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devocional

Jeremías 24-25

Dos cestas de higos

En Jeremías 24-25, vemos que la cruz de Jesús es una advertencia para todas las personas del mundo: si Dios no libró de su justicia y de su ira a su único Hijo, no librará a nadie más.

¿Qué está pasando?

Poco después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, saqueara Jerusalén y llevara al exilio a su pueblo, Dios le dio a Jeremías la visión de dos cestas de higos que retratan dos futuros muy distintos para el pueblo de Dios (Jeremías 24:1-2). La primera cesta está llena de higos maduros y jugosos. Ellos representan a los desterrados que salieron de Judá y fueron a Babilonia. Dios los protegerá durante el cautiverio y algún día los traerá de vuelta a su tierra, donde reconstruirá y volverá a plantar todo lo que perdieron. Una vez que hayan regresado, Dios también los transformará. Fueron desterrados por resistirse con dureza de corazón a Dios y a sus leyes, pero el día en que regresen, Dios les dará un corazón que lo conozca y que se deleite en sus caminos, para que nunca más vuelvan a ser desterrados (Jeremías 24:3-7).

Pero la segunda cesta está llena de higos podridos que no se pueden comer. Ellos representan a quienes rechazaron el exilio e intentaron preservar el poder, la tierra y la soberanía de Judá sin arrepentirse. Por negarse a aceptar el juicio purificador de Dios, estos higos serán destruidos y dispersados, sin volver jamás a la tierra que Dios les había dado (Jeremías 24:8-10).

Jeremías cuenta entonces cómo él había predicho con exactitud este desenlace más de una década antes y había rogado a Judá que cambiara de rumbo (Jeremías 25:1-3). Antes de la época de Jeremías, Dios envió a muchos siervos proféticos que le suplicaron a Judá que se apartara de su idolatría y de su injusticia, o de lo contrario perdería la tierra que Dios le había dado (Jeremías 25:4-6). Pero como Judá se negó a escuchar, Dios designó a un nuevo siervo —Nabucodonosor— para confrontar a su pueblo (Jeremías 25:7-9). A diferencia de los profetas de Dios, este siervo sería un gobernante brutal que devastaría todo a su paso. Sin embargo, Jeremías también profetizó que el dominio de Babilonia tendría un límite. Después de setenta años, Dios traería a su pueblo de vuelta a casa y lo restauraría en la tierra (Jeremías 25:10-14). Si Jeremías tenía razón acerca de la destrucción de Judá, el pueblo de Dios podía confiar en que la promesa de restauración ya había comenzado. En lugar de resistir el poder de Babilonia, eran llamados a someterse a él con esperanza, confiando en que el exilio conduciría a la renovación.

Luego, en otra visión, Dios le dice a Jeremías que tome una copa de vino y haga beber a las naciones hasta que se tambaleen. Esta visión representa cómo Dios confronta y desenmascara la violencia, el orgullo y la injusticia humanas en todo el mundo (Jeremías 25:15-16). Comenzando por Judá, nación tras nación beberá de esta copa, e imperio tras imperio caerá bajo el peso de su propia corrupción (Jeremías 25:17-25). Ni siquiera Babilonia misma escaparía. Ella también beberá de la misma copa y caerá (Jeremías 25:26). El mensaje de Jeremías a las naciones es claro: ningún pueblo, ningún imperio y ningún poder queda fuera de la justicia de Dios, sobre todo cuando el juicio comienza por el propio pueblo de Dios (Jeremías 25:27-29). La espada que atraviesa a Judá acabará por atravesar a toda nación que edifique su futuro sobre la violencia y la opresión (Jeremías 25:30-38).

¿Dónde está el evangelio?

La justicia de Dios es imparcial, pero nunca carece de propósito. Jeremías les mostró a las naciones que el trato de Dios con Judá no consistía en actos arbitrarios de ira, sino que era parte de un plan mayor para confrontar el mal, desmantelar los poderes destructivos y restaurar su creación. El exilio no fue el final de la historia de Dios con su pueblo: fue el medio por el cual sus corazones serían sanados y su relación con Dios renovada.

Este patrón alcanza su expresión más plena en Jesús. El siervo escogido definitivo de Dios no fue un profeta terrenal ni un rey, sino su Hijo. Jesús entró por completo en la condición del pueblo desterrado de Dios y llevó la historia de Israel a su momento decisivo. La noche anterior a su muerte, Jesús habló de una copa puesta delante de él, una copa que representaba el sufrimiento, la violencia y el juicio que acompañan la rebelión de la humanidad y a los imperios que la imponen (Lucas 22:42). Jesús no huyó de ese momento. Entró en él como el representante fiel de su pueblo.

Jesús fue entregado a Roma, el mismo tipo de imperio que una vez llevó a Judá al exilio. Como Israel, fue expulsado fuera de la ciudad y entregado a un poder extranjero. En su muerte, Jesús entró en lo más profundo del exilio de la humanidad. Sin embargo, este descenso no fue la última palabra. Así como Dios prometió que el exilio daría paso a la restauración, Dios levantó a Jesús de entre los muertos. La resurrección declaró que el exilio no tiene la última palabra, y que el propósito de Dios siempre ha sido la renovación, no la destrucción.

La muerte de Jesús no cerró la historia con el juicio: abrió el camino de regreso a casa. Su resurrección marca el comienzo del retorno del exilio, la restauración del pueblo de Dios y la renovación del corazón humano. Como Jesús les dijo a sus discípulos, nosotros también debemos beber esta copa (Mateo 20:23). Sufriremos como él sufrió (1 Pedro 2:21). Pero sufrir con Jesús siempre es restaurador. Cuando sufrimos como Jesús, también seremos resucitados como Jesús. Así que anímate cuando sufras, porque eso solo asegura que la promesa de restauración ya ha comenzado.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que confronta el mal a fin de sanar su mundo. Y que veas a Jesús como el siervo fiel que entró en el exilio con nosotros y nos guía hacia la restauración.

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