¿Qué está pasando?
La capital de Judá llevaba meses bajo el asedio de la superpotencia Babilonia. Pero de repente las fuerzas babilónicas se retiran, y eso lleva a Sedequías, el cobarde rey de Judá, a acercarse a Jeremías, el profeta de Dios, para preguntarle qué debe hacer a continuación (Jeremías 37:1-5). Jeremías le responde que la retirada de Babilonia es solo temporal. Babilonia volverá y reducirá su ciudad a cenizas. Sedequías debe rechazar a cualquier profeta que diga lo contrario y arrepentirse con la esperanza de ser librado (Jeremías 37:6-10). Pero no lo hace. Al contrario, el capitán de la guardia real de Sedequías acusa a Jeremías de desertar y lo arroja a un calabozo (Jeremías 37:11-16). Días después, el rey manda llamar a Jeremías en secreto. El ejército babilónico había regresado, y Sedequías se preguntaba si Dios le habría dado a Jeremías alguna nueva revelación sobre el desenlace de la guerra. Jeremías repite lo que ya había dicho y añade que el rey pronto será prisionero de guerra de Babilonia. Si el rey quiere que Judá sobreviva, tiene que someterse a Babilonia (Jeremías 37:17). Entonces Jeremías exige un mejor trato. No solo ha sido acusado falsamente de desertar, sino que, a diferencia de los demás consejeros del rey, todas sus profecías se han cumplido. Pero el rey de nuevo no está dispuesto a escuchar al profeta de Dios ni a revocar la decisión de su capitán. En lugar de liberar a Jeremías, lo pone en una prisión sobre el nivel del suelo con una ración diaria de pan (Jeremías 37:18-21).
Mientras está preso, Jeremías sigue profetizando que ninguna opción militar tendrá éxito, que Jerusalén será destruida y que la única esperanza para sus habitantes es rendirse (Jeremías 38:1-3). Los consejeros del rey le informan que el derrotismo de Jeremías está arruinando la moral de los soldados. Hay que darle muerte (Jeremías 38:4). Por miedo a contradecir a sus consejeros, el rey les permite echar a Jeremías en una cisterna vacía para que muera en el lodo (Jeremías 38:5-6). Pero cuando uno de los diplomáticos extranjeros del rey aboga por la inocencia de Jeremías, el rey cede y le manda sacarlo de la cisterna (Jeremías 38:7-13).
El rey manda llamar a Jeremías otra vez y le pregunta si hay alguna novedad de parte de Dios (Jeremías 38:14-16). Pero Jeremías le da la misma profecía: Jerusalén será destruida, y rendirse es la única opción (Jeremías 38:17-19). El rey dice que tiene miedo de seguir el consejo de Dios. Sin embargo, Jeremías le asegura a Sedequías que, si se rinde, Dios lo protegerá a él, a su familia y a la ciudad que gobierna (Jeremías 38:20-23). Demasiado temeroso para actuar según las palabras de Jeremías, Sedequías le hace jurar que guarde el secreto (Jeremías 38:24-28). Pocos días después, Babilonia rompe las defensas de Jerusalén, lleva al rey a una prisión babilónica, reduce Jerusalén a cenizas y deporta a Babilonia a todos menos a los más pobres, tal como Jeremías lo había anunciado (Jeremías 39:1-10). Los únicos funcionarios reales que se libraron del exilio y se quedaron en Jerusalén fueron Jeremías y el diplomático extranjero que escuchó su mensaje y lo rescató de la cisterna (Jeremías 39:11-18).
¿Dónde está el evangelio?
El encarcelamiento de Jeremías y la caída de Sedequías son un paralelo de la historia de José en el libro de Génesis. Tanto Jeremías como José son echados en cisternas (Génesis 37:24). Los reyes de sus respectivas naciones mandan llamar a los dos (Génesis 41:14). Capitanes de la guardia real acusan falsamente a los dos hombres (Génesis 39:20). Los dos profetizan el futuro (Génesis 41:25-27). Y los dos son rescatados de su prisión por extranjeros (Génesis 41:9-13). Tanto en la historia de Jeremías como en la de José, la disposición del rey a escuchar las palabras del profeta marcó el rumbo del reino. El Faraón escuchó y obedeció las palabras de José, y Egipto sobrevivió a una hambruna (Génesis 41:56-57). Pero Sedequías se negó tres veces a escuchar las palabras de Jeremías, y Jerusalén fue incendiada. En las dos historias, reconocer y obedecer al profeta de Dios que estaba en la cisterna determinó el destino de una nación. Deberíamos querer ser más como el Faraón que escuchó que como el cobarde Sedequías.
Todos vivimos situaciones en las que nos sentimos atacados y sitiados, o como los habitantes sin esperanza de una ciudad arruinada por poderes más fuertes de lo que podemos controlar. La invitación de Dios es la misma que fue para el Faraón y para Sedequías. Tenemos que escuchar y obedecer a su profeta, es decir, a Jesús, el profeta de Dios (Hebreos 1:1-3). Igual que José y Jeremías, Jesús anunció que la única manera de vivir era sometiéndose a un poder mayor (Mateo 22:37). Por causa de sus profecías, y como sus predecesores, Jesús fue bajado a una cisterna que debía haber sido su tumba (Juan 19:38-42). Pero Dios levantó a Jesús de entre los muertos, tal como levantó a José y a Jeremías de sus prisiones (Mateo 28:6). Jesús es el profeta definitivo de Dios, resucitado de la cisterna, y está listo para ayudar, rescatar y dar vida de resurrección a todos los que se sienten acosados y arruinados. Así que acepta a Jesús como el profeta de Dios, sométete a su gobierno, obedece sus palabras y experimenta tu rescate.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que rescata a quienes confían en sus palabras. Y que veas a Jesús como aquel que fue resucitado de entre los muertos para resucitarnos a todos a la vida con él.


