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devocional

Jeremías 26-28

Ríndete y sométete a Babilonia

En Jeremías 26-28 vemos que, al igual que Jeremías, Jesús nos dijo que tenemos que someternos a la muerte y al exilio si queremos experimentar la restauración de Dios.

¿Qué está pasando?

Babilonia es una amenaza creciente para el reino de Judá, y el profeta Jeremías le dice a su pueblo que su única esperanza es rendirse. Pero, para los líderes religiosos de Judá, esto suena antipatriótico en el mejor de los casos y como una negación de su fe en el peor de ellos; después de todo, Dios les dio esta tierra. Sin embargo, mientras la casa real de Judá y la élite religiosa se preparan para luchar por la nación que Dios les dio, Jeremías inicia una campaña pública contra ellos. No importa cuán grande sea el ejército que Judá pueda reunir: su país será destruido si el pueblo de Dios no empieza a confiar en Dios para la supervivencia de su nación y no vuelve a obedecer sus leyes (Jeremías 26:1-6). La élite religiosa se enoja por las acusaciones de Jeremías, así que lo arrastran a un tribunal local, lo acusan de ser un traidor al rey y al pueblo de Dios, y exigen su ejecución inmediata (Jeremías 26:7-11). Al defenderse, Jeremías dice que no tienen derecho a condenarlo simplemente por decir lo que Dios le ha mandado decir. Además, la destrucción de Judá no es inevitable. Si confían en que Dios protegerá su nación y abandonan los tratados y los ídolos que ahora adoran, Dios preservará su ciudad (Jeremías 26:12-13). Ante la defensa de Jeremías, la sala del tribunal queda dividida, y el rey de Judá deja libre a Jeremías (Jeremías 26:16-24).

Pero los líderes de Judá no escucharon las advertencias de Jeremías durante la década siguiente. Las profecías de ruina de Jeremías comienzan a cumplirse. Sedequías, el último rey de Judá, apenas se sostiene en el poder y contempla rebelarse contra su opresor. Sin embargo, Jeremías se coloca sobre la espalda el yugo de un animal, entra en la sala del trono de Sedequías y le dice que se someta y se rinda al siervo de Dios: el rey babilonio Nabucodonosor (Jeremías 27:1-7). Si se niega a aceptar el yugo del dominio babilónico, será castigado como una mula que desobedece a su amo (Jeremías 27:8-9). Sin embargo, si el pueblo de Dios está dispuesto a confiar en Dios y rendirse a Babilonia por un tiempo, Dios promete que pronto lo restaurará a su tierra (Jeremías 27:10-11).

Pero, una vez más, este mensaje choca de frente con la presunción religiosa y el orgullo político de Judá. El profeta Jananías arranca el yugo del cuello de Jeremías y lo rompe contra el suelo, declarando que el yugo de Babilonia será quebrado en dos años (Jeremías 28:1-11). Pero Jeremías dice que la historia demostrará quién está diciendo la verdad. Jananías es un mentiroso. Si Judá no se somete, el yugo de Babilonia solo se hará más pesado, y lo poco que les queda les será quitado (Jeremías 27:17-21; Jeremías 28:12-17). La única esperanza para Judá es rendirse, ir al exilio y confiar en que algún día Dios hará volver a su pueblo a su tierra y restaurará lo que han perdido (Jeremías 27:22).

¿Dónde está el evangelio?

Las acciones del liderazgo de Judá revelan que hace mucho tiempo abandonaron su confianza en Dios. Judá tiene que ir al exilio; el pueblo de Dios debe encarnar como nación el exilio espiritual de su corazón. Pero Dios dice que será precisamente en el exilio donde comenzará a restaurar a su pueblo. Y por medio de la muerte de su nación, él reparará la confianza quebrada.

Sin embargo, esto no se cumpliría hasta siglos después, cuando otro profeta llamado Jesús proclamaría un mensaje muy parecido que a la élite religiosa le sonaba a blasfemia. Jesús les dijo a sus seguidores que tendrían que confiar en él y someterse, no al yugo del poder imperial, sino al yugo suave que él vino a traer (Mateo 11:29-30). El yugo suave de Jesús no sería un exilio político, sino el yugo de la muerte. Tan ofensivo para nosotros como habría sido someterse a Babilonia en los días de Jeremías, Jesús dice que debemos perder nuestra vida si queremos encontrarla. Y debemos cargar sobre nuestra espalda una cruz pesada si queremos vivir (Mateo 16:24-26). Al igual que Jeremías, Jesús nos dijo que tenemos que someternos a la muerte y al exilio si queremos experimentar la restauración de Dios. Pero no llevamos esta muerte y este exilio sobre nuestros hombros a solas, sino con él. Morimos con Jesús en la cruz, dando muerte al yo que está exiliado de Dios. El hecho de que Jesús haya ido delante de nosotros al cargar con esta muerte hace que la carga sea liviana. Porque sabemos que no llevamos la cruz solos.

Y tal como lo prometieron tanto Jesús como Jeremías, someterse a la muerte y al exilio trajo vida. Jesús resucitó de entre los muertos (Marcos 16:9). En su resurrección se cumplió la restauración que Jeremías le prometió a Judá. A todo el que comparte el suave yugo de muerte de Jesús se le promete unirse a él en su vida de resurrección para siempre (Romanos 6:3-4).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que nos llama a someternos a su yugo. Y que puedas ver a Jesús como aquel que restaura a su pueblo incluso después de la muerte.

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