¿Qué está pasando?
Jeremías escribe una serie de cartas al pueblo de Dios exiliado en Babilonia, ofreciéndole la esperanza de un «nuevo pacto». Un pacto era un tratado antiguo que definía las condiciones y las consecuencias de la relación entre dos naciones.
Jeremías dice que, aunque el exilio de Judá es la consecuencia merecida por haber fallado a su primer pacto, Dios pronto pondrá fin a su cautiverio, los hará volver a su tierra y hará un pacto nuevo (Jeremías 30:1-3). Dios ve su angustia y su sufrimiento bajo el dominio babilónico, y promete que pronto rescatará a su pueblo y hará que sus captores se inclinen ante un nuevo rey que él pondrá en el trono de Jerusalén (Jeremías 30:4-10). Jeremías explica que, aunque Dios es responsable del exilio de Judá, este siempre tuvo el propósito de prepararlos para un futuro nuevo y mejor (Jeremías 30:11-24). Incluso después de todo su fracaso y castigo, Dios todavía los ama y desea tener una relación de pacto con ellos (Jeremías 31:1-3).
Jeremías describe entonces lo que implicará ese nuevo pacto. Durante siglos, las doce tribus del pueblo de Dios estuvieron divididas por la guerra civil, pero Dios prometió unir a las tribus enemistadas para que todas pudieran adorar juntas a Dios otra vez (Jeremías 31:3-6). No importa a dónde las naciones los hayan dispersado: Dios, como un buen pastor, reunirá de nuevo a todo su pueblo. Y ni siquiera los ciegos y los cojos de su rebaño quedarán olvidados en el tiempo de abundancia y prosperidad que él quiere traer (Jeremías 31:7-14). Luego Jeremías imagina a Dios acercándose a Raquel, una de las madres fundadoras de Judá. Ella llora por el exilio de su pueblo y por la muerte de sus descendientes (Jeremías 31:15). Pero Dios le dice a Raquel que deje de llorar porque, en este nuevo pacto, él hará volver a todos sus hijos y cumplirá las promesas que le había hecho (Jeremías 31:16-17).
Cambiando la metáfora, Dios dice que su nuevo pacto transformará a Judá de hija prostituta en novia virgen (Jeremías 31:21-22). Para Dios, su primer pacto con Judá fue como los votos intercambiados el día de una boda (Jeremías 31:31-32). Así que, en este nuevo pacto, Dios promete volver a escribir sus votos en el corazón de su novia. A nadie habrá que recordarle el amor de Dios, y toda infidelidad pasada quedará olvidada (Jeremías 31:33-34). Y la única manera de que este nuevo pacto pueda romperse es que el sol deje de arder y las estrellas caigan del cielo. Y nada impedirá que el pueblo de Dios viva con él y disfrute de su amor y su protección para siempre (Jeremías 31:35-40).
¿Dónde está el evangelio?
Jeremías es el único libro del Antiguo Testamento que menciona el «nuevo pacto», pero no es la primera vez que aparece la idea de un pacto nuevo. Justo después de que Dios hace su primer pacto con su pueblo, Dios predice su infidelidad a ese pacto, un exilio inevitable, su posterior regreso y los corazones transformados que él quiere darles cuando vuelvan (Deuteronomio 30:1-10). Aunque Jeremías lo llama «nuevo», siempre ha sido la intención de Dios formar un pueblo con corazones y mentes transformados que pueda vivir con él y disfrutar de su amor para siempre.
La primera vez que el Nuevo Testamento habla de un «nuevo pacto» es cuando Jesús levanta una copa de vino durante la fiesta judía de la Pascua y declara que, en su muerte venidera, el nuevo pacto del que habló Jeremías se cumpliría (Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25). La Pascua recordaba la liberación que Dios dio a Israel de la esclavitud en Egipto y los sucesos que llevaron a que Dios hiciera el primer pacto. Jesús estaba diciendo que su muerte sería una nueva liberación de corazones esclavizados a la infidelidad y al mal. En su sangre y por medio de su muerte, él estaba abriendo un camino para que el pueblo de Dios fuera perdonado, transformado y experimentara su amor para siempre. Cuando Jesús murió, el pueblo de Dios fue liberado y se hizo un nuevo pacto (Hebreos 8:13).
Este nuevo pacto no se limita a las tribus del pueblo de Dios. Incluye tanto a los sanos como a los cojos, a los que ven y a los ciegos, a judíos y a no judíos. Está al alcance de todos, no sobre la base de la etnia, sino de la fe y de una confianza compartida de que Jesús es el rey que un día gobernará a todo el pueblo de Dios, tal como dijo Jeremías. Como demostró Judá, no tienes que ser santo, puro ni bueno para entrar en este reino. En el reino de Jesús, Dios transforma incluso a los peores de nosotros en su novia sin mancha y promete amarnos para siempre, a pesar de nuestras acciones.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que ha hecho un nuevo pacto. Y que veas a Jesús como aquel que ha muerto para asegurar la protección y el amor de Dios para siempre.


