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devocional

Juan 1:1-34

La Palabra hecha hombre

En Juan 1:1-34 vemos que Jesús es Dios, que ha venido a hacer su hogar entre nosotros aunque le cueste la vida.

¿Qué está pasando?

El Evangelio de Juan comienza con las palabras: «En el principio». Estas palabras hacen eco de Génesis, cuando Dios creó el mundo con sus palabras. Juan nos dice que la Palabra de Dios es tan poderosa, tan concreta, que es más que un sonido; es una persona.

A esta Palabra se le da una boca. Tiene ojos. Dios se hace humano. Esta Palabra está con Dios y es Dios. Así como Dios habló y la luz irrumpió en las tinieblas, así Dios envía de nuevo la Palabra de Luz a un mundo oscuro. Y aunque esperaríamos que la Palabra de Dios fuera evidente cuando Jesús aparece, la mayoría de la gente no ve ni oye la voz de Dios.

Por eso, Dios envía a un hombre llamado Juan para preparar a su pueblo para ver a Jesús como la Luz y para oír a la Palabra hecha hombre. Juan era humilde; nunca llamaba la atención sobre sí mismo, sino que definía su ministerio con las palabras de Isaías: «Soy la voz de uno que grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor”» (Isaías 40:3). Así como Dios prometió consuelo a su pueblo en el exilio, ahora Juan viene a proclamar que el tiempo del exilio de Israel finalmente estaba llegando a su fin.

Juan era conocido por su bautismo de arrepentimiento, con el que llamaba a Israel a apartarse del pecado para que Dios los limpiara y no se acordara más de sus pecados (Isaías 43:25; Jeremías 31:34). Sin embargo, Juan entendía que su bautismo era solo una señal que apuntaba a una limpieza mayor que traería Jesús. El bautismo de Juan preparaba a la gente por medio del arrepentimiento, pero Jesús vino a traer una limpieza definitiva: una que no solo perdonaría los pecados, sino que quebraría el poder del pecado para siempre.

Por eso Juan ve a Jesús y lo declara «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Esta imagen viene de la historia de Israel. En el Éxodo, la sangre del cordero rescató al pueblo de Dios de la muerte y lo llevó a una relación de pacto con él. Y en el templo, el cordero ofrecido como ofrenda por el pecado limpiaba al pueblo de Dios de su oscuridad y lo hacía luz como Dios. Juan está diciendo que Jesús cumple las dos imágenes. Él es el verdadero cordero Pascual que rescata de la muerte y la verdadera ofrenda por el pecado que quita el pecado y hace santo al pueblo de Dios. Mientras el mundo estaba ciego a lo que sucedía frente a sus ojos, Juan vio y dio testimonio de que Jesús era el Hijo de Dios (Juan 1:34).

¿Dónde está el evangelio?

Una de las afirmaciones más impactantes del cristianismo es que Dios se hace humano. Aunque algunos dioses de las mitologías antiguas toman forma humana, el hombre Jesús sigue siendo Dios mismo. Algunos ven esto como una blasfemia, mientras que a otros les resulta confuso: ¿cómo puede alguien ser plenamente humano y plenamente Dios?

Pero Juan el Bautista reconoció lo que nadie más vio. Solo cuando la Palabra se hace hombre puede el pecado ser vencido y limpiado de una vez por todas. La Luz no puede ser sacrificada. Las palabras por sí solas no pueden liberarnos de las tinieblas. La única manera en que el poder del pecado puede ser quebrado es si la Palabra se hace como nosotros, si la Luz entra en nuestra oscuridad, si la Vida misma entra en nuestra muerte. Dios, al ver un mundo atado bajo el pecado, se envía a sí mismo como cordero Pascual y como ofrenda por el pecado, para rescatar a su pueblo de la muerte y limpiarlo para que pueda compartir su vida.

El bautismo de arrepentimiento de Juan apuntaba hacia este momento. En Jesús, el arrepentimiento no solo conduce al perdón, sino también a la limpieza. Su sangre lava el pecado y quiebra su poder para siempre. Cuando nos volvemos a él, no solo somos perdonados: somos liberados.

A medida que el Evangelio de Juan se despliega, somos invitados a presenciar lo que Juan el Bautista presenció, a vislumbrar lo que tantas personas pasaron por alto y a oír las palabras que Jesús dijo primero a sus discípulos: «Vengan a ver».

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que crea todas las cosas por medio de su poderosa Palabra. Y que veas a Jesús como la Palabra hecha hombre: el verdadero Cordero que rescata de la muerte, limpia del pecado y nos da vida con Dios.

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