¿Qué está pasando?
Génesis concluye mirando hacia atrás, a todo lo que Dios ha hecho, y hacia adelante, a todo lo que aún queda por cumplirse. Desde el principio, Dios se propuso llenar el mundo de Su imagen y de Su vida por medio de la humanidad. El pecado, la muerte y la serpiente fracturaron ese propósito, pero Él juró que no quedaría frustrado. Prometió a Abraham una familia tan incontable como las estrellas, una tierra y bendición para todas las naciones (Génesis 12:1-3; 15:5). Aunque la promesa se vio amenazada a cada paso por la esterilidad, la rivalidad, la traición y el hambre, Él ha respondido a cada amenaza de la misma manera: encauzándola hacia la vida. Lo que una y otra vez parecía el fin de la familia acabó siendo el medio por el cual Él la sacó adelante.
Ese patrón alcanza aquí su punto culminante. La hambruna que debía destruir a la familia de Jacob se convierte, en cambio, en el motivo por el que Dios la reúne en Egipto, no como refugiados sino como huéspedes de honor, sustentados bajo el cuidado de José. En el camino, Dios tranquiliza a Jacob: «No tengas temor de ir a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación» (Génesis 46:3). El lugar que parece de muerte pasa a ser un lugar de crecimiento.
Antes de morir, Jacob reúne a sus doce hijos y los bendice (Génesis 49). Los compara con constelaciones célebres de su época, los animales que se reconocían en el cielo nocturno, y vincula a cada hijo con una de ellas. En el principio, Dios puso las estrellas como regentes celestiales sobre la creación, y la humanidad fue creada para gobernar junto a ellas, para brillar y reinar como portadora de Su imagen. Él había prometido que los descendientes de Abraham serían tan numerosos como las estrellas, pero también semejantes a ellas en gloria, elevándose para gobernar y bendecir a las naciones, tal como siempre se había propuesto para la humanidad. En estas bendiciones Jacob ve ese futuro: sus hijos y sus tribus algún día brillarán como las estrellas cuyos nombres llevan, cada una reinando a su manera y extendiendo Su bendición por toda la Tierra.
Dos de ellos son exaltados por encima del resto. A Judá, Jacob le promete el cetro, el dominio que no se apartará de su linaje hasta que venga aquel a quien pertenece (Génesis 49:10). A José le otorga la rica bendición de la vid fructífera, la primogenitura de la abundancia (Génesis 49:22-26). Aquí no hay un único heredero primogénito. La bendición principal se reparte en dos, y esa partición prefigura el propio futuro de Israel, cuando la nación se escindirá en las tribus de José, al norte, y las de Judá, al sur. La familia lleva su fractura hasta el corazón mismo de su bendición.
Entonces José pronuncia las palabras que interpretan todo el libro. Sus hermanos temen que por fin se vengue, pero él les dice: «Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Génesis 50:20). Esto ha sido así desde la primera página. El fracaso de Adán y Eva no anuló la promesa. La violencia de Caín no detuvo a la simiente. Babel no la dispersó fuera del alcance de Dios. Ninguno de los pecados de los patriarcas pudo quebrantar el pacto. Lo que las personas planean para mal, Él lo ha encauzado, una y otra vez, hacia la vida.
Y José cree que esto seguirá siendo cierto incluso después de su muerte. Al morir, hace jurar a su familia que llevará sus huesos desde Egipto hasta la tierra prometida (Génesis 50:24-25). Recuerda cómo comenzó la historia. Dios formó al primer hombre del polvo de la tierra y le advirtió que al polvo volvería (Génesis 2:7; 3:19). José había empezado a parecerse a una de las estrellas de Abraham: se había elevado para gobernar junto al faraón y daba vida a las naciones. Pero es mortal, así que descenderá al polvo. Ha visto a Dios sacar vida de la muerte demasiadas veces como para temerla. Sabe que el Dios que comparó a los hijos de Abraham tanto con el polvo como con las estrellas puede levantar el polvo para que vuelva a brillar. Por eso pide que sus huesos reposen en la tierra de la promesa: polvo que aguarda levantarse y convertirse en estrella. Génesis termina con un ataúd en Egipto y una promesa aún no cumplida, un cuerpo sepultado con la esperanza de la resurrección.
¿Dónde está el evangelio?
Todos los hilos de Génesis conducen a Jesús. Como José, fue traicionado por los suyos y entregado a la muerte, y, como a José, Dios lo levantó de la cisterna del sepulcro al trono del Cielo (Hechos 2:23; Filipenses 2:9-11). Él es la simiente de la mujer que aplasta a la serpiente, el Hijo de Abraham por medio del cual son bendecidas las naciones, el Israel fiel que confía y obedece allí donde los patriarcas fallaron.
Él es también quien sana la fractura de la bendición de Jacob. El patriarca dio el cetro a Judá y la bendición de la fecundidad a José, y esa división dio lugar a dos reinos separados. Pero Jacob también había visto cómo volverían a unirse. Dijo que Judá ataría su asno a la vid (Génesis 49:11): el cetro ligado a la fecundidad. Esa promesa se cumplió en Jesús. Profetas como Zacarías vieron el día en que un rey entraría en Jerusalén montado en un asno para restaurar la unidad del reino, y Él, el Rey del linaje de Judá, entró precisamente así (Zacarías 9:9; Mateo 21:5). En Él, el cetro y la vid son uno. El Rey de Judá y la fecundidad de José se encuentran en una sola persona, y la familia dividida de Dios vuelve a congregarse en una sola bajo su Rey verdadero.
Y Él es la respuesta a la esperanza de José en su lecho de muerte. Este pidió que sus huesos fueran depositados en la tierra porque confiaba en que Dios levanta el polvo para que vuelva a brillar. Jesús mismo descendió a ese polvo. Fue puesto en un sepulcro, uniéndose a todo cuerpo que alguna vez ha vuelto a la tierra, y luego el Dios que en el principio formó la vida a partir del polvo lo resucitó como el primero de la nueva creación. La tumba se convirtió en un útero. Jesús es las primicias de la resurrección, y ya ha levantado a la vida con Él a quienes durante tanto tiempo estuvieron cautivos en el polvo. Ahora brillan como las estrellas del cielo, gobernantes resucitados que reinan junto a su Rey, mientras esperan la resurrección de sus cuerpos en la nueva creación venidera. Esta es la familia incontable y gloriosa que Dios prometió a Abraham desde el principio (Daniel 12:3; 1 Corintios 15:20-22).
Este es el latido de toda la historia. Lo que el mal planea para muerte, Dios lo dispone para vida. Génesis comenzó con Dios sacando orden y vida de las tinieblas y del abismo sin forma. Termina con un cuerpo en un ataúd, esperando. Y apunta más allá de sí mismo hacia el Rey que descendería al polvo de la muerte y resucitaría, levantando consigo a un pueblo que brillaría como las estrellas y llenaría la nueva creación de la gloria divina.
Compruébalo tú mismo
Pido en oración que el Espíritu Santo abra tus ojos para contemplar al Dios que levanta el polvo y lo hace brillar como las estrellas. Y que puedas ver a Jesús como el Rey prometido que descendió a la tumba y resucitó, reuniendo en uno a Su familia dividida y sacando del polvo a Su pueblo para que reine con Él para siempre.

