¿Qué está pasando?
Jesús está muerto y su cuerpo ha sido sepultado. Por temor a que algunos de sus seguidores fanáticos robaran el cuerpo y afirmaran su resurrección, las autoridades romanas sellan la tumba y ponen guardias para protegerla (Mateo 27:64).
Dos días después de haber visto morir a Jesús, dos mujeres llamadas María llegan al sepulcro: una es su madre y la otra una amiga que lo apoyaba (Lucas 8:2).
Sin previo aviso, ocurre un terremoto y aparece un ángel que abre la tumba (Mateo 28:2). Ante esto, los soldados que la custodiaban se desmayan de miedo.
El ángel les dice a las mujeres que Jesús no está allí. Ha resucitado, tal como lo prometió. El ángel las invita a ver la tumba y les ordena ir a decirles a los discípulos que se encuentren con Jesús en Galilea (Mateo 28:7).
Las mujeres corren con este mensaje para los discípulos, ¡y se encuentran con Jesús mismo! Se postran a sus pies y lo adoran (Mateo 28:9).
Los discípulos van a Galilea, donde encuentran a Jesús. En este reencuentro, Jesús da una nueva misión a sus seguidores. Viajarán por todo el mundo, hablando de Jesús a todas las naciones (Mateo 28:19).
El Evangelio de Mateo termina con este encargo final de Jesús, que incluye una promesa para sus discípulos: él estará con ellos para siempre.
¿Dónde está el evangelio?
El reinado y la autoridad de Dios superan a todos los reinos de este mundo. Roma no pudo detener los buenos propósitos de Dios, y tampoco pudo hacerlo el sepulcro.
La fortaleza de la muerte, asegurada por una piedra pesada, es removida por el poder de Dios. Jesús es Señor de todo, Rey de reyes, y su resurrección demuestra que no hay autoridad mayor que la suya.
El Ángel del Señor y Jesús dicen lo mismo: No tengan miedo (Mateo 28:10). Esas palabras nunca fueron más apropiadas que ante la tumba vacía de Jesús. Por medio de la fe en Jesús, los cristianos ya no tienen que vivir con miedo. Gracias a la resurrección, la muerte ha perdido su poder. La maldición que cayó sobre toda la Tierra después de la caída de Adán y Eva en el jardín del Edén ha sido finalmente vencida (Génesis 2:17). La muerte y la corrupción están derrotadas. Jesús ha vencido.
Podemos confiar en que, porque Jesús resucitó, algún día nosotros también resucitaremos (Romanos 6:5). Hay vida más allá del sepulcro, y Jesús es nuestra prueba viviente.
La resurrección despierta en los discípulos tanto duda como adoración (Mateo 28:17). Pero Jesús les da aún más buena noticia cuando corona el encargo que les da con estas palabras: «Les aseguro que estaré con ustedes siempre».
No solo fueron enviados por Jesús; fueron enviados con Jesús. Saldrían de Jerusalén llenos del mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos: el Espíritu Santo de Dios (Hechos 1:8). La buena noticia es que podemos vivir con su Espíritu resucitado dentro de nosotros, consolándonos y capacitándonos para llevar a cabo la tarea de compartir esta buena noticia y hacer discípulos.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que resucita a los muertos y les da vida. Y que veas a Jesús como el Rey resucitado que tiene toda autoridad.


