¿Qué está pasando?
Desde el principio mismo de Génesis, Dios ha estado creando un pueblo santo para que viva con él en su lugar santo y extienda su vida al mundo (Génesis 1:28). El jardín del Edén fue la primera morada santa de Dios con el hombre. Adán y Eva fueron puestos allí como sacerdotes (Génesis 2:15). Debían cuidar el jardín, disfrutar de la presencia de Dios y extender su espacio santo hacia afuera, hasta que todo el mundo estuviera lleno de la vida de Dios.
En Levítico 8–10, Dios, en su clemencia, restablece su plan levantando nuevos «Adanes» sacerdotales. Aarón y sus hijos son lavados, vestidos y ungidos para que sean como el Dios a quien sirven: «Sean santos, porque yo, el SEÑOR su Dios, soy santo» (Levítico 8:6–13; 11:44). Pasan siete días dentro del tabernáculo antes de que su consagración quede completa (Levítico 8:33–35), lo cual hace eco de los siete días de la creación (Génesis 1–2). Cuando salen, son los representantes designados por Dios para habitar en su espacio santo y extender su vida santa a Israel.
Y al principio todo funciona. Aarón y sus hijos obedecen exactamente los mandamientos de Dios (Levítico 9:5–21). Ofrecen los sacrificios que Dios prescribió, y el resultado es glorioso: «la gloria del SEÑOR se apareció a todo el pueblo, y de la presencia del SEÑOR salió un fuego que consumió la ofrenda quemada» (Levítico 9:23–24). El fuego que sale de la presencia misma de Dios declara que el tabernáculo, el sacerdocio, el pueblo y el sacrificio son santos y aceptables.
Pero inmediatamente después, Nadab y Abiú, los hijos de Aarón, repiten el fracaso de su padre. Presentan ante el SEÑOR un «fuego no autorizado» (Levítico 10:1). Así como Aarón una vez importó la idolatría egipcia con el becerro de oro (Éxodo 32:4–6), así ahora sus hijos importan prácticas idolátricas a la presencia santa de Dios. Y así como el fuego de la presencia de Dios había consumido la ofrenda quemada para hacerla santa y aceptable, ahora ese mismo fuego consume a los hijos de Aarón para volver a hacer santos el sacerdocio y el campamento (Levítico 10:2).
Dios explica lo que está haciendo: «Entre los que se acercan a mí manifestaré mi santidad, y ante todo el pueblo seré glorificado» (Levítico 10:3). Dios está apartado de todo otro dios, y sus sacerdotes deben mostrarlo negándose a mezclar su santidad con lo profano del ritual pagano.
Pero eso no significa que las leyes de Dios sean rígidas y crueles. Si lo fueran, Aarón mismo debería haber sido consumido. Más adelante, en el capítulo 10, Aarón y sus hijos sobrevivientes deciden quemar la ofrenda por el pecado en lugar de comerla, quebrantando así el mandamiento habitual (Levítico 10:16–18). Pero Aarón explica que, en su dolor, no podía comer el alimento santo como era debido mientras lloraba la muerte de sus hijos. Moisés acepta esta respuesta, y Dios también (Levítico 10:19–20). La santidad de Dios no es indiferente a la intención ni a las circunstancias. Él distingue entre la rebelión descarada, como la idolatría de Nadab y Abiú, y la debilidad en medio del duelo. Por eso mismo, desde un principio, le dio a Israel las ofrendas de purificación: porque su santidad provee un camino para que los errores sean cubiertos (Levítico 4:20, 26, 31).
¿Dónde está el evangelio?
Esta historia muestra nuestra profunda necesidad de un sacerdote. Como Adán (Génesis 3:23–24) y como Nadab y Abiú (Levítico 10:2), somos personas profanas que no pueden habitar con un Dios santo. Necesitamos a alguien que pueda vivir en su presencia y extendernos su santidad.
Jesús es ese sacerdote. Hebreos nos dice que, a diferencia de Aarón, Jesús no necesitó sacrificios para ser consagrado. No tenía pecado alguno del cual ser limpiado (Hebreos 7:26–27). No pasó siete días en una tienda esperando llegar a ser lo bastante santo para servir. Él es el Hijo por medio de quien Dios hizo el mundo en siete días (Hebreos 1:2). Él es la santidad misma. Para los sacerdotes, la santidad era terreno ajeno que requería una preparación cuidadosa. Para Jesús, la santidad es su hogar. Y por eso solo él puede llevarnos a ese espacio santo (Hebreos 9:24).
Y Jesús también trae fuego. En Pentecostés, el fuego de su Espíritu descendió, no para consumir, sino para limpiar (Hechos 2:3–4). Como el fuego que consumió la ofrenda quemada (Levítico 9:24), el fuego del Espíritu nos hace santos y aceptables a Dios (Romanos 12:1). Y como el fuego que consumió a Nadab y Abiú (Levítico 10:2), el fuego del Espíritu también quema lo profano que hay en nosotros (Gálatas 5:24). Por eso Pablo dice que ahora ofrecemos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (Romanos 12:1).
Jesús es el sacerdote consagrado que ya es santo. Por medio de su Espíritu, él extiende hacia nosotros la santidad de Dios, para que nosotros también podamos habitar con Dios y difundir su presencia santa al mundo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que guarda su santidad y que, en su clemencia, la comparte. Y para que veas a Jesús como el verdadero sacerdote que te hace santo, te llena con el fuego de su Espíritu y te lleva a la presencia de Dios para siempre.

