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devocional

Génesis 24

La esposa de Isaac

En Génesis 24 vemos que es Jesús quien se busca una esposa de entre todo el mundo.

¿Qué está pasando?

Desde el principio, el matrimonio ha sido portador del plan de Dios para el mundo. Él creó a la humanidad a Su imagen y unió al hombre y a la mujer como uno solo, para que juntos fueran fructíferos, se multiplicaran y llenaran la Tierra con Su imagen y Su vida (Génesis 1:27-28). La unión del esposo y la esposa era el motor de la bendición divina: el medio por el cual Su imagen se extendería por toda la creación. Así que, cuando Dios se propone bendecir a las naciones por medio de la familia de Abraham, la promesa avanza matrimonio tras matrimonio. Y ahora esa promesa recae sobre Isaac. Sara ha muerto (Génesis 23:2), Abraham es anciano, e Isaac no tiene esposa ni hijos. Si la familia de la bendición ha de continuar, la descendencia prometida necesita una novia; y, como ha hecho en cada momento de amenaza, Dios proveerá.

Abraham envía a su siervo de regreso a su tierra natal para buscarle esposa a Isaac (Génesis 24:3-4). No debe ser una de las cananeas que los rodean, sino alguien del propio pueblo de Abraham, para que la familia apartada para la bendición de Dios se mantenga distinta de las naciones sometidas a los poderes de la serpiente.

Junto al pozo, a las afueras de la ciudad, el siervo pide una señal: que la mujer que Dios ha escogido le ofrezca agua y, de buena voluntad, dé de beber también a sus camellos (Génesis 24:14). Antes incluso de que termine su plegaria, llega Rebeca y hace exactamente eso. La elección no es del siervo ni de la familia: es de Dios, que responde antes de que la petición esté completa.

El siervo le cuenta todo a la familia de Rebeca, y ellos no pueden negar que la mano de Dios está en ello: «Todo esto viene del SEÑOR», afirman, y la dejan partir (Génesis 24:50-51). Rebeca abandona su hogar, emprende la travesía hacia Canaán y se convierte en la esposa de Isaac. Dios mismo ha provisto la novia que llevará adelante la descendencia prometida, y la familia de la bendición continúa en una nueva generación.

¿Dónde está el Evangelio?

No es casualidad que Génesis cuente esta historia junto a un pozo. En la vida de los patriarcas, ese es el lugar donde se sellan los pactos y comienzan los matrimonios: la novia de Isaac es hallada allí, y también la de Jacob (Génesis 24:15-20; 29:9-10). Por eso, cuando Jesús se sienta junto a un pozo y le pide de beber a una mujer, el patrón es inconfundible: ha llegado el novio (Juan 4:6-7).

Pero la novia por la que viene Jesús no se parece en nada a Rebeca. Es samaritana, de un pueblo que quebrantó el pacto con Dios y se entregó a dioses rivales; sus cinco maridos son una imagen de un pueblo que había tomado un dios falso tras otro en lugar de su verdadero Esposo (Juan 4:17-18). Mientras que antes Dios envió a un siervo para traer una novia de entre Su propio pueblo, Jesús acude en persona a una novia infiel, a un pueblo muy alejado de la familia del pacto.

Este es el matrimonio al que apuntaban todos los demás. Así como Adán y Eva fueron unidos para multiplicar la imagen de Dios por toda la Tierra, Jesús se une a la humanidad para tomar una novia —la iglesia—, reunida ahora de entre todas las naciones que se habían entregado a los reinos de la serpiente. Él incorpora a la humanidad en Sí mismo para que, unido a Él, Su pueblo vuelva a ser fructífero y multiplique la imagen de Dios por el mundo. El verdadero novio viene incluso a los infieles y a los lejanos, y acoge en la familia que Dios ha estado edificando desde el principio a todos los que creen: sigue proveyendo una novia para la descendencia prometida y sigue reuniendo un pueblo para bendecir al mundo.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos y veas al Dios que provee todo lo necesario para traer a Su pueblo a Su familia. Y que puedas ver a Jesús como el verdadero novio, que se une incluso a los infieles y a los lejanos para hacerlos Suyos y llenar el mundo con la imagen de Dios.

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