¿Qué está pasando?
Jesús es condenado a muerte, no porque sea culpable, sino porque los poderes del mundo lo entregan. Pilato mismo admite que no encuentra ninguna falta en él (Mateo 27:23). Sin embargo, las multitudes exigen su ejecución.
Pilato ofrece una alternativa: liberar a Jesús o liberar a Barrabás, un revolucionario violento. El pueblo escoge a Barrabás. El inocente es entregado a la muerte, mientras el violento queda libre.
Los soldados se burlan de Jesús llamándolo «Rey de los judíos», y hasta lo visten con un manto y una corona de espinas (Mateo 27:29). Lo que ellos pretendían como burla era, irónicamente, la verdad. Jesús era —y es— el Rey verdadero.
En la cruz, Jesús clama las palabras del Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Este Salmo no es solo un clamor de angustia, sino también una promesa. Habla del ungido de Dios que sufre injustamente, pero que al final es vindicado y resucitado.
En el momento de su muerte, estallan señales por todas partes: la cortina del templo se rasga, los sepulcros se abren y los soldados romanos confiesan que Jesús verdaderamente tenía que ser el Hijo de Dios (Mateo 27:51–54).
¿Dónde está el evangelio?
Mateo nos muestra que Jesús no edifica su reino como el mundo edifica los suyos. Barrabás representa por igual a los reinos de Israel y de Roma: reinos de violencia, poder y revolución. La humanidad siempre ha intentado asegurar la libertad y edificar reinos por medio de la fuerza y el derramamiento de sangre.
Pero Jesús se niega a reinar de esa manera. En cambio, deja que la violencia y el mal hagan con él lo peor. Se burlan de él, lo golpean y lo matan, aunque es inocente. Escoge el camino de la debilidad, la humildad y el amor que se entrega, porque sabe que así es como viene el reino de Dios.
Y en el mismísimo momento de su muerte, Dios vindica su camino:
La cortina rasgada muestra que la presencia de Dios ya no está encerrada detrás de los muros del templo. El acceso a él ha sido abierto, no por la fuerza, sino por el sacrificio de Jesús.
Los sepulcros abiertos muestran que el camino de Jesús conduce a la resurrección: la vida triunfando sobre la muerte, la paz venciendo la violencia.
La confesión de los soldados muestra que incluso quienes participaron en su muerte reconocieron algo divino. Vieron que la realeza de Jesús se reveló no en el poder, sino en el amor que sufre.
La cruz no es solo una tragedia: es la subversión de todo el sistema del poder humano. Jesús expone la futilidad de la violencia sometiéndose a ella y luego triunfando sobre ella en la resurrección. Él es el Rey verdadero, no porque haya matado a sus enemigos, sino porque los perdonó.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que se niega a edificar su reino por medio de la violencia. Y que puedas ver a Jesús como el Rey que dejó que el mal del mundo cayera sobre él, para así abrir el camino hacia Dios, sacar vida de la muerte y revelar que el verdadero poder es el amor.


