¿Qué está pasando?
Mateo nos muestra dos comidas que anticipan el sacrificio de Jesús.
En la primera comida, una mujer anónima trae un perfume costoso y lo derrama sobre Jesús para prepararlo para su sepultura (Mateo 26:7). Los cuerpos no se preparaban hasta después de la muerte, pero Jesús explica que esta unción lo ha preparado antes de su sacrificio.
La segunda comida es la Pascua, instituida por primera vez en la víspera de la salida de Israel de la esclavitud en Egipto (Éxodo 12:3). Durante esa comida, la sangre del cordero se untaba en los marcos de las puertas como señal del pacto de que el pueblo pertenecía a Dios y estaba dejando atrás el destino de Egipto. La sangre del cordero marcaba sus casas como la familia de Dios, distinguida de Egipto y lista para salir hacia la libertad.
Ahora Jesús toma el pan y el vino de la Pascua y los reinterpreta. El pan es su cuerpo, y el vino es su sangre (Mateo 26:26). Con estas palabras, Jesús está diciendo que por medio de su vida derramada se está creando una nueva familia del pacto. Los que participan de su comida le pertenecen, han sido liberados de la muerte y la esclavitud del pecado, y han sido llevados a la vida hacia la cual él los guía.
Después de esta comida, Jesús y sus discípulos van a un huerto a orar. Judas, los jefes de los sacerdotes y una multitud armada llegan para arrestarlo (Mateo 26:47). Un discípulo intenta pelear, pero Jesús lo reprende. Jesús dice que podría llamar a miles de ángeles en un instante, pero no lo hará, porque las Escrituras deben cumplirse.
Jesús es llevado ante el sumo sacerdote, donde se levantan falsos testimonios contra él (Mateo 26:59). Finalmente, cuando se le pregunta directamente si él es el Mesías, el Hijo de Dios, Jesús dice que sí. Enfurecidos, los líderes piden la pena de muerte (Mateo 26:64).
¿Dónde está el evangelio?
En la primera Pascua, el pueblo de Dios marcó sus casas con la sangre del cordero. Esa sangre era una señal del pacto. Por medio de ella, Israel dejó atrás la historia de Egipto y quedó unido a la historia de Dios. Se convirtieron en su pueblo, ligados a sus promesas y liberados de la muerte que le correspondía a Egipto.
Cuando Jesús levanta la copa en su última comida y dice: «Esta es mi sangre del pacto» (Mateo 26:28), está mostrando que su vida derramada es la nueva puerta de entrada a la familia de Dios. Su sangre nos marca como quienes le pertenecen, liberados de la muerte y la esclavitud que producen nuestros pecados, y unidos a la vida que él derrama y en la cual nos guía.
Jesús pudo haber detenido a la multitud enfurecida. Pero no lo hizo. Él conocía su misión: formar el nuevo pueblo del pacto de Dios por medio de su muerte y resurrección. Como la mujer que lo ungió, nosotros también podemos ver la muerte de Jesús no como una derrota, sino como el momento en que preparó el camino para que nos uniéramos a la casa de Dios.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que saca a las personas de la esclavitud y las lleva a una vida de pacto con él. Y que veas a Jesús como el verdadero Cordero Pascual, cuya sangre nos marca como familia y nos libra de la muerte para llevarnos a su vida.


