¿Qué está pasando?
En el Edén, el Cielo y la Tierra eran uno. Dios habitaba con la humanidad, y esta fue creada para extender esa morada: llenar la Tierra con la presencia de Dios y gobernarla como Suya, hasta que el mundo entero llegara a ser el lugar donde el Cielo y la Tierra se encuentran. Pero la humanidad quiso apoderarse de esa altura a su manera, y aquella morada desapareció. Desde entonces, la historia ha sido el intento del reino rival de arrebatar por la fuerza aquello que se había perdido. Ese intento alcanzó su punto culminante en Babel, donde la humanidad levantó una torre hacia lo alto para asaltar el Cielo y hacerse famosa, y Dios la dispersó por toda la Tierra (Génesis 11:4-9). La pregunta queda en el aire: ¿cómo volverán a unirse el Cielo y la Tierra, y quién los unirá?
Jacob se adentra de lleno en esa pregunta, y lo hace como alguien que vive aferrándose a lo que puede. Vino al mundo agarrado al talón de su hermano, negoció la primogenitura y tramó robar la bendición; y ahora lo ha pagado caro: lo ha perdido todo. Esaú quiere matarlo, y Jacob huye para salvar la vida, solo, rumbo a la lejana tierra de su familia para buscar esposa entre los suyos (Génesis 28:6-9). El hombre que se aferraba a cuanto podía ahora no tiene nada en las manos.
Cae la noche, y Jacob se detiene a dormir con una piedra por almohada. Mientras duerme, Dios le da un sueño. Ve una gran estructura —una escalera o escalinata— que se extiende desde la Tierra hasta el Cielo, y por ella suben y bajan los ángeles de Dios (Génesis 28:12). Y desde lo alto, Jacob oye Su voz.
Jacob ya tenía la bendición de Isaac, pero había otra mucho mayor que jamás podría arrebatar por sí mismo. Ahora Dios se la concede gratuitamente. Pronuncia la promesa del pacto hecha primero a Abraham y luego a Isaac, y se la confirma a Jacob: sus descendientes llegarán a ser una gran nación, heredarán la tierra, y por medio de ellos serán bendecidas todas las familias de la Tierra (Génesis 28:13-14). El que vivía aferrándose recibe por gracia lo que jamás habría conseguido a fuerza de aferrarse.
La escalera es la respuesta a Babel. Allí donde Babel construyó hacia arriba, esforzándose por abrirse paso a la fuerza hasta el Cielo, aquí el movimiento va en sentido contrario: Jacob no construye nada, y es Dios quien desciende. La conexión entre el Cielo y la Tierra no se edifica desde abajo, sino que se concede desde arriba. Jacob despierta sobrecogido: «Esto no es otra cosa que la casa de Dios; ¡es la puerta del Cielo!» (Génesis 28:17). Llama a aquel lugar Betel, «casa de Dios» (Génesis 28:19). Mientras que Babel dispersó a las naciones, Dios promete reunirlas y bendecirlas por medio del linaje de Jacob, uniendo el Cielo y la Tierra no mediante el ascenso humano, sino descendiendo Él mismo.
¿Dónde está el evangelio?
Esta visión no se cumple en la vida de Jacob, sino en Jesús. Al comienzo del Evangelio de Juan, Él remite directamente a este sueño cuando le dice a Natanael: «Verán abrirse el Cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre» (Juan 1:51). Él es la verdadera escalera, el lugar de encuentro entre el Cielo y la Tierra. Se llama a Sí mismo la puerta (Juan 10:9) y presenta Su propio cuerpo como el templo, la morada de Dios con la humanidad (Juan 2:19-21). Lo que Jacob vio en sombra, Jesús lo es en plenitud: Él es Betel, la casa de Dios donde el Cielo y la Tierra se encuentran.
Y viene del mismo modo en que Dios vino a Jacob: descendiendo, no ascendiendo. Mientras Jacob se aferraba y trepaba, Jesús no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se rebajó voluntariamente y descendió hasta nosotros como siervo (Filipenses 2:6-7). No nos abrimos camino hacia Dios levantando torres de logros o de religión. Es Dios quien ha descendido hasta nosotros en Su Hijo.
Por medio de Su vida, muerte y resurrección, Jesús abre la puerta del Cielo y nos introduce en la presencia de Dios. El afán de aferrarse que dispersó a la humanidad en Babel queda deshecho por Aquel que se negó a aferrarse, y un pueblo de toda nación es reunido y llevado a casa como una sola familia de bendición (Hechos 2:6-11; Apocalipsis 7:9).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos y veas al Dios que desciende a nuestro encuentro cuando no tenemos nada que ofrecer. Y que puedas ver a Jesús como la verdadera escalera, la puerta y la casa de Dios, Aquel que descendió para llevarte a Su presencia para siempre.

