¿Qué está pasando?
El último rey de Judá, Sedequías, está bajo el asedio de Babilonia. Ha encarcelado a Jeremías por predecir la caída de su reino y por insistir en que Judá se rinda (Jeremías 32:1-2). Sedequías interroga a Jeremías y le exige una explicación por sus profecías tan sombrías y antipatrióticas (Jeremías 32:3-5). En lugar de responder directamente, Jeremías le cuenta a Sedequías que Dios acaba de decirle que compre una propiedad (Jeremías 32:6-14). Sedequías se habría reído. Comprar terrenos mientras se pierde una guerra por la tierra es una inversión terrible. Pero es la manera en que Dios dice que la derrota inminente de Judá ante Babilonia no es el fin del pueblo de Dios. Dios le pide a Jeremías que compre el terreno confiando en que su pueblo volverá a poseer la tierra que está dejando atrás (Jeremías 32:15).
En oración, Jeremías reconoce que cree que nada es demasiado difícil para Dios, pero también dice que el mal de Judá parece insuperable. Dios rescató a su pueblo de la esclavitud en Egipto y les dio la tierra en la que sus antepasados han vivido hasta este momento (Jeremías 32:16-22). Y Judá ha rechazado al Dios que los salvó. Jeremías sabe que Judá merece la destrucción, y eso hace difícil estar seguro de que Dios le dará un rendimiento por su inversión. Si Judá nunca ha sido fiel, tampoco será fiel en el futuro, y Dios no tendrá razón alguna para salvarlos otra vez (Jeremías 32:23-25).
Dios responde a la oración de Jeremías y le dice que tiene razón. Él ha decretado la invasión de Babilonia. Judá ha sido ingrata, desleal y perversa. Desde el rey hasta los pobres del reino, todos le han escupido en el rostro a Dios en lugar de inclinarse ante él. Judá sigue sacrificando a sus hijos en los altares de dioses falsos (Jeremías 32:26-35). Pero Dios dice que él es su Dios incluso cuando no lo merecen (Jeremías 32:36-38). Le dice a Jeremías que planea salvarlos de sus opresores y transformar sus corazones. Los hará ciudadanos fieles que experimentarán su amor para siempre (Jeremías 32:39-41). Su restauración superará su ruina, y toda inversión será recompensada (Jeremías 32:42-44).
Dios reitera que primero Jerusalén será arrasada. Pero después de la destrucción, Dios la sanará. Perdonará a su pueblo, lo sacará del exilio y reconstruirá su nación (Jeremías 33:1-10). Aunque la guerra está devastando Jerusalén, muy pronto la vida, el gozo y la adoración llenarán la ciudad y los campos que la rodean (Jeremías 33:11-14). Dios no ha olvidado las promesas que le hizo a David, el antepasado de Sedequías. Le prometió al rey David que uno de sus hijos gobernaría siempre sobre su pueblo. Así que Dios dice que hará brotar un nuevo retoño del árbol genealógico de Sedequías. Tan seguro como que sale el sol, Dios coronará a un nuevo hijo de David. Se le llamará «El SEÑOR es nuestro Salvador justo», y él cumplirá todas las promesas que Dios le ha hecho a su pueblo (Jeremías 33:15-26).
¿Dónde está el evangelio?
Pasarían más de 400 años antes de que las profecías de Jeremías se cumplieran. Pero el retoño del árbol genealógico moribundo de Sedequías y el hijo de David que Dios le prometió a Jeremías llegaron cuando Jesús nació. Él fue el Salvador justo que rescató al pueblo de Dios de sus opresores, perdonó la rebelión de su pueblo, transformó los corazones de ciudadanos infieles e inauguró una era de amor eterno. Pero la salvación de Jesús no ocurrió como Jeremías y muchos de sus contemporáneos esperaban. Jesús no salvó a su pueblo empuñando espadas ni ocupando un trono en Jerusalén, sino muriendo en una cruz y resucitando de entre los muertos (Juan 18:36).
Y es que el verdadero exilio del pueblo de Dios no era político ni geográfico, sino espiritual. Sus corazones estaban exiliados de su rey celestial mucho antes de que sus cuerpos entraran en Babilonia. La causa del exilio de Judá no fue la falta de destreza militar o de liderazgo, sino corazones crónicamente opuestos a escuchar, confiar y obedecer a Dios. Judá fue exiliada como preparación para una futura restauración espiritual. Pero Jesús entró en el exilio de su pueblo como la preparación final para que su pueblo experimentara el amor eterno de Dios. En la cruz, Jesús desarma nuestras espadas y toda arma del enemigo, muriendo bajo su maldad y triunfando sobre ellos en su resurrección.
Por su resurrección, tenemos garantizada la entrada a un reino de amor eterno donde ningún enemigo ni opresor puede quitarnos lo que Dios ha planeado para su pueblo (Juan 10:10). Jesús murió en una cruz y resucitó de entre los muertos para que nuestra rebelión contra Dios quedara desarmada eternamente. Y ahora que lo está, Dios prometió que un día hará que su Reino sea físico una vez más. Muy pronto, Dios renovará toda la Tierra, y poseeremos tierra en la Nueva Creación de Dios, para nunca más rebelarnos, ser dañados ni ser exiliados (Apocalipsis 21:5).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios cuya restauración pesa más que su ruina. Y que puedas ver a Jesús como aquel que entró en el exilio por su pueblo para que nosotros podamos entrar en su Reino eterno.


