¿Qué está pasando?
Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios. Recibieron el jardín para disfrutarlo y se les encomendó sencillamente que lo cultivaran, se multiplicaran y llenaran la Tierra con Su imagen y Su presencia (Génesis 2:15). Ser portadores de esa imagen significaba reflejar Su vida al mundo. Esa era toda la sabiduría del bien y del mal que necesitaban para prosperar.
Pero en el jardín aparece un nuevo personaje. La serpiente, un ser espiritual descrito con apariencia de culebra (Génesis 3:1), se acerca a la mujer. Su estrategia es sutil: sugiere otra manera de llevar la imagen divina, una que no depende de la vida de Dios, sino de lo que ellos mismos pudieran arrebatar. Le asegura a Eva que, si come del árbol del conocimiento del bien y del mal, llegará a ser como Dios (Génesis 3:5).
Esta debería haber sido una tentación sin sentido. Eva ya había sido creada a imagen de Dios y había recibido de Él mismo todo lo que necesitaba. Pero las palabras de la serpiente ofrecían la ilusión de la independencia: podrían llevar la imagen de Dios a su manera, separados de Su vida.
Y comieron. Al hacerlo, cambiaron la imagen de la vida por la de la muerte. En lugar de reflejar a Dios, Adán y Eva reflejaron a la serpiente. Adoptaron su semejanza y se volvieron como bestias: ávidos, huidizos y temerosos. Se les abrieron los ojos, pero sólo a la vergüenza y al distanciamiento (Génesis 3:7-8). Al elegir la independencia, se apartaron de la vida y la bendición de Dios. Separados del jardín, de Su presencia y del árbol de la vida, volvieron al polvo (Génesis 3:19, 23-24). El orden que Él había establecido con Su palabra sobre el mundo comenzó a deslizarse de nuevo hacia el caos.
Pero incluso en medio del juicio, Dios hace una promesa. Le anuncia a la serpiente que uno de los hijos de Eva, su simiente, le aplastará la cabeza (Génesis 3:15). Desde ese momento, el relato de Génesis se convierte en la historia de dos linajes: la simiente de la serpiente, que lleva su imagen ávida y mortal, y la simiente de la mujer, por medio de la cual Dios restaurará Su imagen de vida. «Aplastar la cabeza de la serpiente» significa que el poder que esclavizó a la humanidad y deformó su imagen un día será destruido. Adán y Eva debían gobernar a las bestias (Génesis 1:26), pero ahora la bestia los dominaba a ellos. Para que la vida regrese, hay que quebrantar el dominio de la serpiente.
¿Dónde está el evangelio?
Apenas tres capítulos después del comienzo de la Biblia, Dios promete un hijo que restaurará en la humanidad la imagen portadora de vida. Ese hijo es Jesús.
Donde Adán y Eva fueron engañados, Jesús desenmascaró las mentiras de la serpiente. Donde ellos quisieron arrebatar, Él confió en que Dios le bastaba. Donde ellos llevaron la imagen de muerte de la serpiente, Él llevó perfectamente la imagen divina de vida.
En la cruz, Jesús asumió plenamente la consecuencia de la decisión de la humanidad: la muerte misma. Pero esta no pudo retenerlo. Al resucitar de la tumba, aplastó la cabeza de la serpiente. Demostró que el poder de la muerte ha sido quebrantado y que la imagen de Dios puede ser restaurada.
Ahora, todos los que confiamos en Jesús somos recreados a imagen de Dios. Ya no nos amoldamos a la semejanza de la serpiente, sino que somos llenos de la vida de Cristo. En Él volvemos a llevar la imagen divina: no la de la muerte, sino la de la vida eterna.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y contemples al Dios que ofrece la vida verdadera en Sí mismo. Y que puedas ver a Jesús como el prometido que aplastó la cabeza de la serpiente, venció a la muerte y nos restauró para llevar la imagen de Dios.

