¿Qué está pasando?
Dios había prometido a Abraham una tierra de vida: un lugar de bendición, prosperidad y Su propia presencia. Pero el relato coloca otra tierra a su lado: las ciudades de Sodoma y Gomorra, tierras de muerte. Desde la primera ciudad de Caín hasta la Torre de Babel, el reino de la serpiente siempre ha edificado ciudades a imagen de la muerte, y Sodoma es la siguiente. Frente a la tierra que Dios prometió a Abraham se alza una ciudad tan entregada a la violencia y la corrupción que la pregunta del pasaje se vuelve ineludible: ¿pueden los justos salvar a los impíos?
Tres misteriosos visitantes llegan adonde está Abraham. Dos siguen su camino hacia Sodoma, mientras que uno —el SEÑOR mismo— se queda a hablar con él (Génesis 18:22). Dios le comunica que la corrupción de Sodoma es total. El patriarca suplica misericordia: sin duda, el Juez de toda la Tierra no exterminará al justo junto con el impío. Si se hallan siquiera diez justos, la ciudad será perdonada (Génesis 18:32).
Pero cuando los visitantes llegan, la ciudad revela lo que es. Los hombres de Sodoma rodean la casa de Lot e intentan abusar de los huéspedes, volviendo su violencia contra la mismísima imagen de Dios en el extranjero al que debían proteger (Génesis 19:4-5). Esta es la imagen de muerte de la serpiente plasmada en toda una sociedad: no la vida compartida, sino la vida devorada. No se hallan ni diez justos. El fuego consume la ciudad, y Lot y sus hijas escapan solo porque Dios se acuerda de Su pacto con Abraham (Génesis 19:29). Lot no es librado por su propia justicia, sino gracias a la fidelidad divina.
Incluso el rescate termina en oscuridad. La esposa de Lot, al volverse hacia la ciudad de muerte, es alcanzada por su juicio (Génesis 19:26). Y sus hijas, temiendo que su familia se extinga, se niegan a esperar en Dios y se apoderan de la simiente por sus propios medios: emborrachan a su padre y conciben hijos de él (Génesis 19:32-36). Es de nuevo la rebelión de los Nefilim: una unión ilícita que produce una simiente rival, el contrarreino reproduciéndose a sí mismo. Sus hijos, Moab y Amón, se convierten en naciones hostiles a los descendientes de Abraham. Mientras el linaje de la serpiente sigue extendiéndose mediante la codicia y la muerte, solo la línea del pacto de Abraham lleva la promesa de vida de Dios.
¿Dónde está el evangelio?
Abraham preguntó si unos pocos justos podían salvar a muchos. En Jesús, Dios da la respuesta: no hallando diez justos en una ciudad de muerte, sino enviando a Su Hijo, el único hombre justo, que salva al mundo entero.
Jesús hace lo que Abraham solo podía pedir. Intercede por los culpables, pero va más allá: se convierte en nuestra justicia y nos rescata, no porque seamos intachables, sino porque Él es fiel a Su pacto. Como Lot, somos librados no por nuestros propios méritos, sino porque Dios se acuerda de Su promesa, y en Cristo esta se mantiene firme.
Y las familias surgidas del linaje de la serpiente no están fuera de Su alcance. De Moab —la nación nacida de las hijas de Lot en la oscuridad— procede Rut, que es acogida en la familia de Abraham y forma parte del linaje de David y del mismo Jesús (Rut 4:13-17; Mateo 1:5). Lo que la codicia y la muerte engendraron, Dios lo atrae a Su familia de vida. Por Su Espíritu, Jesús convierte a los hijos de la serpiente en hijos de Dios, aptos para habitar para siempre en la tierra de vida.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y puedas ver al Dios que recuerda Su pacto incluso cuando Su pueblo flaquea. Y que puedas contemplar a Jesús como el justo que no solo intercede por ti, sino que te hace justo, para que habites para siempre en la tierra de vida de Dios.

