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devocional

Mateo 5-7

Sermón del Monte

En el Sermón del Monte vemos que Jesús no solo definió e interpretó correctamente la ley de Moisés, sino que la cumplió por nosotros.

¿Qué está pasando?

Desde el relato del nacimiento de Jesús, Mateo ha comparado a Jesús con Moisés, uno de los líderes más famosos de Israel. Moisés sacó al pueblo israelita de la esclavitud, lo llevó por el desierto y lo condujo hasta el Monte Sinaí. Allí, Dios hizo un pacto con Israel y, por medio de Moisés, entregó la ley que los israelitas debían guardar. La ley era la instrucción para el pueblo de Dios sobre cómo vivir la vida dentro del pacto con Dios. 

En Mateo, Jesús atraviesa un desierto en el capítulo 4 y termina en un monte en el capítulo 5. Esto no es una coincidencia. Una vez más, Jesús es el nuevo Moisés, que trae una nueva palabra de parte de Dios. La diferencia importante es que Jesús es Dios. Él habla con autoridad, como lo notan las multitudes al final del capítulo 7. Y su enseñanza trata de la vida en el nuevo pacto. 

Comienza con una lista de bendiciones para el tipo de personas que no necesariamente parecen bendecidas: los pobres en espíritu, los que lloran, los perseguidos. En el Reino, las personas hambrientas de más de Dios verán satisfechos sus anhelos. 

Jesús continúa explicando que los ciudadanos del Reino viven esta vida contracultural de maneras que hacen que otros lo noten y glorifiquen a Dios, como brilla una luz puesta en la repisa.  Al mismo tiempo, Jesús advierte que los ciudadanos del Reino de Dios viven para la gloria de Dios, no para la propia. Y en el capítulo seis compara esta fe humilde del Reino con las prácticas públicas y autoengrandecedoras de los «hipócritas en las sinagogas». Este tipo de personas alaban a Dios para ser vistas por los hombres, en lugar de servir entre los hombres para que Dios sea alabado. En vez de buscar la recompensa terrenal de la aprobación humana, Jesús anima a quienes lo escuchan a confiar en que hay una recompensa guardada para ellos en el Cielo.

La enseñanza de Jesús muestra que nuestro corazón le importa a Dios tanto como nuestras acciones. Por ejemplo, seis veces Jesús dice: «Ustedes han oído…», cita un mandamiento de la ley de Moisés y luego dice: «pero yo les digo…». Y cada vez llega al corazón de los mandamientos, o directamente los enmienda. El asesinato comienza con la ira; el adulterio, con la lujuria. A los enemigos hay que amarlos, no odiarlos. Ningún matrimonio debería terminar en divorcio por conveniencia. Jesús nos llevará más lejos y nos impactará más profundamente que la ley.

Tomada en conjunto, la enseñanza de Jesús muestra que el Reino de Dios alterará e impactará radicalmente cada parte de nuestra vida. Jesús habla con autoridad sobre nuestra vida diaria y nuestra vida de pensamiento, las palabras con que oramos y las personas que juzgamos, las razones que damos y las preocupaciones a las que nos aferramos. 

Y al concluir, Jesús enfatiza que estas no son enseñanzas solo para aprender. Son para vivirlas. Los oyentes harían bien en confiar en Jesús hasta el punto de poner en práctica lo que él ha enseñado. Oír y no hacer nada es edificar sobre la arena. Oír y confiar en la enseñanza y en el Maestro es encontrar un cimiento seguro.

¿Dónde está la buena noticia?

Durante siglos, los judíos no lograron cumplir la ley que Dios le dio a Moisés. Así que Jesús declara una buena noticia para los judíos (y para los gentiles) cuando dice: «No he venido a anular [la ley ni los Profetas], sino a darles cumplimiento». Jesús será quien cumpla lo que ni Israel ni nadie más pudo cumplir. 

Más aún, Jesús cumple los mandamientos del Reino que él mismo da. Amó a sus enemigos muriendo por ellos. Oró: «Padre, perdónalos», cuando era perseguido en la cruz. Puso la otra mejilla cuando los guardias romanos lo golpearon. Jesús no solo da esta enseñanza; la vive en nuestro lugar y nos guía a esta nueva vida del Reino.

Por medio de la obediencia de Jesús somos transformados en su rectitud, en lugar de quedar atrapados en el pecado. Gálatas 3 describe a los cristianos como revestidos de Cristo. Esta es la única manera en que podemos ser «perfectos, como su Padre que está en el Cielo es perfecto». Jesús vence nuestro pecado y comparte su vida con nosotros, llevándonos a su perfección.

Esta también es buena noticia porque Jesús es nuestro camino angosto. Hay muchas maneras de destruir nuestra vida, pero solo una manera de restaurarla. Hay muchas tentaciones que pueden desviarnos, pero solo hay un nombre por el cual los hombres pueden ser salvos. Y la buena noticia es que, por medio de Jesús, ciertamente podemos ser salvos.

Jesús también es nuestra roca firme. Vendrán tormentas y luchas a nuestra vida. Las ventanas quizá se sacudan, la estructura quizá cruja, pero la roca no se moverá. Jesús es nuestro Salvador inconmovible, nuestra esperanza duradera y nuestro Señor constante. Poner la fe en Jesús es encontrar el terreno más firme para hoy y para la eternidad.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es un Padre perfecto en el Cielo. Y a Jesús como aquel que cumple la ley y nos permite edificar nuestra vida sobre su obediencia.

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