¿Qué está pasando?
En medio de una larga campaña militar contra los filisteos, Dios rechaza a Saúl como rey (1 Samuel 16:1a). Israel necesita un nuevo líder que escuche la voz de Dios. Así que Dios envía a Samuel a buscar y ungir a un sustituto de entre la familia de Isaí (1 Samuel 16:1b). Al principio, Samuel siente la tentación de cometer el mismo error que Israel cometió antes. Quiere ungir al hijo mayor y más alto (1 Samuel 16:6). Pero Dios le recuerda a Samuel que él no busca a alguien impresionante por fuera; él mira el corazón de las personas (1 Samuel 16:7).
David, el hijo menor, el más pequeño y el más fácil de olvidar, es el rey escogido por Dios (1 Samuel 16:11-12). Samuel lo unge y el Espíritu de Dios viene con poder sobre él (1 Samuel 16:13). En el versículo siguiente, ese mismo Espíritu se aparta de Saúl y es reemplazado por un espíritu maligno (1 Samuel 16:14). Saúl ya no está en guerra solo con los filisteos. Está en guerra con Dios.
El único alivio que Saúl encuentra del espíritu maligno llega cuando David, lleno del Espíritu, toca música (1 Samuel 16:18, 23). David combate a los demonios de Saúl y vence. Es la prueba de que David es el rey escogido por Dios, y anticipa la batalla que David tendrá con el otro enemigo del que Saúl no puede librarse: los filisteos.
Saúl había trasladado su guerra contra los filisteos, alejándola del corazón de Israel para llevarla a la frontera entre filisteos e israelitas (1 Samuel 17:1). En respuesta, los filisteos reunieron sus fuerzas y enviaron a un campeón llamado Goliat (1 Samuel 17:4). Su nombre significa «gigante». Y, como Saúl, es tan alto que los demás apenas le llegan al hombro (1 Samuel 9:2). Los filisteos ofrecen un ultimátum. Si el «gigante» de Israel, Saúl, puede matar a Goliat, ellos se rendirán. Pero si Goliat gana, los israelitas se convertirán en sus esclavos (1 Samuel 17:9). Aterrado, Saúl se esconde durante 40 días (1 Samuel 17:16).
Pero David no se fija en la apariencia externa de Goliat (1 Samuel 17:28). David no ve en Goliat nada más que las fieras con las que ya ha lidiado antes (1 Samuel 17:26). Domará a la bestia filistea del mismo modo que domó al espíritu maligno de Saúl (1 Samuel 17:37). Vestido más como pastor y músico que como guerrero, David pelea contra Goliat y vence (1 Samuel 17:40, 50).
Así como la unción de Saúl quedó comprobada cuando peleó contra los amonitas, la unción de David queda validada al derrotar al enemigo de Saúl. David no solo derrota a Goliat; también derrota al rey a cuyo hombro él apenas llegaba. David es el rey escogido por Dios. Y, como Goliat, Saúl pronto caerá a los pies de David.
¿Dónde está el evangelio?
La historia de David y Goliat es una de las historias más conocidas de la Biblia. Marca el comienzo tanto de la caída de Saúl como del ascenso de David al poder. También nos muestra cuán distintos son estos dos hombres. Saúl es alto, David es pequeño. Saúl se esconde, David es valiente. Saúl rechaza el liderazgo de Dios, pero David le confía su vida a Dios. A Saúl lo aflige un espíritu, David está lleno del Espíritu de Dios. Saúl tiene el trono, pero David tiene corazón de rey.
En cierto sentido, esta historia habla del tipo de personas y de líderes que deberíamos ser: ¡Davides en un mundo de Saúles! Pero, más importante aún, describe el tipo de Salvador que necesitamos.
Muy por encima de nosotros —tanto que apenas les llegamos al hombro— y armadas hasta los dientes, dominan las fuerzas políticas y la animosidad cultural. Pero nuestros verdaderos enemigos son los espíritus malignos que nos oprimen, atormentan nuestros pensamientos, susurran conspiraciones sobre quienes nos rodean y nos convencen de que no valemos nada (Efesios 6:12). Necesitamos un Rey que pelee las batallas que nosotros no podemos pelear.
Y ese Rey es el Hijo de David, Jesús. No había nada impresionante en la apariencia física de Jesús, pero él tenía el corazón de Dios (Isaías 52:13-14). Fue valientemente a la batalla contra los gobernantes, los principados y las potestades, confiando en Dios aun cuando eso le costara la vida (Colosenses 2:15).
Pero, lleno del Espíritu de Dios y vestido con vendas de sepultura en lugar de armadura, Jesús pelea contra la muerte y vence. La victoria de Jesús demuestra que él no es solo el Rey de Israel, sino de la vida y de la muerte (Romanos 14:9). Jesús ha dado muerte a nuestros gigantes, y ahora todos ellos apenas le llegan al hombro. Así que ven: la victoria y la paz son tuyas en Jesús.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que ha escogido a nuestro Rey. Y que veas a Jesús como el ungido que derrota a nuestros enemigos y trae victoria y paz.

