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devocional

Jeremías 40-44

Judá desaparece

En Jeremías 40-44 vemos que, en Jesús, la última palabra de Dios para nosotros no es su poderosa ira, sino su amor desbordante por nosotros demostrado en Jesús.

¿Qué está pasando?

Judá está a punto de desaparecer como nación. Su única esperanza es escuchar lo que Jeremías ha profetizado de manera constante: someterse a Babilonia y a su rey. Tristemente, incluso después de que la capital de Judá es destruida y la mayoría de sus habitantes son llevados al destierro, Judá no lo hace. Tras su victoria, Babilonia nombra a Gedalías como gobernador títere. Le advierte que Judá perdió su nación porque no obedeció a su Dios al no someterse a ellos (Jeremías 40:1-6). A medida que se difunde la noticia de que el ataque babilónico ha terminado, campesinos pobres, refugiados y las pocas milicias que le quedan a Judá se reúnen alrededor de él. Al principio, Gedalías repite las profecías del capitán babilónico y de Jeremías, y le dice a este remanente que su única esperanza es aceptar el castigo de Dios y servir bien a Babilonia (Jeremías 40:7-12). Él espera que este pequeño pero fiel remanente pueda comenzar a reconstruir el reino de Dios una vez más.

Pero muy pronto Gedalías es asesinado, y surge un nuevo líder rebelde, Johanán, que llama a Judá a unir fuerzas con Egipto, hacer una última resistencia contra Babilonia y recuperar su reino con la ayuda de los dioses y el poder militar de Egipto (Jeremías 40:13-41:18). Al principio, Johanán le pide a Jeremías que busque el consejo de Dios y promete hacer todo lo que Dios diga (Jeremías 42:1-6). Después de diez días de oración, Jeremías le dice a Johanán que no tema a Babilonia y que se quede en Judá (Jeremías 42:7-12). Jeremías advierte que Dios considerará el ir a Egipto en busca de protección como un acto de rebelión equivalente a la desobediencia que provocó el destierro de Judá en primer lugar (Jeremías 42:13-22). Johanán debe confiar en Dios y quedarse en Judá en lugar de confiar en el poder y los dioses de Egipto. Pero Johanán acusa a Jeremías de conspirar contra él, ordena al remanente de Judá marchar hacia Egipto en desafío a las palabras de Dios, y arrastra a Jeremías con ellos (Jeremías 43:1-7).

Una vez que llegan, Jeremías declara que no podrán esconderse del juicio de Dios. Babilonia los encontrará y destruirá a todos los que han confiado en Egipto y en sus dioses más que en Dios y en su poder (Jeremías 43:8-13). Jeremías dedica todo un capítulo a acusar a Judá por su infidelidad en Egipto y promete que pronto Babilonia conquistará a los líderes y a los dioses en quienes ellos han decidido confiar en lugar de él (Jeremías 44). Entonces la historia de Judá termina abruptamente. Babilonia invade Egipto, el pueblo de Dios se dispersa y Judá prácticamente desaparece. Los únicos del pueblo de Dios que quedan están presos en Babilonia. 

¿Dónde está el evangelio?

El relato de Jeremías sobre la historia de Judá termina con su juicio total. No queda nadie a quien Dios no haya castigado por su infidelidad. La desintegración de Judá demuestra que, en lo más profundo, el pueblo de Dios no está dispuesto a someterse a él ni a sus mandamientos. Su única esperanza de rescate es que Dios los levante del destierro con su poder. 

Y un día Dios lo hace: él mismo entra en el destierro de su pueblo. Dios, en la persona de Jesús, nació bajo el dominio romano en medio de un pueblo que todavía se resistía a los mandamientos de Dios (Juan 3:16; Lucas 4:18-19). Pero Jesús, a diferencia de sus compatriotas, se sometió a Dios sin importar el precio (Juan 5:19-20). A diferencia de Johanán y de tantos otros ciudadanos y reyes de Judá, cuando Dios le dice a Jesús que se someta al poder romano, él lo hace, incluso cuando eso significa su muerte (Lucas 22:42). Luego, tal como Jeremías profetizó, después de someterse al poder imperial y aceptar el destierro entre los muertos, Jesús resucitó de su sepulcro (Lucas 24:1-12). En ese momento nació un Reino con el que Gedalías solo podía soñar. Por medio de su destierro y su resurrección, Jesús aseguró un Reino de vida eterna, donde ningún imperio, ningún rey, ni siquiera la muerte tiene poder (1 Corintios 15:55-57). Jesús ha hecho lo que ningún líder de Judá hizo jamás y, al hacerlo, ha reconstruido el Reino de Dios y reina como el Rey verdadero del pueblo de Dios, prometiendo que nunca más seremos desterrados de él. 

La última palabra de Dios para nosotros no es su poderosa ira, sino su amor desbordante demostrado en la persona de Jesús. Dios nunca deja a su pueblo en su juicio, su desesperanza y su destierro. Dios siempre provee un camino poderoso para rescatar a los suyos. Así que, en lugar de confiar en reyes, poderes u otros dioses, confía en Jesús, quien te resucitará con él.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que ama a su pueblo. Y que veas a Jesús como aquel que nos salva de nuestro destierro.

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