¿Qué está pasando?
Pablo sigue difundiendo el evangelio entre las naciones, pero dos veces el Espíritu Santo se lo impide y luego lo llama a ir a Macedonia, una extensa región al otro lado del mar. Este no solo es el primer viaje misionero que lleva el evangelio a lo que hoy conocemos como Europa, sino que también acerca mucho más el mensaje del evangelio al corazón del Imperio romano y, por tanto, a los confines de la tierra.
Se pueden rastrear al menos dos conflictos a lo largo de la travesía de Pablo por Macedonia.
Primero, los judíos siguen oponiéndose a Pablo. Cuando Pablo entra en una ciudad, va primero a las sinagogas y explica que el Mesías tan esperado por los judíos ha venido en Jesús (Hechos 17:2-3). Aunque algunos judíos creen, muchos incitan revueltas contra Pablo y sus compañeros (Hechos 17:4-5). Esta opresión llega a su punto culminante en Corinto, cuando Pablo les dice a los judíos: «¡Caiga la sangre de ustedes sobre su propia cabeza! Estoy libre de responsabilidad. De ahora en adelante me dirigiré a los gentiles» (Hechos 18:6).
Segundo, surge un conflicto entre el Reino de Jesús y el reino de Roma. La identidad romana gira en torno a la adoración de los dioses, incluido el emperador. Pablo predica un nuevo Reino con un nuevo Gobernante divino, y la oposición no tarda en llegar. En Filipos, Pablo es golpeado y echado en la cárcel después de ser acusado de enseñar un modo de vida contrario a Roma (Hechos 16:20-23). En Tesalónica, es expulsado de la ciudad tras ser acusado de predicar un mensaje que trastorna al mundo entero, pues «contravienen los decretos del emperador, afirmando que hay otro rey, uno que se llama Jesús» (Hechos 17:6-7).
Este conflicto llega a su punto culminante en Atenas, donde Pablo ve una ciudad llena de ídolos y de templos construidos para dioses romanos falsos (Hechos 17:16). Pablo predica un sermón audaz a las multitudes y a los filósofos de Atenas, y declara que sus dioses son producto de su propia imaginación. Les dice que se arrepientan y crean en el único Dios verdadero, revelado en Jesús resucitado (Hechos 17:29-31). Los atenienses se burlan de Pablo por este mensaje, pero unos cuantos creen (Hechos 17:32, 34).
¿Dónde está el evangelio?
La buena noticia quizá se vea representada de la mejor manera en la historia del carcelero de Filipos, quien casi se quitó la vida después de que Dios liberara a Pablo de la cárcel. En cambio, Pablo le predica el evangelio y toda su familia es salva (Hechos 16:26-27, 33).
Dios demuestra que el Reino de Jesús es más fuerte que Roma y que triunfará al final. Los cristianos no tienen que temer a ningún gobernante, gobierno, poder ni amenaza. Dios puede librarnos de toda clase de prisión, incluso de la mayor prisión del enemigo: la muerte misma.
Jesús también fue condenado injustamente y sentenciado a muerte por las autoridades romanas y judías (Lucas 23:22-25). Pero él demuestra que su Reino es mayor cuando (como Pablo) sale rompiendo la prisión de la muerte en su resurrección y proclama el camino de salvación a quienes estábamos al borde de la muerte.
Como vemos con el carcelero de Filipos, esta noticia ha llegado a los confines de la tierra. Aunque nos lamentamos junto con Pablo por el rechazo del evangelio de parte de muchos judíos (Romanos 9:3), también nos alegramos de que Dios esté trayendo a su familia a los que estaban lejos de él (Romanos 9:25)
Como el Señor le dijo a Pablo después de ser rechazado por los judíos en Corinto: «Sigue hablando y no te calles... porque tengo mucha gente en esta ciudad» (Hechos 18:9-10). Dios está llamando a personas de todo el mundo a salir de sus prisiones y entrar en su salvación.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que es más fuerte que cualquier persona, poder o prisión. Y que puedas ver a Jesús como el Señor de todos, quien venció el mayor poder de todos: nuestra prisión de pecado y muerte.

