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devocional

Jeremías 36

El destino de las naciones

En Jeremías 36 vemos que necesitamos un rey que responda como es debido a la Palabra de Dios. Gracias a Dios, él nos ha dado ese Rey en su Hijo, Jesús.

¿Qué está pasando?

El destino de Judá depende de la disposición de sus reyes a escuchar las palabras de Dios. Si un rey escucha, él y su nación prosperarán. Pero si no escucha, él y su gobierno están condenados. Cuando Jeremías comenzó a ser profeta, el rey de Judá, Josías, encontró una copia de la Palabra de Dios en el templo. Cuando un hombre llamado Safán se la lee, el rey se llena de temor y rasga su manto. Josías se asustó porque se dio cuenta de cuánto se había alejado Judá de las leyes de Dios y del castigo severo que merecían los transgresores de la ley como ellos. Así que Josías se comprometió de nuevo con la Palabra de Dios, quemó los santuarios y los ídolos por todo Judá, y preguntó a un profeta qué debía hacer. El profeta de Josías le dice que, por haberse arrepentido, no sufriría el castigo que exigía la Palabra de Dios y que viviría el resto de sus días en paz (2 Reyes 22-23). Josías salvó a su pueblo del desastre durante su reinado al escuchar y obedecer la Palabra de Dios.

Ahora el hijo de Josías, Joacim, está en el poder, y Jeremías le advierte que si no pone fin al mal y a la idolatría de Judá, Dios lo castigará. Babilonia invadirá el país y reducirá a cenizas su capital, pero el hijo de Josías no escucha. Entonces Dios le dice a Jeremías que reúna todas las profecías que ha pronunciado durante los últimos 20 años y que haga un último llamado a su pueblo, con la esperanza de que se arrepientan (Jeremías 36:1-10). Luego, las profecías de Jeremías se leen ante tres audiencias distintas, cada una más poderosa que la anterior, hasta que finalmente se leen ante el rey Joacim (Jeremías 36:11-19).

Pero mientras las leen, el rey Joacim demuestra que no se parece en nada a su padre. A diferencia de él, no teme a Dios, ni rasga su manto, ni quema ídolos, ni pide consejo a los profetas de Dios. Al contrario, le indignan las advertencias de Dios, y arranca del rollo las profecías de Jeremías línea por línea y las quema en el fuego (Jeremías 36:20-23). Y en lugar de pedir el consejo del profeta, exige que arresten a Jeremías (Jeremías 36:24-26). Pero cuando le llega a Jeremías la noticia de que Joacim quemó su rollo de profecías, Dios le dice que reescriba el final. La historia ha cambiado. Ya es demasiado tarde para el arrepentimiento. Joacim ha sellado el destino de Judá. El desastre viene sobre el reino de Joacim; Babilonia lo llevará al exilio, y su dinastía terminará con él (Jeremías 36:27-31). Así, la negativa del rey Joacim a escuchar la Palabra de Dios condena a su pueblo.

¿Dónde está el evangelio?

La respuesta de los reyes de Judá a la Palabra de Dios determina el rumbo de su nación. Y donde Josías salvó a su pueblo, Joacim lo condenó. Jeremías nos enseña que necesitamos un rey que responda como es debido a la Palabra de Dios. Gracias a Dios, él nos ha dado ese Rey en su Hijo, Jesús. De hecho, el nombre de Jesús es una forma inglesa del nombre «Josías». Y la misma sangre real que corría por las venas de Josías corría por las suyas. Pero, mejor aún que su antepasado y tocayo, Jesús no solo escuchó y obedeció los mandamientos de Dios: los encarnó (Juan 5:16; Juan 1:14). En su vida, la prosperidad que Dios le prometió a Josías se hizo realidad. Cuando Jesús tocaba a las personas, quedaban sanas. Cuando Jesús hablaba, las fuerzas de las tinieblas y del mal se dispersaban (Lucas 4:38-41). Cuando lloró junto a la tumba de su amigo, su amigo volvió a la vida (Juan 11:43).

Pero, aunque Jesús encarnó perfectamente la Palabra de Dios, fue desgarrado, así como Joacim rasgó y quemó el rollo de Jeremías. Sin embargo, incluso en su muerte, Jesús hizo real y encarnó la Palabra de Dios. Fue condenado, sentenciado y exiliado, tal como las profecías de Jeremías advirtieron que le ocurriría a Joacim. En la muerte de Jesús, el Rey de Dios encarnó las palabras de juicio de Dios contra todo aquel que se negara a escucharlo. Jesús tomó en su propio cuerpo la muerte, el exilio y la condenación que merecen personas como Joacim.

Pero Jesús reescribe la historia. Él es el Rey que obedeció perfectamente. Por eso Dios resucitó a Jesús de entre los muertos y nos invita a todos a aceptar el reinado eterno del Rey Jesús. En su Reino hay tanto perdón para nuestra desobediencia como una vida de prosperidad para siempre.


Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que ha dado su palabra a los reyes. Y que puedas ver a Jesús como aquel que determina el rumbo de su Reino y la vida de todos los que se arrepienten.

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