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devocional

Génesis 32-33

Jacob lucha con Dios

En Génesis 32-33 vemos que Jesús nos da gratuitamente la bendición que Jacob intentó ganarse.

¿Qué está pasando?

Desde el Edén, dos reinos se han disputado la imagen de Dios en la humanidad. El reino de la serpiente propaga su propia imagen, una que agarra, arrebata y suplanta: el impulso de tomar la vida según las propias condiciones en lugar de recibirla de Dios. Ese impulso ha recorrido toda la historia y se ha instalado incluso dentro de la familia escogida. Jacob es su ejemplo más claro: un hijo de la promesa que lleva la imagen del usurpador y que se abre paso en la vida a base de intrigas y arrebatos. Ha estafado a su hermano, ha engañado a su padre y ha superado en astucia a su tío. Ahora Dios hará con Jacob lo que se propone hacer con todo el reino rival: conquistarlo. Pero lo conquistará desde dentro, no para destruir a Jacob, sino para transformarlo según la imagen que fue creado para llevar.

Tras escapar de Labán, Jacob debe enfrentarse por fin al hermano al que había agraviado: Esaú, quien una vez juró matarlo (Génesis 32:6-7). Jacob ora pidiendo protección (Génesis 32:11), pero el viejo impulso se resiste a morir: también envía por delante un desfile de regalos, con la intención calculada de ablandar a Esaú antes del encuentro. Esa noche, a solas, Jacob es confrontado, no por Esaú, sino por Dios. Un hombre lucha con él hasta el amanecer (Génesis 32:24).

Durante toda su vida, Jacob había forcejeado y arrebatado para quedarse con una bendición. Ahora, en la oscuridad, ese afán por fin cambia de dirección. Dios le toca la cadera y se la disloca, y Jacob, que siempre se había sostenido en su propia astucia, ya no puede siquiera mantenerse en pie (Génesis 32:25). Sin embargo, quebrantado, hace lo único correcto que nunca había hecho: en lugar de arrebatar la bendición y huir, se aferra a Dios sin dejarlo ir: «¡No te soltaré hasta que me bendigas!» (Génesis 32:26). El impulso de arrebatarle algo a Dios se convierte en el acto de aferrarse a Él. El usurpador es vencido, y en esa derrota es transformado.

Dios lo bendice y le da un nuevo nombre: ya no Jacob, «el que arrebata», sino Israel, «el que lucha con Dios» (Génesis 32:28). La imagen deformada comienza a ser rehecha. Jacob se aleja del Jaboc cojeando, marcado para el resto de su vida como un hombre despojado de su propia fuerza y apoyado en Dios (Génesis 32:31).

A la mañana siguiente va a reunirse con Esaú, ya no como el intrigante, sino como un hombre que cojea y que no tiene en qué confiar sino en Dios. Todavía envía sus regalos, pero no son ellos los que lo salvan. Esaú corre hacia él, lo abraza y llora: el hermano agraviado perdona gratuitamente (Génesis 33:4). Las maquinaciones nunca ablandaron a Esaú; Dios ya se había adelantado y lo había hecho. Fue la gracia, no la estrategia, la que salió al encuentro de Jacob en el camino.

¿Dónde está el evangelio?

En el Jaboc, Dios descendió y luchó con un hombre durante toda la noche, forcejeando cuerpo a cuerpo con Jacob para vencer su afán de arrebatar y rehacerlo. Así es como Dios trata con el reino rival que habita en Su pueblo: no desde la distancia, sino de cerca, sujetándolo hasta quebrantar su vieja naturaleza y darle un nuevo nombre.

En Jesús, ese mismo Dios desciende y lucha con toda la humanidad. Él no es un hombre que lucha con Dios; es el Dios que luchó con Jacob, venido ahora en carne para combatir el reino usurpador del pecado y de la muerte que nos tiene atrapados. Pero cuando Dios viene a luchar con nosotros, lo herimos. Mientras que Jacob se alejó cojeando, la humanidad lleva al Dios que forcejea con ella hasta la cruz (Isaías 53:5). Y este es el gran giro: al dejar que lo hiriéramos, Él nos sana. Gracias a Sus heridas rompe el dominio del reino rival, y en Su resurrección vence al pecado y a la muerte que nos gobernaban (Colosenses 2:15; 1 Pedro 2:24).

Así, Jesús nos vence de la misma manera que Dios venció a Jacob: no para destruirnos, sino para rehacernos. Nos sujeta hasta que nuestro afán de arrebatar se quebranta, hasta que dejamos de apoderarnos de la vida y aprendemos a aferrarnos a Él, recibiendo por gracia la bendición que jamás podríamos tomar por nuestra cuenta. Como a Jacob, se nos da un nombre nuevo y una nueva identidad, ya no definida por el ansia de arrebatar que nos deformó, sino por el Dios que nos ha hecho Suyos (2 Corintios 5:17; Apocalipsis 2:17). El Dios al que herimos nos recibe con los brazos abiertos, como Esaú corriendo hacia el hermano que lo había agraviado: no hay nada que enviar por delante, ningún plan que urdir, nada que hacer salvo dejarnos abrazar (Romanos 8:34).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que desciende a luchar con nosotros y vence nuestro afán de arrebatar, no para destruirnos, sino para rehacernos a Su imagen. Y que puedas ver a Jesús como el Dios que dejó que lo hiriéramos y, por medio de Sus heridas, nos sanó y quebrantó el reino de la muerte.

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