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devocional

Levítico 16

El día de la expiación

En Levítico 16 vemos que Jesús trajo el día de la expiación pleno y definitivo para todas las personas cuando murió por sus pecados en la cruz.

¿Qué está pasando?

El tabernáculo debía ser un nuevo Edén: un lugar donde la vida santa de Dios pudiera habitar en medio de su pueblo y extenderse hacia afuera. Pero la vida en Israel era desordenada. Los sacerdotes y el pueblo acumulaban constantemente impureza ritual a través del sistema de sacrificios y de la inmundicia de la vida diaria. Si estas contaminaciones no se limpiaban, la tienda de Dios quedaría profanada, y su presencia dadora de vida ya no habitaría con su pueblo.

Por eso Dios proveyó el día de la expiación, para purificar cualquier impureza ritual que hubiera quedado sin atender en los sacrificios regulares a lo largo del año. Una vez al año, Dios proveía una manera de reiniciar todo el sistema para que su pueblo pudiera seguir viviendo con él.

Primero, Aarón mismo necesitaba ser purificado. Como podía haber cometido errores involuntarios en su labor como sacerdote, no podía entrar en la presencia de Dios sin purificación. Así que se sacrificaba un novillo por él y por el sacerdocio, y su sangre se llevaba al lugar santísimo y se ponía sobre el propiciatorio (Levítico 16:3, 11-14). Entonces Aarón, limpio de toda impureza ritual conocida y desconocida, podía acercarse a Dios en representación del pueblo.

Luego venían los dos chivos. Uno era sacrificado, y su sangre limpiaba el Lugar Santo y el tabernáculo de todas las faltas rituales e impurezas del año (Levítico 16:15-16). El otro era designado «para Azazel». Aarón ponía sus manos sobre este chivo vivo, confesaba sobre él las faltas rituales conocidas y desconocidas de Israel, y luego era expulsado fuera del campamento, al desierto: el ámbito del caos y la muerte (Levítico 16:21-22). Este chivo llevaba la impureza lejos de la morada de Dios, asegurando que el campamento permaneciera santo.

Como un camión de basura que lleva los desechos al vertedero, el chivo para Azazel se llevaba la contaminación ritual del pueblo al lugar donde pertenecía, fuera del espacio santo de Dios. Mientras tanto, el chivo sacrificado purificaba el tabernáculo mismo, para que la presencia santa de Dios pudiera seguir habitando en medio de su pueblo. Juntos, estos rituales renovaban el sacerdocio de Israel y limpiaban la casa de Dios para que su vida pudiera fluir de nuevo hacia afuera.

¿Dónde está el evangelio?

El día de la expiación halla su cumplimiento en Jesús, quien encarna tanto al novillo como al chivo purificador y al chivo para Azazel.

A diferencia de Aarón, Jesús no necesitó ningún novillo que lo limpiara primero. Hebreos nos dice que él era «santo, sin culpa, sin mancha» (Hebreos 7:26), y por eso entró en el lugar santísimo celestial mediante su propia sangre (Hebreos 9:24). Su sacrificio logró lo que ningún ritual anual podía lograr: purificó no solo una tienda en la Tierra, sino la verdadera morada de Dios en el Cielo, abriendo el acceso para todos los que le pertenecen. Y lo hizo, no una vez por año, sino una vez y para siempre.

Pero Jesús también fue tratado como el chivo para Azazel. La literatura cristiana antigua fuera de la Biblia describe la tradición de cómo el chivo expiatorio era objeto de burlas, lo escupían y lo expulsaban con desprecio antes de llevarlo al desierto (Epístola de Bernabé 7:6-11). Así fue exactamente como trataron a Jesús. De él se burlaron los sacerdotes y los gobernantes, los guardias lo escupieron y lo expulsaron fuera de la ciudad para ser crucificado (Marcos 15:19-20; Juan 19:17; Hebreos 13:12). En la manera en que Jesús fue tratado fuera del campamento vemos el caos y la muerte asociados con el desierto de los demonios y del mal humano. Fuera del templo santo de Jerusalén, el templo santo de Jesús fue entregado a la muerte.

Pero al hacer esto, Jesús no purificó solamente un edificio: purificó a un pueblo. Levantó un nuevo sacerdocio, no manchado con impureza ritual, sino limpio y lleno de su Espíritu. En él, la presencia santa de Dios ya no habita en una tienda, sino en su pueblo, que ahora es llamado a extender su vida a las naciones.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que provee limpieza para su pueblo y para su casa. Y oro para que veas a Jesús como el sacerdote sin pecado y también como el chivo expiatorio —burlado, rechazado y expulsado— que nos purificó una vez y para siempre y nos convirtió en su morada santa para siempre.

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