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devocional

1 Samuel 8-12

Israel exige un rey

En 1 Samuel 8-12 vemos que, incluso en nuestro rechazo de Dios como Rey, Dios sigue actuando como tal. Jesús toma el trono, aun cuando eso signifique ser coronado de espinas.

¿Qué está pasando?

Israel ya no quiere que Dios sea su Rey (1 Samuel 8:7). Quieren acabar con el sistema de liderazgo tribal que Dios estableció y parecerse más a las monarquías que ven a su alrededor (1 Samuel 8:5).

Samuel advierte que el gobierno de los reyes extranjeros se caracteriza por «tomar» y por hacer «servir», y que el rey de Israel será igual. Tomará lo que quiera, y cuando ya no quede nada, los esclavizará para conseguir más (1 Samuel 8:17-18).

A pesar de todo, Israel exige un rey. Y Dios les da uno en Saúl (1 Samuel 9:19, 22).  Aunque tiene objeciones, Samuel lo nombra como el nuevo gobernante de Israel (1 Samuel 9:16, 21). Luego Samuel le da a Saúl tres profecías que lo confirmarán como el rey elegido por Dios, y la más significativa es la venida del Espíritu de Dios. El Espíritu transforma a Saúl no solo en alguien capaz de liderar a Israel, sino también en profeta (1 Samuel 10:6-7).

Después Samuel confirma públicamente el reinado de Saúl echando suertes (1 Samuel 10:20). Por el control que Dios tiene sobre esos objetos del azar, Saúl es escogido como rey. Pero Saúl se esconde de su propia coronación (1 Samuel 10:21-22). Igual que Israel, no quiere reconocer el llamado de Dios a ser distinto de los pueblos que lo rodean.

Sin embargo, de inmediato Saúl recibe la oportunidad de demostrar su valía como rey cuando la ciudad israelita de Jabés de Galaad es sitiada. El Espíritu se apodera de Saúl y él salva a la ciudad (1 Samuel 11:11). Comprobado tanto por el azar como por la batalla, Saúl es hecho rey oficialmente (1 Samuel 11:15).

Luego Samuel marca el traspaso del poder de sí mismo a Saúl con un discurso (1 Samuel 12:2). Le recuerda a Israel que él nunca les ha «tomado» nada ni ha hecho que nadie le «sirviera» durante su liderazgo (1 Samuel 12:3). Relata las maneras en que Dios les fue fiel a pesar de su infidelidad al pedir un rey (1 Samuel 12:12). Y muestra el desagrado de Dios enviando una tormenta en medio de la cosecha (1 Samuel 12:17).

Samuel ya no dirigirá a Israel, pero promete orar por ellos y enseñarles cómo ser fieles a Dios (1 Samuel 12:23). Advierte que, si no lo hacen, tanto Israel como su rey serán destruidos (1 Samuel 12:25).

¿Dónde está el evangelio?

El deseo de Israel de tener un rey no es solo un cambio en su organización política, sino un rechazo del derecho de Dios a gobernar a Israel. Es traición espiritual, porque Israel es, en última instancia, el Reino de Dios.  

Así que Dios les da el líder que merecen: un rey que, a lo largo de su vida, rechazará a Dios como el verdadero líder de Israel. Eso queda anticipado cuando se esconde en su coronación, rechazando y negándose a reconocer que Dios lo eligió como líder de Israel (1 Samuel 10:21-22).

Las victorias y las profecías que Saúl realiza no revelan tanto la aprobación de Dios hacia Saúl como su misericordia hacia su pueblo. Incluso en su rechazo de Dios como su Rey, Dios sigue actuando de manera clemente como tal. Derrota a sus enemigos por medio del líder que desearon, aunque ese deseo era malo.

Igual que Israel, nosotros queremos poner en el trono a nuestros propios «reyes» y ser gobernados por voces que no son la de Dios. Y así como Dios permitió que Saúl gobernara a Israel, el Apóstol Pablo nos dice que Dios nos dará los líderes y las vidas que merecemos (Romanos 1:24a). Estos «reyes» tomarán y tomarán hasta que finalmente terminemos esclavizados por ellos.

Pero incluso en nuestro rechazo de Dios como Rey, Dios sigue actuando como tal. Jesús toma el trono, aun cuando eso signifique ser coronado de espinas. Igual que en la coronación de Saúl, la cruz de Jesús es a la vez nuestro rechazo de Dios como Rey y el momento en que somos rescatados de nuestros enemigos. Jesús clava en la cruz las cabezas de nuestros enemigos y demuestra que es un Rey digno, más poderoso incluso que la muerte.

Y Jesús, en lugar de tomar y esclavizar, promete servir y liberar incluso a traidores como nosotros (Mateo 20:28). Así que no seas como Israel. Reconoce tu rebelión, acepta a Jesús, el líder escogido por Dios, inclínate ante el Rey verdadero, y vivirás para siempre en su Reino de paz.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es Rey. Y que veas a Jesús como el Rey que no toma ni exige que se le sirva, sino que sirve al ofrecernos su vida y su Reino.

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