Gn. 46:27). Pero ahora se han convertido en una multitud. Dios ha sido fiel.

¿Dónde está el Evangelio?

Las cifras de este censo son más que datos históricos. Dan testimonio de que Dios cumple sus promesas. Pero incluso este número enorme sigue siendo finito. La promesa última de Dios no era simplemente una gran nación: era una familia global tan inmensa que nadie podría contarla (Gn. 22:17). Y esa promesa se cumple en Jesús.

Jesús viene como el verdadero descendiente de Abraham, y por medio de él la bendición de Abraham se extiende a las naciones (Gá. 3:14, 29). Al derrotar los poderes del pecado y de la muerte, Jesús libera a todos los que confían en él y los introduce en la familia de Dios. Él hace lo que Israel siempre estuvo llamado a hacer: expulsar el mal y establecer el reinado de paz de Dios, no solo en una tierra, sino en el mundo entero.

Esto es lo que Juan ve en la visión registrada en el libro de Apocalipsis: un vasto ejército de adoradores de toda tribu, lengua y nación, de pie delante de Dios, «una multitud que nadie podía contar» (Ap. 7:9). Por medio de Jesús, la misión edénica que comenzó con Israel se ha vuelto global. El tabernáculo de Dios ya no está confinado a una tienda ni a una nación. Por el Espíritu, es llevado en su pueblo, que ahora avanza —no con espadas, sino con el Evangelio— haciendo retroceder la oscuridad con la presencia y el amor de Dios.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos y veas al Dios que prepara a su pueblo para llevar su presencia a los lugares gobernados por la oscuridad. Y para que veas a Jesús como aquel que cumple la promesa hecha a Abraham, forma una familia global de adoradores y nos guía en la restauración del mundo como el Edén nuevo y definitivo de Dios.

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