¿Qué está pasando?
En el principio, Dios puso orden en el caos del mundo y lo llenó de Su imagen, y mandó a la humanidad que fuera fructífera y extendiera Su vida por toda la Tierra. Pero en el Edén apareció un gobernante rival. La serpiente ofreció a Adán y Eva otra forma de vida —un contrarreino edificado sobre el afán de arrebatar en lugar de la confianza—, y ellos cambiaron la imagen de vida de Dios por la imagen de muerte de la serpiente. Aun entonces, Dios hizo una promesa: de la mujer vendría una simiente que aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15). Desde ese momento, la historia de Génesis se convierte en el relato de dos linajes: la simiente de la serpiente, que lleva su imagen de muerte, y la simiente de la mujer, por medio de la cual Dios restaurará Su imagen de vida. La batalla entre estas dos simientes, y entre estos dos reinos, comienza en la primerísima familia.
Adán y Eva tienen dos hijos: Caín y Abel (Génesis 4:1-2). Abel lleva la imagen de vida de Dios al ofrecerle lo mejor que tiene, y Dios lo acepta. Pero la ofrenda de Caín es rechazada. Dios le advierte que este momento es una encrucijada: «El pecado está agazapado a tu puerta, al acecho; desea dominarte, pero tú debes dominarlo a él» (Génesis 4:7).
Es la primera vez que aparece la palabra «pecado» en la Biblia. Y se describe como una fiera agazapada, a punto de devorar a Caín, así como la serpiente engañó a sus padres. Adán y Eva fueron creados para gobernar sobre los animales, pero ahora una fiera acecha para enseñorearse de su hijo. En lugar de dominarla, Caín se somete a ella. Movido por los celos y la ira, asesina a su hermano Abel (Génesis 4:8). Bajo el poder del pecado, Caín lleva la imagen de muerte de la serpiente. Abel es el primer muerto que registran las Escrituras, y su final muestra con qué rapidez se propaga la violencia de la serpiente en la humanidad.
Dominado por la fiera, Caín se aleja de la presencia de Dios y edifica una ciudad (Génesis 4:16-17). Es el contrarreino de la serpiente que toma forma visible. Lo que comenzó como la violencia de un solo hombre se convierte en una civilización construida para asegurarse vida y permanencia al margen de Dios: el primer reino de muerte. Los descendientes de Caín se multiplican, y con ellos crece su poder: forjan herramientas e instrumentos y levantan las primeras ciudades. Pero también aumenta su violencia. Uno de ellos, Lamec, se jacta de haber matado a un hombre y canta que su venganza supera incluso la de Caín (Génesis 4:23-24). La ciudad que Caín edificó para escapar de la muerte se convierte en un reino que se alimenta de ella. Esto es lo que produce la simiente de la serpiente cuando llena la Tierra: no la imagen de vida de Dios, sino imperios de muerte.
Pero Dios no ha incumplido Su promesa. Adán y Eva tienen otro hijo, Set (Génesis 4:25). Mientras el linaje de Caín edifica su reino de violencia, el de Set comienza a invocar el nombre del SEÑOR (Génesis 4:26). Sus descendientes también se multiplican, pero en lugar de jactarse de la venganza, caminan con Dios. Uno de ellos, Enoc, anda tan cerca de Él que no prueba la muerte; Dios se lo lleva directamente a la vida (Génesis 5:24). Ahora crecen lado a lado dos familias, dos imágenes que se extienden por la Tierra: una llena el mundo de muerte; la otra invoca el nombre del SEÑOR. Por medio de Set, Dios muestra que nada —ni siquiera la fiera del pecado ni el aguijón de la muerte— puede detener Su promesa.
¿Dónde está el Evangelio?
El Evangelio nos dice que Jesús es la simiente prometida de Eva. A diferencia de Caín, Él no fue dominado por la fiera del pecado. Aunque nació a semejanza de los hijos de Adán, vivió perfectamente a la imagen de Dios. En lugar de propagar la muerte, trajo al mundo vida, sanidad y plenitud.
Hebreos afirma que la sangre de Jesús «habla con más fuerza que la de Abel» (Hebreos 12:24). La sangre de Abel clamaba desde la tierra con el trágico testimonio de que el sufrimiento y la violencia sólo terminan en muerte. Pero la de Jesús pronuncia una palabra distinta. La fiera del pecado, la simiente de la serpiente y seres humanos semejantes a Caín derramaron Su sangre, tal como Caín derramó la de Abel. Sin embargo, al caer a tierra, esa sangre sembró la promesa de la resurrección. Al levantarse de entre los muertos, Jesús muestra que de la muerte brotará la vida, y que aun en un mundo gobernado por el pecado y la violencia, la bendición de Dios se multiplicará.
Así es como Jesús aplasta la cabeza de la serpiente: tomando el arma más poderosa del pecado —la muerte— y destruyendo su poder con la vida eterna. Mientras el linaje de Caín edificó ciudades y reinos para llenar la Tierra de muerte, la resurrección de Jesús da inicio a una nueva familia que la llenará de vida.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para contemplar al Dios que cumple Su promesa de dar vida aun cuando el pecado y la muerte parecen vencer. Y que puedas ver a Jesús como la simiente prometida que derrota a la fiera del pecado, aplasta la cabeza de la serpiente y lleva la bendición de vida de Dios a toda la Tierra.

