¿Qué está pasando?
Jacob y su familia regresan de su larga estadía con Labán cuando ocurre un suceso espantoso. Dina, la hija de Jacob, es deshonrada por Siquén, el príncipe de la región (Génesis 34:2). Sus hermanos se llenan de furia, pero Jacob permanece extrañamente pasivo (Génesis 34:5).
Entonces Siquén ruega que le den a Dina por esposa. Para vengarse, los hijos de Jacob lo engañan a él y a su pueblo, exigiendo la circuncisión como precio para ser aceptados en su familia (Génesis 34:15). Pero no era una verdadera invitación, sino solo una trampa.
Cuando los hombres de la ciudad todavía están adoloridos, Simeón y Leví matan a todos los varones, rescatan a su hermana, y el resto de los hermanos saquean el pueblo (Génesis 34:25-29). El pueblo de Dios usa la señal del pacto no como marca de bendición, sino como arma de engaño y violencia.
Sin embargo, incluso después de este acto de brutalidad, Dios protege a la familia de Jacob y la lleva a salvo hasta Betel (Génesis 35:5). Allí Dios reafirma su pacto con Jacob y lo bendice con la promesa de fecundidad y de reyes (Génesis 35:11). A pesar de la pasividad de Jacob y de la violencia de sus hijos, el pacto de bendición no queda anulado.
El pasaje termina con dolor y con esperanza a la vez: Raquel muere al dar a luz al duodécimo hijo de Jacob, Benjamín (Génesis 35:18). La familia de la promesa está completa, aun cuando la muerte ensombrece el regalo. Y junto a la descendencia de Jacob también se enumeran los descendientes de Esaú (Génesis 36:1), lo cual nos recuerda que la capacidad de Dios para formar naciones y traer bendición va mucho más allá del fracaso humano.
¿Dónde está el evangelio?
Esta historia nos obliga a mirar de frente lo más feo de la humanidad: la deshonra, el engaño, la venganza y el dolor. Se nos muestra que los padres de Israel estaban profundamente quebrantados. Y aun así, el pacto de bendición permanece intacto. Dios no permitirá que ni siquiera los peores pecados deshagan su plan.
Aquí es donde Jesús entra en escena como el verdadero Hijo de Jacob. A diferencia de sus antepasados, Jesús no permaneció pasivo frente al mal como Jacob. No pagó violencia con violencia como Simeón y Leví. En cambio, entró en ambos lados de la condición humana.
En la cruz, Jesús llega a ser como Dina, cargando con la vergüenza de los deshonrados, soportando el desprecio y el maltrato del mundo aunque era inocente. Y en lugar de perpetuar el ciclo de la venganza, lo rompe. Recibe en sí mismo los golpes del odio y la crueldad humanos. Su sangre no clama por venganza, sino por perdón (Hebreos 12:24).
En él, tanto las víctimas como los agresores encuentran sanidad. Los deshonrados son restaurados a la honra. A los culpables se les ofrece misericordia. Y la promesa del pacto de Dios se cumple, no por los fracasos de los hijos de Jacob, sino por la fidelidad de Jesús, el verdadero Hijo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que no abandona sus promesas, ni siquiera frente a los mayores pecados de la humanidad. Y que puedas ver a Jesús como el fiel Hijo de Jacob que entra tanto en nuestra vergüenza como en nuestra violencia para traer perdón, sanidad y vida.

