¿Qué está pasando?
Desde el principio, el propósito de Dios ha sido habitar con su pueblo y extender su vida y su plenitud al mundo. El Edén fue el primer espacio santo, donde Dios caminaba con Adán y Eva y les encargó ser fructíferos, multiplicarse y llenar la Tierra con su vida (Génesis 1:28). Esa misión fue renovada por medio de Abraham, a cuya familia Dios prometió que heredaría una tierra y sería una bendición para todas las naciones (Génesis 12:1-3).
Ahora, en Levítico, la presencia de Dios ha llenado el tabernáculo: un nuevo Edén plantado en medio de su pueblo mientras avanza en su travesía hacia la tierra prometida a Abraham. Pero esa tierra ya está invadida por naciones gobernadas por la serpiente. Estas naciones llenan la Tierra no de vida, sino de maldad y muerte. Para devolver la plenitud a su creación, Dios le dice a Israel tres veces en Levítico 17-18 que no viva como viven los habitantes de la tierra (17:7; 18:3, 24). Su pueblo debe ser diferente: santo como él es santo.
Primero, Israel no debe ofrecer sacrificios a los demonios como hacen las naciones (17:7). Cuando derraman sangre en la adoración pagana, se unen a los poderes demoníacos que gobiernan las naciones. Pero la sangre de Israel le pertenece solo a Dios. La sangre es vida (17:11), y la vida es un don de Dios. Los sacrificios de Israel debían llevarse al tabernáculo, donde la sangre podía limpiar, cubrir y restaurar la comunión con el Dios que los rescata de la muerte.
Segundo, Israel no debe usar sus cuerpos como lo hacen las naciones (18:6-23). Los pueblos vecinos practicaban la inmoralidad sexual sin límite: incesto, adulterio, actos homosexuales e incluso bestialismo. Su sexualidad corrompida recuerda a los «hijos de Dios» y las «hijas de los hombres» que se mezclaron en Génesis 6, llenando el mundo de violencia y corrupción, lo cual llevó a Dios a enviar el diluvio. Israel no debe repetir ese patrón. Su sexualidad debía reflejar el orden de Dios, su fidelidad y su don de vida.
El punto central es que Israel debía ser santo: apartado de las naciones, distinto de ellas. Dios quería levantar un pueblo que pudiera extender su vida y su plenitud, no la muerte y la maldad de la serpiente. Su presencia en el tabernáculo y en la tierra sería la semilla de un nuevo Edén que algún día podría bendecir al mundo entero.
¿Dónde está el evangelio?
Jesús cumple estos capítulos siendo el santo que aparta un nuevo pueblo en la vida de Dios.
Levítico prohibía a Israel beber sangre porque la vida estaba en la sangre y esta le pertenecía a Dios (Levítico 17:11). Pero Jesús hace algo asombroso: les manda a sus seguidores beber su sangre (Juan 6:53-56). ¿Por qué? Porque su sangre no es como la sangre de los animales, que le pertenece solo a Dios, ni como la sangre que se consumía en los rituales paganos que unían a las personas con los demonios. Su sangre *es* la vida de Dios, entregada y compartida libremente. Al beber su sangre, quedamos unidos a su vida eterna, consagrados y hechos santos en la presencia de Dios.
Donde las naciones distorsionaron la sexualidad, Jesús encarnó la fidelidad del pacto. Él se llama a sí mismo el novio (Marcos 2:19; Juan 3:29), y entrega su vida para limpiar y presentar a su pueblo como una novia pura (Efesios 5:25-27). Su matrimonio con la iglesia cumple lo que los matrimonios de Israel debían retratar: el amor de Dios que guarda el pacto.
Y donde Israel no logró ser distinto, Jesús crea un nuevo pueblo que es santo como él es santo. Por medio de su Espíritu, nos separa de los poderes de las tinieblas y nos hace el nuevo sacerdocio de Dios, encargado de nuevo de extender vida y santidad al mundo (1 Pedro 2:9).
El propósito de Dios, desde el Edén hasta Abraham y hasta Levítico, se cumple en Jesús. Él es el santo que nos da su propia vida para que, por medio de él, la presencia y la plenitud de Dios vuelvan a llenar la Tierra.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que llama a su pueblo a ser santo y distinto de las naciones. Y para que veas a Jesús como aquel que te da su sangre, te llena de su vida eterna y te hace santo, para que puedas extender la presencia y la plenitud de Dios al mundo.

