¿Qué está pasando?
Las ofrendas han sido descritas. Los sacerdotes han sido consagrados. Dios ha llenado el tabernáculo con su presencia. Ahora Dios se vuelve al resto de Israel y le enseña cómo vivir como su pueblo santo en el mundo. Si los sacerdotes han de ser santos como Dios es santo, también debe serlo la nación.
Levítico 11 establece las categorías de animales puros e impuros. Estas no son categorías morales. Ser impuro no es ser pecador. Simplemente significa que algo no es apto para la santa presencia de Dios. Ser puro significa que algo es íntegro, bien ordenado y capaz de habitar en la presencia de Dios.
La lógica detrás de estas categorías no es biológica, sino simbólica. Lo puro representa integridad, unidad y vida. Lo impuro representa ruptura, mezcla o desorden. Por ejemplo, los animales considerados puros son rumiantes y además tienen la pezuña partida. Ese es el patrón esperado. Cuando un animal tiene una cosa pero no la otra —como rumiar sin tener la pezuña partida— es impuro. Lo mismo sucede con los peces. Los peces puros tienen tanto aletas como escamas. Pero si un pez tiene escamas y no aletas, o aletas y no escamas, el patrón se rompe, y el pez es impuro.
La dieta de Israel debía ser un retrato diario de la santidad de Dios. Así como Dios es íntegro, unido y perfectamente apartado, así también su pueblo debía ser íntegro, unido y apartado de las naciones. Al comer solamente lo que era puro, Israel mostraba al mundo que su Dios es distinto. En el sentido más sencillo: Dios es santo, por lo tanto su pueblo debe ser santo (Levítico 11:44-45).
Este modo de vida también era un retrato de la humanidad misma. Las naciones habían sido creadas a la imagen de Dios, pero no vivían como portadoras de su imagen. Como peces con aletas pero sin escamas, rompían el patrón de lo que debían ser. Israel, en cambio, debía ser una humanidad restaurada, apartada para encarnar la santidad de Dios delante de las naciones.
¿Dónde está el evangelio?
Jesús cumple estas leyes al encarnar la santidad que ellas simbolizaban. Él no está dividido ni desordenado. Él es la verdadera y completa imagen de Dios (Colosenses 1:15). En él no hay carencia, ni ruptura, ni contradicción: solo integridad y santidad perfectas.
Jesús mismo explicó la realidad verdadera a la que apuntaban las leyes alimentarias. En Mateo 15:11 dice: «Lo que contamina a una persona no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella». Comer alimentos puros nunca podría hacer a alguien verdaderamente puro. Las personas fueron hechas a la imagen de Dios, y debían reflejar esa imagen en sus palabras y acciones. Pero sus palabras y acciones estaban corrompidas, por más cuidadosa que fuera su dieta. A Dios no le preocupa principalmente lo que comemos, sino cómo vivimos. Él quiere que estemos apartados en nuestra vida, no solo en nuestra comida.
Hechos 10 nos muestra entonces el significado más amplio de las leyes alimentarias para las naciones. La dieta pura de Israel simbolizaba su separación de las naciones, que no reflejaban al Dios a cuya imagen habían sido creadas. Pero por medio de Jesús, Dios declara: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo llames impuro» (Hechos 10:15). Todas las naciones pueden ahora ser purificadas al ser alimentadas con el nuevo alimento que es Jesús mismo. Se vuelven como él y son rehechas a la imagen del Hijo de Dios. El muro divisorio ha sido derribado. Ninguna nación es impura si está unida a Cristo.
Por eso, en la Cena del Señor, todos son invitados a comer. La comida que antes estaba reservada para Israel ahora se abre a las naciones. Al alimentarnos de Cristo, somos lo que comemos: llegamos a ser santos como él es santo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que llama a su pueblo a ser íntegro, unido y apartado. Y para que veas a Jesús como aquel que purifica a las personas, las alimenta con su propia vida y las transforma a la imagen de Dios.

