¿Qué está pasando?
La idolatría persistente de Israel y de Judá empuja al pueblo de Dios hacia una muerte inevitable —espiritual, física y nacional— a manos de Asiria.
En Israel, Jeroboán II es asesinado por Zacarías, quien seis meses después es asesinado por Salún. Un mes más tarde, Salún muere a manos de Menajem. Para estabilizar su poder y calmar las ansias de territorio de Asiria, Menajem impone impuestos extremos a su pueblo (2 Reyes 15:20). Esto significa que, cuando su hijo hereda el reino, este está vaciado de sus riquezas y queda vulnerable ante Pécaj, el capitán rebelde de su ejército (2 Reyes 15:25). Pécaj usurpa el trono, pero pierde varias ciudades estratégicas y territorios tribales a manos de los hambrientos asirios (2 Reyes 15:29). Los fracasos de Pécaj llevan a Oseas, el último rey de Israel, a conspirar y matarlo (2 Reyes 15:30). Todavía bajo la presión de Asiria, Oseas intenta asegurar una alianza con Egipto. Pero le sale al revés (2 Reyes 17:4). Asiria descubre la traición, encarcela a Oseas, invade Israel y lleva a los israelitas al exilio (2 Reyes 17:6). Oseas significa «salvación», pero Israel queda condenado bajo su reinado idólatra.
Durante este mismo período, a Judá le va solo un poco mejor. Se nos dice que Amasías, su hijo y su nieto hacen lo recto a los ojos de Dios, aunque no como su antepasado David (2 Reyes 14:3). Los tres toleran idolatrías semejantes y cada uno paga un precio por ello (2 Reyes 15:4, 35). Amasías es asesinado, su hijo queda leproso y su nieto es azotado por conflictos con Siria e Israel (2 Reyes 14:19; 15:5, 37). Cuando Acaz, el siguiente descendiente de Amasías, toma el trono de Judá, es el primer rey en décadas que hace lo malo a los ojos de Dios, y el primer rey en la historia de Judá que sacrifica a su hijo a un dios pagano (2 Reyes 16:2-3). Judá va en la misma marcha idólatra hacia la muerte que Israel.
Acaz incluso despoja al templo de Dios de su plata y su oro para pagarles a mercenarios asirios que ataquen a Siria y a Israel (2 Reyes 16:7-8). Luego, en señal simbólica de sumisión a Asiria y a sus dioses, Acaz viola aún más el templo y reemplaza el altar que Dios diseñó con una copia del altar asirio (2 Reyes 16:10-11, 17-18).
El relato de este período de la historia de Israel termina con una interpretación. Asiria se llevó a Israel porque tanto Israel como Judá no temieron, ni adoraron, ni amaron solo a Dios (2 Reyes 17:7-8). En el Monte Sinaí Dios le dio a Israel los Diez Mandamientos, y aquí se enumeran diez violaciones de esos mandamientos. Israel se ha apartado por completo del Dios de la vida. Prefieren los ídolos de otras naciones, y por eso Dios abandona a Israel a su muerte espiritual, física y nacional (2 Reyes 17:22-23).
¿Dónde está el evangelio?
En cierto sentido, las muertes de Israel y de Judá fueron autoinfligidas, pero la muerte también es el juicio de Dios. No fue una coincidencia que el hombre llamado «salvación» fuera el que destruyó a Israel. Fue la ironía de Dios que demuestra que la desobediencia siempre trae muerte (Romanos 6:23).
Pero aunque tanto Israel como Judá están muertos en sus pecados, Dios es rico en misericordia y amor hacia su pueblo. Antes, en Reyes, cuando un cadáver fue arrojado a la tumba del fiel Eliseo, aquel israelita resucitó de entre los muertos (2 Reyes 13:21). Y por la muerte de Jesús, el Hijo fiel de Dios, él dará vida a su pueblo una vez más (Efesios 1:4-5).
Si la historia siempre ha sido que la desobediencia lleva a la muerte, ¿qué sucede cuando la obediencia lleva a la muerte, como le sucedió a Jesús (Filipenses 2:8)? Tal como se insinuó con Eliseo, el Apóstol Pablo dice que, cuando el Rey israelita finalmente fiel muere, es resucitado de entre los muertos (Filipenses 2:9). Y ante el nombre de Jesús (cuyo nombre, igual que el de Oseas, también significa salvación) toda rodilla se doblará ante el Rey verdadero de la vida, de la muerte y del mundo (Filipenses 2:10).
No hay ídolo que traiga vida de entre los muertos. No hay obediencia a las leyes de otro dios que ponga fin a nuestra muerte espiritual, física y nacional. Pero cuando nos inclinamos —o mejor aún, cuando nos arrojamos— en la tumba del Rey Jesús, resucitaremos (Romanos 6:4).
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que trae vida de entre los muertos. Y que veas a Jesús como el Rey cuyo nombre significa salvación.

