¿Qué está pasando?
Hasta aquí en Génesis hemos visto que la promesa que Dios hizo acerca de una de las simientes de Eva sigue en pie (Génesis 3:15). A través del asesinato de Abel a manos de Caín, a través del diluvio, a través de la división de los hijos de Noé y a través de la dispersión en Babel, Dios ha preservado un pueblo para sí mismo.
Ahora llegamos a uno de los hijos más importantes de Eva: un hombre llamado Abram, más tarde renombrado Abraham (Génesis 11:29). Dios llama a Abram a salir de su tierra, su familia y su pueblo, lejos del orgullo y la idolatría del mundo, tan propios de Babel, para formar un pueblo nuevo que le pertenezca (Génesis 12:1).
Dios le hace a Abram una promesa triple.
Primero, Dios hará de Abram una gran nación. Sus descendientes serán tan numerosos como las estrellas del cielo (Génesis 15:5). Esto cumple el propósito original de Dios para Adán y Eva en el jardín: ser fructíferos, multiplicarse y llenar la tierra con su imagen (Génesis 1:28).
Segundo, Dios bendecirá a Abram, y por medio de él todas las familias de la tierra serán bendecidas (Génesis 12:2-3). Adán y Eva debían extender la vida y la bendición de Dios por todo el mundo, pero en su lugar extendieron maldición y muerte. Por medio de Abram, Dios retoma la historia.
Tercero, Dios promete dar a Abram y a sus hijos la tierra de Canaán (Génesis 12:1, 7). Como el Edén, esta tierra debía ser un lugar de la presencia y la provisión de Dios, el punto de partida para que su gloria se extendiera por toda la tierra.
Pero casi de inmediato esta promesa queda amenazada. Una hambruna lleva a Abram a Egipto, donde miente acerca de su esposa Saray, y el Faraón se la lleva a su palacio (Génesis 12:10-15). Aquí la línea de la promesa —la simiente de Eva— es puesta en peligro por una simiente rival. El Faraón, rey de Egipto, se convierte en el primer gran representante de la línea de la serpiente, que busca corromper al pueblo que Dios ha escogido. Pero Dios protege a Saray, azota la casa del Faraón con plagas y lo obliga a dejar ir a Abram con grandes riquezas (Génesis 12:17-20). La historia es un anticipo del Éxodo, cuando Dios volverá a azotar al Faraón con plagas, liberará a su pueblo y lo bendecirá con las riquezas de Egipto.
De este modo, Génesis 12 nos da tanto la promesa de la bendición de Dios por medio de Abram como un cuadro de cómo Dios preservará a su simiente escogida de la corrupción de la serpiente.
¿Dónde está el evangelio?
Jesús es la verdadera simiente de Abraham y el hijo prometido de Eva. Dios no traería realeza a su familia por medio de la corrupción del Faraón, sino por medio de su propio Hijo. Jesús nace de una mujer (Gálatas 4:4) y, como Rey del mundo, viene a traer bendición a todas las naciones.
Por medio de Jesús, Dios ha formado una familia tan numerosa que no se puede contar, reunida de toda tribu, lengua y nación (Apocalipsis 7:9).
Por medio de Jesús, todas las naciones son bendecidas. Cualquiera que confía en él es introducido en la relación de pacto que Dios hizo con Abraham y recibe la misma bendición de pertenecer (Gálatas 3:8-9).
Por medio de Jesús entramos en la verdadera tierra prometida: la vida en la presencia de Dios para siempre. Canaán nunca fue la meta final. Apuntaba hacia una renovación mundial, en la que Jesús volverá, rehará la creación y habitará con su pueblo en un cielo nuevo y una tierra nueva (Apocalipsis 21:3).
La simiente de la serpiente puede amenazar la promesa de Dios, pero en Jesús la promesa llega a su verdadero y definitivo cumplimiento. El Rey mismo se hizo el Cordero, entregando su vida para sacar a la gente de la tierra de muerte y llevarla a su familia de vida.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te muestre al Dios que protege a su pueblo de la corrupción y cumple sus promesas. Y que veas a Jesús como la verdadera simiente de Abraham y el Rey verdadero que trae bendición, pertenencia y vida eterna al mundo.

