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devocional

1 Samuel 24-26

David le perdona la vida a Saúl (dos veces)

En 1 Samuel 24-26 vemos que, cuando Jesús esperó la justicia y los tiempos de Dios, ascendió a su trono y nos hizo un lugar a su derecha, para siempre.

¿Qué está pasando?

Saúl anda a la caza de David. Un día, resulta que Saúl entra a hacer sus necesidades en la misma cueva donde David está escondido (1 Samuel 24:3). Todos los hombres de David susurran que Dios le ha entregado a Saúl en bandeja (1 Samuel 24:4). Pero mientras David se acerca agachado a Saúl con un cuchillo—y hasta le corta un pedazo del manto—se siente culpable (1 Samuel 24:5). Aunque David ha sido ungido y será rey, no puede atacar al rey escogido por Dios (1 Samuel 24:6).

En cambio, David sale de la cueva y se inclina ante Saúl. Le pregunta por qué lo está atacando. El manto en su mano es prueba de que David no quiere hacerle daño (1 Samuel 24:11). El manto rasgado debería recordarle a Saúl la vez en que él rasgó el manto del profeta Samuel. Samuel profetizó que el reino le sería arrancado a Saúl y entregado a alguien más digno (1 Samuel 24:19). El manto en la mano del digno David anuncia el fin de Saúl, que se acerca a toda prisa (1 Samuel 15:27-28; 24:20).

Después David se encuentra con un gobernante de mal carácter llamado Nabal (1 Samuel 25:2-3). Su nombre significa «necio» (1 Samuel 25:25). Él representa al rico y necio rey Saúl—y se niega a reconocer a David como el ungido de Dios (1 Samuel 25:10). David protege las propiedades y a los empleados de Nabal (1 Samuel 25:7), pero Nabal se niega a devolverle el favor (1 Samuel 25:11).

Enojado, David reúne a su ejército. Pero Abigaíl, la esposa de Nabal, se acerca a David y le advierte que la venganza no es la manera en que Dios salva (1 Samuel 25:26). Este intento militar de salvarse a sí mismo solo le causará culpa, igual que la que David experimentó en la cueva (1 Samuel 25:31). Abigaíl le recuerda a David que Dios se encargará del impío rey Nabal con su propia mano, no con la de David. Y efectivamente, David espera y Nabal muere de una enfermedad misteriosa (1 Samuel 25:39).

Cuando a David se le presenta otra oportunidad de matar a Saúl, repite lo que dijo en la cueva sobre no atacar al ungido del SEÑOR (1 Samuel 26:9). Pero también ha aprendido la lección de Abigaíl. David sabe que será la mano de Dios, y no la suya, la que le quite la vida a Saúl (1 Samuel 26:10). Así que las últimas palabras de David al rey Saúl que quedan registradas son palabras de confianza. Sabe que Dios lo rescatará y derribará a Saúl. Pronto, él tomará el trono (1 Samuel 26:24).

¿Dónde está el evangelio?

David tiene tres oportunidades de vengarse de sus enemigos con astucia o con fuerza, pero en ninguna de ellas lo hace. Al principio es por culpa, luego por la sabia intervención de Abigaíl, y finalmente por la confianza de que Dios peleará sus batallas. David no necesita recurrir a las tácticas que Saúl usó contra él. Abigaíl llamó a esas tácticas «salvarse a sí mismo» (1 Samuel 25:31). Dios entronizará a David y juzgará la maldad de Saúl (1 Samuel 25:29b). En lugar de desquitarse, David debe encomendar humildemente sus batallas y sus enemigos a la justicia de Dios en los tiempos de Dios, si quiere tomar el trono del Reino de Dios.

En la cruz, Jesús hace lo mismo. Jesús no buscó vengarse de un mundo ingrato que se negó a reconocerlo. No buscó maneras de desquitarse con quienes se le oponían. Al contrario, los perdonó y murió por ellos (Lucas 23:34). Así como David esperó y permitió que la maldad de Saúl lo mantuviera huyendo, Jesús esperó la justicia de Dios en los tiempos de Dios—aun cuando eso significó permitir que la maldad y la violencia lo mataran.

En lugar de salvarse a sí mismo, Jesús esperó en la muerte (Mateo 27:42). Pero así como Dios vengaría la maldad de Saúl y pondría a David en el trono de Israel, Dios también vengó a Jesús al levantarlo de entre los muertos y sentarlo en un trono celestial (Efesios 1:20).

La ascensión de Jesús demuestra que negarnos a salvarnos a nosotros mismos y, en cambio, esperar la justicia de Dios es la manera en que nuestros enemigos son derrotados y en que nosotros reinaremos (Efesios 2:6). La justicia de Dios significa que nuestros enemigos—la muerte, el orgullo, la necedad y el pecado—son crucificados en la cruz. Y la justicia de Dios significa que quienes esperan son resucitados con Jesús a la vida eterna y al poder celestial (Romanos 6:5-6).

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que salva con su propia mano. Y que veas a Jesús como aquel que derrota a nuestros enemigos y nos levanta al poder esperando en Dios.

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