¿Qué está pasando?
Ante la insistencia de su madre, Jesús realiza su primer milagro. Rescata una boda que se estaba quedando sin vino. Pero este milagro apunta más allá de sí mismo —Juan lo llama una señal— hacia otra cosa: la grandeza y la gloria de Jesús (Juan 2:11).
Cuando la madre de Jesús le pide por primera vez que intervenga, él parece vacilar. Dice: «Todavía no ha llegado mi hora» (Juan 2:4). Pero luego ordena a varios sirvientes que llenen de agua seis tinajas que se usaban para los ritos de purificación de los judíos (Juan 2:6-7). Y cuando el agua se sirve en las copas de los invitados a la boda, se convierte en el vino más sabroso de la boda (Juan 2:10).
Poco después, Jesús se presenta en el templo y echa fuera a todos los que compraban y vendían animales (Juan 2:15). Acusa a los que están en el templo de convertir la casa de Dios en un mercado (Juan 2:16). El enojo de Jesús ante estas prácticas habituales del templo da por sentado que él tiene autoridad para determinar lo que debe y lo que no debe ocurrir allí. Los líderes religiosos le exigen que demuestre esa autoridad con una señal (Juan 2:18). Jesús responde: «Destruyan este templo y en tres días lo levantaré» (Juan 2:19).
¿Dónde está el evangelio?
Juan llama señal al primer milagro de Jesús porque apunta más allá de sí mismo, al tipo de gozo que Jesús se propone traer (Juan 2:11). ¡Jesús ha venido a invitarnos a una boda entre él mismo y su pueblo! Pero cuando Jesús dice: «Todavía no ha llegado mi tiempo», se está refiriendo a su muerte. Jesús sabe que nuestra invitación a su boda tiene el precio de su propia vida.
Por eso escoge las tinajas de la purificación. Antes de entrar al templo y a la presencia de Dios, los judíos se lavaban la suciedad con agua de tinajas como estas. Cuando Jesús escoge esas tinajas, está revelando que solo por medio de su vino y su agua somos llevados a la presencia de Dios. Y ese vino y esa agua purificadores son derramados en la cruz, cuando del costado de Jesús brotan agua y sangre (Juan 19:34).
Por esto Jesús tiene autoridad para limpiar el templo de sus prácticas impuras. Jesús es el purificador. Y así como el vino derramado es un símbolo de la muerte de Jesús, de su sangre purificadora y de la garantía del gozo de nuestro día de boda, así también lo es el templo. El templo era el lugar donde la presencia de Dios se encontraba con su pueblo. Jesús echa fuera a los compradores y vendedores porque el pago para entrar en la presencia de Dios estaba a punto de pagarse. El templo del cuerpo de Jesús iba a ser destruido, y tres días después comenzaría la boda entre la presencia de Dios y su pueblo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que anhela invitarnos a su presencia. Y que puedas ver a Jesús como aquel que purifica nuestros corazones para que podamos tener descanso con Dios.

