¿Qué está pasando?
Mateo nos dice que el profeta Isaías predijo una voz que anunciaría la venida del Señor de Israel (Isaías 40:3). Mateo nos dice que Juan el Bautista es esa voz y que Jesús es el Señor.
Las multitudes acuden a Juan para ser bautizadas. Juan explica que su bautismo es temporal y preparatorio. Anuncia la venida del reino (Mateo 3:2), pero quedará eclipsado cuando llegue el rey. El rey bautizará con el Espíritu Santo y con fuego (Mateo 3:11).
Jesús llega al agua y le pide a Juan que lo bautice (Mateo 3:13). Cuando sale del agua, Mateo nos ofrece un retrato de la Trinidad: Dios el Hijo en la carne, Dios el Espíritu como paloma y Dios el Padre como una voz que dice: «Este es mi Hijo amado» (Mateo 3:17). Esta manifestación única de la presencia de Dios tiene el propósito de confirmar a Jesús como aquel a quien Israel ha esperado.
¿Dónde está el evangelio?
La promesa de Juan de que Jesús bautizará con el Espíritu Santo anticipa el día de Pentecostés en Hechos 2. Aquel día, las personas que pusieron su fe en Jesús fueron sumergidas en las aguas del bautismo, pero también sumergidas en el Espíritu Santo.
Jesús se identificó con nosotros y con nuestro pecado al participar en un acto simbólico de confesión y arrepentimiento en el bautismo. Pero el bautismo de Jesús nos identifica con él, con su santidad y con su poder cuando somos cubiertos con su Espíritu.
Jesús también mencionó un bautismo de fuego. Juan explica que este fuego es un fuego de juicio (Mateo 3:12). Quienes no se arrepientan de sus pecados ni pongan su confianza en el Señor que viene enfrentarán un fuego que nunca se apagará.
Esta es la desconcertante belleza del evangelio. Aquel que tiene todo el derecho de juzgar entra, en cambio, en nuestra humanidad, carga nuestra debilidad y vence el poder del pecado y de la muerte a nuestro favor. Y nosotros también seremos levantados a una vida resucitada, algo que se retrata cuando salimos de las aguas del bautismo (Romanos 6:5). Cuando eso suceda, escucharemos una proclamación semejante sobre nosotros: que también nosotros somos llamados hijos e hijas de Dios.
Somos adoptados en la familia de Dios por medio de Jesús (Romanos 8:16). Mediante el don y la morada del Espíritu Santo, somos llevados a una intimidad relacional con la Trinidad eterna. ¡Esa es una buena noticia!
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que prepara a su pueblo para su Salvador. Y que veas a Jesús como aquel que, sin pecado, entra en nuestra humanidad, comparte nuestra debilidad y nos llena de su Espíritu para que podamos vivir como hijos e hijas de Dios.


