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devocional

Levítico 26-27

Castigo siete veces mayor

En Levítico 26-27, vemos cómo Jesús cargó con nuestro castigo siete veces mayor para traernos una bendición siete veces mayor.

¿Qué está pasando?

Levítico cierra recordándonos que todo lo que hay en este libro —los sacrificios, el sacerdocio, el lugar santo y el calendario santo— descansa sobre un solo fundamento: el pacto entre Dios y su pueblo.

Este pacto comenzó en Edén, cuando Dios creó a la humanidad para vivir con él en un lugar santo a través de un tiempo santo. La humanidad quebrantó ese pacto por el pecado, pero Dios continuó su promesa por medio de Abraham, la renovó en el Sinaí y la estableció mediante la adoración de Israel en Levítico. Los sacrificios, los rituales sacerdotales y las fiestas no son transacciones mecánicas. Son prácticas del pacto: expresiones de lo que significa vivir como pueblo de Dios en la presencia de Dios.

Los sacrificios no eran una manera de que Israel obligara a Dios a cumplir su pacto, como si se tratara de una ecuación. Era una relación de pertenencia y fidelidad. Dios prometió ser el Dios de Israel: habitar entre ellos, bendecirlos, protegerlos y hacerlos fructíferos en la tierra. En respuesta, Israel debía andar en sus caminos, reflejar su santidad y confiar en su provisión.

Levítico 26 describe lo que sucede cuando ese pacto se guarda —o se quebranta.

Si Israel guarda el pacto, Edén se vuelve a abrir: las lluvias caen en su tiempo, los cultivos prosperan, los enemigos huyen y Dios anda en medio de su pueblo (Levítico 26:12). La misma palabra hebrea para «andar» se usa en Génesis 3, cuando Dios andaba con Adán y Eva en el jardín. Por medio de la obediencia, el mundo empieza a parecerse otra vez al jardín.

Pero si Israel quebranta el pacto, Edén se deshace: la tierra retendrá su fruto, los cielos se volverán de hierro y los enemigos invadirán. El exilio se describe como una especie de «des-creación», donde el orden se derrumba y vuelve al caos. Sin embargo, incluso aquí, la fidelidad de Dios no termina.

Dios le dice a Israel que cuando —no si— sean exiliados y sus corazones se endurezcan, él seguirá recordando su pacto. Aunque su pueblo lo olvide, él no los olvidará. Aun cuando lo rechacen, él no los rechazará. Dios será fiel a su promesa a Abraham, Isaac y Jacob. Obrará a través del exilio y de la des-creación para llevar a su pueblo al arrepentimiento. Dios los hará volver.

Levítico termina con votos, recordatorios de que cada promesa y cada ofrenda son parte de un pacto relacional con un Dios vivo que nunca rompe su palabra. El libro que comenzó con sacrificios termina con compromiso: el de Dios hacia su pueblo, y el de su pueblo hacia él.

¿Dónde está el evangelio?

Levítico termina donde comienza el evangelio: con un Dios que guarda el pacto incluso cuando su pueblo no lo guarda.

Cuando Israel finalmente quebrantó el pacto sin remedio, fue exiliado de la tierra. Pero incluso en el exilio, Dios vino a ellos, no en un tabernáculo de telas, sino en el tabernáculo de la carne. Jesús es el Dios de Levítico habitando de nuevo en medio de su pueblo. Él es el verdadero sacerdote, el israelita fiel, el pacto viviente.

Donde Adán no logró andar con Dios en el jardín, y donde Israel no logró andar con Dios en la tierra, Jesús anduvo fielmente en cada paso. Vivió en perfecta comunión con el Padre. Jesús nos mostró cómo se ve una vida santa dentro del Edén. Al ofrecernos su vida, mediante su sacrificio en la cruz, Jesús nos invita a participar ya ahora de esa existencia del Edén. El pacto de pertenecer a un Dios santo y de llegar a ser santos como ese Dios nos es dado en la vida de Jesús. Él guarda el pacto en nosotros mientras permanecemos en él.

En Jesús, las bendiciones de Levítico 26 se cumplen, no como lluvias temporales o cosechas abundantes, sino como la vida del Espíritu y el fruto de la nueva creación. Él restaura aquello de lo que nuestro pecado nos había exiliado: la presencia de Dios, la paz de la tierra y el gozo del descanso sabático.

Porque Dios guarda su pacto, podemos descansar en su fidelidad. Aun cuando nuestros corazones estén endurecidos, aun cuando no cumplamos nuestras promesas, él cumple las suyas. Jesús es quien asegura para siempre las bendiciones del pacto. Él nos hace un pueblo santo, nos lleva a un lugar santo y llena nuestras vidas de tiempo santo, para que, una vez más, Dios pueda andar con la humanidad en el jardín de su creación.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que guarda el pacto cuando su pueblo no puede hacerlo. Y que veas a Jesús como el fiel guardador del pacto que restaura la relación quebrantada entre el Cielo y la Tierra, y nos hace volver al jardín de su presencia, donde Dios anda con su pueblo para siempre.

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