¿Qué está pasando?
El final de Samuel puede parecer confuso. Hay dos poemas, dos informes de batalla y dos relatos extraños que aparentemente no tienen relación entre sí. Pero Samuel ha puesto estos textos en paralelo con mucho cuidado, y cada uno nos ayuda a ver a David como el rey ideal de Israel.
Al principio y al final hay dos plagas que caen sobre Israel. Y ambas terminan porque David está dispuesto a reconocer lo malo que hizo, aceptar las consecuencias y enmendar las cosas (2 Samuel 21:14; 24:25). Luego tenemos dos relatos sobre varias victorias impresionantes que ganaron los soldados de David (2 Samuel 21:22; 23:8). Y el dato más importante que se nos dice sobre estos hombres es que su fuerza venía del SEÑOR (2 Samuel 23:12).
Y finalmente, hay dos poemas culminantes que celebran la presencia y el poder de Dios en la vida de David, y la promesa de Dios de mantener para siempre la dinastía de David (2 Samuel 22:20; 23:5). Uno de estos poemas incluso aparece otra vez en el Salmo 18.
Ser ideal no significa ser perfecto. David, con orgullo, ordena un censo de los soldados (2 Samuel 24:2). Pero se arrepiente y es perdonado. Escucha la voz de Dios, y tanto él como sus soldados confían en el poder de Dios más que en su propia sabiduría y fuerza. David es el rey ideal de Israel porque sabe que, en última instancia, no es él quien manda, sino Dios. Estos poemas, informes de batalla y relatos finales demuestran precisamente eso.
Por eso también el autor no teme mencionar el pecado de David (2 Samuel 24:10). David puede ser un rey ideal, pero ciertamente no es su Rey definitivo. Además, David se está haciendo más viejo y más débil (2 Samuel 21:15). Así que 2 Samuel termina con una invitación no solo a imitar a David, sino a esperar que un hijo de David llegue al poder, sea como su padre y gobierne a Israel como su próximo rey ideal.
¿Dónde está el evangelio?
Es difícil exagerar la importancia de David en la historia de la Biblia. David estableció a Israel como reino, y Dios prometió que sus hijos reinarían para siempre (2 Samuel 7:13). Dios no le prometió esto a David porque fuera un rey perfecto, sino porque era un rey humilde.
Saúl perdió su reino porque, por orgullo, se negó a escuchar a Dios (1 Samuel 13:15; 15:23b). Y la única razón por la que David conserva el reino es que su corazón está más preocupado por honrar a Dios que por honrarse a sí mismo (1 Samuel 16:7). Incluso cuando David asesinó a Urías y le robó la esposa, se arrepiente con humildad (2 Samuel 12:13). Y cuando David cuenta pecaminosamente a sus soldados, reconoce que es una traición y se acoge a la misericordia de Dios (2 Samuel 24:10, 14). David sabe que no es el verdadero monarca de Israel. Sabe que está sujeto a las leyes de un Reino superior (Salmo 51:4). Eso es lo que lo hizo un gran rey y la razón por la que Israel prosperó bajo su liderazgo. El destino de la nación estaba ligado a la humildad de su líder. Y al terminar la historia de David, Israel esperaba que otro hijo de David tomara el trono.
Y en Jesús se hace realidad su esperanza de un rey humilde.
Jesús es un hijo de David que tiene el corazón mismo de Dios (1 Samuel 13:14). Jesús admite con humildad que está sujeto a una voluntad superior a la suya (Mateo 26:39). Y como nunca pecó, Jesús no podía arrepentirse ni aceptar las consecuencias de sus propias faltas. En cambio, con humildad asumió la responsabilidad por las nuestras. Esto es algo que David quiso hacer, pero nunca pudo (2 Samuel 18:33).
Mientras David veía morir a 70,000 de su propio pueblo por el censo orgulloso que él había ordenado, le rogó a Dios que lo castigara a él en lugar de a sus ovejas (2 Samuel 24:17).
Jesús es el Rey humilde definitivo porque fue crucificado no por sus pecados, sino por los nuestros. Y el destino de una nación que nace de la muerte humilde de su Rey es poder de resurrección y un trono eterno. Jesús no solo es un Rey ideal, sino perfecto. Todos los que se arrepientan con humildad, como lo hizo David, vivirán con Jesús para siempre.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que derriba a los orgullosos y levanta a los humildes. Y que veas a Jesús como tu Rey humilde, cuya muerte ha asegurado nuestro lugar en un Reino que nunca tendrá fin.

